Trump manosea el Mundial: seis funcionarios confirman que presionó a la FIFA para revertir tarjeta roja
Documentos internos y media docena de fuentes directas, desde adentro del gobierno de Trump, revelan el alcance de una presión que mezcló fútbol, alta política y derecho deportivo.

El domingo previo al partido que la selección masculina de Estados Unidos disputaría contra Bélgica, la FIFA comunicó una decisión que alteró el pulso del torneo: la suspensión de un encuentro impuesta a Folarin Balogun quedaba suspendida durante un año.
El delantero, máximo anotador del equipo, acababa de ser expulsado cuatro días antes y el reglamento ordinario lo sentaba en la grada en una cita eliminatoria. La resolución del comité disciplinario rompió una inercia casi inamovible: las apelaciones exitosas de tarjetas rojas en Copas del Mundo son extraordinariamente raras.
Donald Trump agradeció de inmediato a la FIFA por “hacer lo correcto y revertir una gran injusticia”. La frase encierra la culminación de una operación de lobby, análisis legal y conversaciones al más alto nivel que, según una investigación del medio estadounidense Politico, con media docena de funcionarios gubernamentales y del fútbol estadounidense, arrancó apenas minutos después del pitido final del partido contra Bosnia y Herzegovina.
Una roja violenta que hizo a Trump levantar el teléfono
La infracción que desencadenó todo ocurrió el miércoles en el Levi‘s Stadium. Balogun cometió una entrada que el árbitro brasileño Rafael Claus castigó con roja directa. La jugada fue una entrada muy fuerte desde atrás contra el boznio Tarik Muharemovic. Le pisó el pie derecho con fuerza, se lo hizo doblar y que el jugador cayera al piso.
La acción, impulsiva pero sin lesión de por medio, generó lecturas divididas entre analistas, varios de los cuales la calificaron de sanción severa. Esa misma noche, el director ejecutivo del Grupo de Trabajo de la Copa Mundial de la FIFA en la Casa Blanca, Andrew Giuliani, alertó al presidente Trump sobre las consecuencias: la suspensión rutinaria de un partido dejaba a Estados Unidos sin su principal referencia ofensiva frente a Bélgica.
Trump y Giuliani ya llevaban meses conversando sobre el torneo. Desde las fases de planificación, el presidente recibió informes frecuentes sobre logística, seguridad y las perspectivas del equipo. Con el inicio de la competición a mediados de junio, los contactos se intensificaron a varias veces por semana.
Pero la tarjeta roja transformó esas charlas en una gestión ejecutiva de caracter presidencial. Giuliani, el secretario de Comercio Howard Lutnick —ambos presentes en el palco del Levi‘s Stadium— y altos cargos de U.S. Soccer comenzaron a coordinar la impugnación de la decisión arbitral.
Una gestión diplomática y un tren de abogados
Lo que siguió fue una combinación inédita de vías legales y diplomáticas. El equipo jurídico de la federación estadounidense preparó y presentó la apelación formal ante la FIFA. De forma paralela, Giuliani y Lutnick pusieron a disposición un ejército de abogados de la Casa Blanca para reforzar el análisis legal si el caso lo requería, según personas involucradas en las discusiones.
Al mismo tiempo, Giuliani y el gestor de fondos de cobertura Scott Goodwin —quien había ayudado a costear personalmente el salario del entrenador Mauricio Pochettino— se concentraron en el historial del árbitro Claus. Artículos que recopilaban controversias anteriores del colegiado brasileño circularon entre altos funcionarios mientras se evaluaban todos los argumentos capaces de fortalecer el recurso.
La vía política se aceleró el jueves con una llamada directa de Trump a Gianni Infantino. Ambos mantenían una relación forjada durante casi ocho años, con Infantino como visitante habitual del Despacho Oval en el segundo mandato. Incluso cuando la administración lanzó ataques militares contra Irán en febrero —lo que puso en riesgo la participación de ese país en el Mundial—, el canal personal entre el presidente y el máximo dirigente de la FIFA se mantuvo activo.
En esa conversación, Trump preguntó por las normas aplicables y los fundamentos para revisar la sanción. Infantino escuchó con atención, pero no ofreció garantías sobre el desenlace, según publicó Político, citando a funcionarios cercanos a las gestiones.
Dentro de la FIFA, el asunto escaló con rapidez
Emilio García, responsable de los servicios jurídicos del organismo, asesoró a Infantino sobre las opciones procesales y trabajó junto a otros directivos para determinar si las circunstancias de la entrada de Balogun alcanzaban los estándares estrictos que permiten revisar una decisión disciplinaria ya ejecutada.
El resultado de ese análisis interno llegó el domingo. El comité disciplinario de 18 miembros resolvió suspender la prohibición de un partido, habilitando a Balogun para jugar contra Bélgica. La FIFA no publicó un informe detallado de la decisión, a diferencia de lo que ocurre con otras resoluciones del mismo comité, y no aclaró si la medida se adoptó por votación. Es todo opaco y borroso.
La Real Federación Belga de Fútbol reaccionó de inmediato con un comunicado en el que afirmó: “Para salvaguardar los derechos legítimos de todos los equipos participantes y proteger los principios fundamentales del juego limpio en nuestro deporte, tanto en esta Copa Mundial de la FIFA como en futuras ediciones del torneo, la RBFA está investigando todas las opciones potenciales”.
Un alto cargo de la UEFA, que pidió anonimato por tratarse de deliberaciones internas, confirmó que la confederación europea también analiza posibles medidas. La queja de fondo no es menor: varios actores del fútbol europeo interpretan que la participación directa de la Casa Blanca vulneró las políticas de la FIFA que exigen aislar las decisiones deportivas de influencias políticas.
La FIFA niega presiones desde la Casa Blanca
La FIFA insiste en que la resolución fue “independiente” y emanó de su comité disciplinario. Sin embargo, la secuencia de hechos documentada muestra una arquitectura de presión atípica. Mientras el recurso seguía los canales formales, la conversación entre Trump e Infantino introdujo un elemento que no suele aparecer en los reglamentos: el peso de una relación diplomática construida durante años.
La anomalía resulta aún más visible si se considera que la propia administración estadounidense había llevado a cabo acciones militares que afectaban a otra selección participante, y que esas tensiones no impidieron que la interlocución personal funcionara cuando el afectado era su propio equipo.
El caso Balogun deja imágenes que trascienden lo deportivo. Tras la decisión del domingo, Trump e Infantino volvieron a hablar. Está previsto que ambos entreguen juntos el trofeo al equipo ganador en la final del 19 de julio. La postal, diseñada para proyectar sintonía, cobra ahora un significado adicional: retrata la cercanía que convirtió una tarjeta roja en una crisis resuelta con herramientas más propias de la geopolítica que de los tribunales deportivos.
La suspensión de la sanción quedó en vigor durante un año, lo que significa que Balogun podrá disputar los minutos que su equipo necesite. Para los funcionarios que siguieron el caso de cerca, la velocidad con la que se movió la maquinaria no fue casualidad, sino el reflejo de cuánto le importaba al círculo de Trump la fortuna de la selección masculina en el segundo Mundial celebrado en suelo estadounidense.
Y para los observadores del fútbol mundial, el episodio inaugura un precedente incómodo: cuando el reglamento se topa con el teléfono de un presidente, la cancha se ensancha hacia territorios que el deporte siempre dijo querer mantener al margen.
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