Las petroleras no quieren invertir en Venezuela y dejan a Trump solo en su plan
Aunque Trump les prometió protegerlos, los CEOs de las petroleras estadounidenses no parecen estar interesados en un país que acaba de sufrir un derrocamiento y cuya estabilidad parece que va a tardar décadas en llegar.

En el Salón Roosevelt de la Casa Blanca, bajo la atenta mirada de un retrato de Theodore Roosevelt, un clima de escepticismo contenido enfrió este viernes el ardor expansionista del presidente Donald Trump. La convocatoria, calificada por la administración como “histórica”, reunió a los titanes globales del petróleo con un único objetivo: comprometer al menos 100,000 millones de dólares para la reconstrucción de la industria petrolera venezolana, ahora bajo control efectivo estadounidense tras la reciente intervención.
La promesa presidencial era clara: “Estamos abiertos a los negocios. Las inversiones pueden comenzar hoy mismo”. La respuesta de los ejecutivos, en cambio, fue un masterclass en diplomacia corporativa y negativa velada. Un muro de realismo económico y político se levantó frente al deseo político.
La narrativa de la Casa Blanca pintaba un panorama de oportunidades sin precedentes. Trump, ante los CEO de ExxonMobil, Chevron, ConocoPhillips, Shell, BP, TotalEnergies, Repsol, Eni y la estadounidense Hilcorp, argumentó que el control directo de EE.UU. sobre las operaciones en Venezuela eliminaría los “intermediarios corruptos” y ofrecería un camino rápido para explotar las mayores reservas probadas de crudo del mundo.
El beneficio dual, según expuso, sería un golpe geopolítico a la influencia de Rusia y China en el país sudamericano y la garantía de energía barata y estable para el mercado estadounidense. “Es una situación en la que todos ganan”, declaró el presidente a la prensa brevemente antes de la reunión cerrada.
El plan billonario de Trump que las petroleras se niegan a financiar
Sin embargo, dentro de la sala, la música sonó de manera muy diferente. Fuentes familiarizadas con el desarrollo de la reunión, a las que ha tenido acceso este medio, describen un discurso presidencial seguido de una sucesión de intervenciones cautelosas, cuando no francamente frías. La palabra “uninvestable” (no invertible), pronunciada por Darren Woods, CEO de ExxonMobil, resonó como un veredicto. Woods, cuyo tono fue descrito por un asistente como “frío y factual”, recordó al presidente que su compañía había sido expropiada en Venezuela en dos ocasiones históricas.
“Si miramos los constructos legales y comerciales en vigor hoy en Venezuela, es no invertible”, afirmó, según las notas de un participante. Su condición para siquiera considerar un retorno: “cambios significativos y duraderos” en el marco legal y de protección de inversiones. Exxon enviará un equipo de evaluación, pero sin promesas.
Ryan Lance, de ConocoPhillips, fue más allá del marco legal y puso el foco en la arquitectura financiera del desastre. Subrayó que antes de pensar en nuevos dólares, era necesario “reestructurar completamente” Petróleos de Venezuela (PDVSA) y todo su sistema energético, un proceso que requiere el involucramiento masivo de la banca internacional para refinanciar una deuda impagable y proveer garantías. “Hablamos de miles de millones solo para empezar a hablar”, señaló, sin ofrecer ni un centavo de compromiso.
La nota de cauteloso optimismo vino de Chevron, la única gran estadounidense que mantuvo un pie en el país durante los años más duros, operando bajo licencias limitadas. Su vicepresidente, Mark Nelson, indicó que podrían aumentar su producción actual en un 50% en un plazo de 18 a 24 meses con inversiones “disciplinadas”. Sin embargo, fuentes cercanas a la compañía aclaran que esto representa una expansión moderada dentro de sus activos existentes, no el tipo de inversión greenfield (desde cero) que la Casa Blanca imagina para revitalizar la Faja del Orinoco.
Los europeos de Shell, Repsol y Eni mostraron una disposición más amable en el tono –“listos para ir”, dijo el CEO de Shell, Wael Sawan–, pero sus declaraciones carecieron por completo de cifras, plazos o anuncios concretos. Fue el lenguaje corporativo de la puerta abierta, condicionada siempre a que “las circunstancias lo permitan”.
Las razones de la duda: más allá del barril de petróleo
El escepticismo no nace de la aversión al riesgo, sino de una evaluación cruda de los obstáculos. En conversaciones posteriores a la reunión, ejecutivos y analistas citan un cóctel letal:
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Inestabilidad Política Crónica: La intervención militar estadounidense derrocó al gobierno de Maduro, pero no creó de la noche a la mañana un Estado estable. “No hay un plan claro de transición política que ofrezca un horizonte de gobernabilidad a 10 o 15 años, que es el horizonte de estas inversiones”, señala Benjamin Radd, analista del Centro Burkle de la UCLA. El riesgo de un resurgimiento de conflicto o de cambios políticos radicales es una losa.
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La Herencia de la Expropiación: Para Exxon y ConocoPhillips, Venezuela no es una oportunidad nueva, sino una vieja herida con demandas de compensación por miles de millones aún pendientes en cortes internacionales. Confiar en una orden ejecutiva de Trump, que busca proteger los ingresos petroleros de futuras demandas, les parece insuficiente. Exigen leyes nuevas, estables y tratados bilaterales.
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Infraestructura en Ruinas: La industria no está maltrecha; está en terapia intensiva. Según un informe de la consultora Rystad Energy presente en la discusión, se necesitarían inversiones anuales sostenidas de 8,000 a 9,000 millones de dólares durante una década solo para triplicar la producción hacia 2040. Los oleoductos están corroídos, las refinerías son cascarones y la fuga de capital humano experto es masiva.
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La Fría Aritmética del Mercado: Los precios del petróleo se mantienen en un rango moderado, y el mundo avanza, aunque a ritmos desiguales, en su transición energética. Sembrar decenas de miles de millones en un país de alto riesgo para ver retornos quizá en la próxima década es una ecuación que no cierra para accionistas que exigen rentabilidad a corto plazo.
El recuerdo de las pérdidas pasadas frena el entusiasmo por el futuro
En las redes sociales, particularmente en X, la reunión fue diseccionada al instante. Mientras cuentas afines a Trump celebraban un “gran negocio para América”, analistas energéticos y periodistas especializados destacaron la frialdad de las respuestas. El término “uninvestable” (ininvertible) se viralizó como un hashtag que resumía el sentimiento de la industria.
La consecuencia inmediata es una brecha abismal entre el relato de la Casa Blanca y la realidad del capital. El secretario de Energía, Chris Wright, intentó cerrarla aclarando que los 100,000 millones son una “estimación de necesidades”, no un compromiso. Más reveladora fue la declaración off-the-record de un alto funcionario del Tesoro: “Las grandes petroleras no quieren ser el instrumento de la política exterior en este caso. Quieren ganar dinero, y hoy Venezuela no es el lugar”.
El plan de Trump para Venezuela, por tanto, enfrenta su primera y mayor prueba: sin el capital privado masivo que soñaba movilizar, el control estadounidense sobre el petróleo venezolano será más una carga logística y financiera para el contribuyente que un botín estratégico. La reunión del 9 de enero no fue el inicio de una bonanza, sino el recordatorio de que incluso para la industria más poderosa del planeta, hay algunos pozos que, por ahora, son demasiado profundos y oscuros para aventurarse a salir.
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