Crisis silenciosa de desapariciones de científicos despiertan alarma en el Congreso de Washington
Washington admite estar alarmado tras la desaparición o muerte de 12 científicos clave para el desarrollo de la ciencia e industria energética. Hasta el mismo presidente estadonunidense, Trump, fue consultado por estos hechos sospechosos y confesó que para su administración "algo esta pasando".
Legisladores republicanos advierten sobre misterio que rodea las muertes
La congresista de Florida Anna Paulina Luna encendió las alarmas en redes sociales con un mensaje contundente dirigido a sus seguidores. «Algo está pasando», advirtió. Mientras tanto, su colega de Carolina del Sur, Nancy Mace, planteó una pregunta más directa: «¿Quién mató a los científicos?»
Ambas legisladoras republicanas forman parte de un creciente grupo de parlamentarios que han levantado la voz sobre una situación que los mantiene en vilo: la desaparición o muerte de una docena de científicos estadounidenses desde 2022, todos ellos con conexiones documentadas a programas nucleares, espaciales y, en ciertos casos, proyectos de carácter clasificado.
Luna profundizó en sus preocupaciones mediante un comunicado adicional: «Si te inquieta la cantidad de científicos que han desaparecido, muerto o se han suicidado recientemente, en relación con estos casos y otros, tu intuición es correcta».
Una red de investigaciones crece en el Congreso y el FBI
Mientras algunos casos cuentan con sospechosos identificados, la carencia de información respecto a otros ha propiciado el surgimiento de múltiples teorías conspirativas. Tanto investigadores independientes como aficionados trabajan en la tarea de hallar conexiones entre los episodios. Paralelamente, tanto la rama legislativa como la Oficina Federal de Investigación han iniciado pesquisas propias, aunque los detalles sobre posibles nexos entre los casos permanecen en gran medida bajo el secreto.
El Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes inició el análisis de diez de estos casos. A finales de abril, sus miembros remitieron correspondencia al FBI, al Pentágono y al Departamento de Energía, expresando su preocupación de que «estas muertes y desapariciones podrían representar una grave amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos y para el personal con acceso a secretos científicos».
James Comer, presidente del citado comité, llevó su inquietud a la audiencia de Fox & Friends con una aseveración clara: «Sabemos que hay muchos países en el mundo que querrían tener nuestro conocimiento y nuestras capacidades nucleares. Estas personas estaban en la primera línea de ese trabajo, y ahora están muertas o desaparecidas».
El caso de Wilcock eleva la cifra de misterios pendientes
Las conjeturas se intensificaron cuando David Wilcock, investigador dedicado al estudio de fenómenos ovni, fue encontrado sin vida el pasado 20 de abril, conforme certificó la oficina del forense del condado de Boulder. Su fallecimiento suma el número total de casos considerados enigmáticos a doce.
No obstante, en varios de estos episodios las autoridades policiales descartaron participación criminal, y desde la NASA indicaron no tener constancia de una amenaza a la seguridad institucional. De igual forma, familiares de los fallecidos y desaparecidos han rechazado categóricamente las narrativas conspirativos que circulan. El presidente Donald Trump, por su parte, sugirió que posiblemente se trata simplemente de una «coincidencia», aunque dejó abierta la puerta al escepticismo con la expresión «con suerte».
Tres investigadores de la NASA en California y un astrofísico de Caltech: un patrón regional inquietante
La región de Pasadena concentra misterios sin resolver
En la zona de Pasadena, en las afueras de Los Ángeles, convergen cuatro casos que involucran personal científico de prestigiosas instituciones. Frank Maiwald y Michael Hicks trabajaban en el Laboratorio de Propulsión a Choque de la NASA, mientras que Monica Reza también trabajaba en esa dependencia. Carl Grillmair formaba parte del Centro de Procesamiento y Análisis Infrarrojo de Caltech. Tres de ellos han fallecido y uno permanece desaparecido.
Michael Hicks, especialista cuya trayectoria se centró en el estudio de cometas y asteroides, se retiró del laboratorio durante 2022 y murió en julio de 2023. La causa de su fallecimiento nunca fue comunicada públicamente.
Su hija, Julia Hicks, brindó declaraciones a CNN en las que señaló que su padre padecía de «problemas médicos conocidos» y expresó su desconcierto respecto a cualquier vinculación entre su muerte y la de otros investigadores que han desaparecido. Asimismo, manifestó que hasta el 21 de abril ni autoridades electas ni agencias federales se habían puesto en contacto con ella para indagar sobre el caso.
Frank Maiwald, investigador alemán radicado en Pasadena que contaba 61 años al momento de su deceso el 4 de julio de 2024, también murió sin que se revelara la causa de su muerte.
En contraste, Monica Reza, científica de materiales de 60 años reconocida internacionalmente, desapareció el 22 de junio de 2025 durante una expedición en el Bosque Nacional Ángeles. Reza dirigía el Grupo de Procesamiento de Materiales del laboratorio de la NASA y había codesarrollado durante los años noventa una superaleación basada en níquel, componente fundamental para los motores de cohetes espaciales.
Una misiva remitida a la Oficina Federal de Investigación por parte del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes incluyó reportes que la asociaban con el general retirado de la Fuerza Aérea William McCasland, quien también había desaparecido en febrero en Albuquerque, Nuevo México.
Los legisladores James Comer y Eric Burlison escribieron al director del FBI, Kash Patel, señalando que informes incluso sugieren un vínculo directo entre Reza y el general McCasland, ya que los describe como con una «estrecha relación profesional» a través de un programa de investigación financiado por la Fuerza Aérea a comienzos de los 2000, centrado en «materiales avanzados para vehículos espaciales reutilizables y armamento».
El astrofísico Carl Grillmair, de 67 años, fue asesinado a tiros el 16 de febrero frente a su domicilio ubicado en la localidad rural de Llano. Entre sus aportaciones científicas sobresale el descubrimiento de agua en un planeta lejano.
Freddy Snyder, de 29 años, fue señalado como responsable del homicidio. Conforme a los registros de la oficina del sheriff del condado de Los Ángeles, Snyder no mantenía relación alguna con la víctima.
Cuatro investigadores desaparecen en Nuevo México: el general conectado a la base de Roswell y otros enigmas
El retiro de un militar vinculado al incidente de 1947 alimenta especulaciones
William McCasland, general retirado de la Fuerza Aérea, forma parte de un conjunto de cuatro investigadores que han desaparecido en Nuevo México durante el último año. El 27 de febrero, este hombre de 68 años, residente en las afueras de Albuquerque, salió de su vivienda para practicar senderismo y nunca regresó. Llevaba consigo un revólver calibre .38 en su correspondiente funda de cuero, botas apropiadas para la actividad montañosa, y su cartera. Sin embargo, dejó en casa tanto su teléfono como sus gafas.
Aunque la oficina del sheriff del condado de Bernalillo descartó la participación de terceros en su desaparición, el caso generó especulaciones intensas en círculos conspiradores debido a los antecedentes de McCasland. El militar había dirigido anteriormente el Laboratorio de Investigación de la Fuerza Aérea ubicado en la base Wright-Patterson, en Ohio, una instalación frecuentemente asociada con el presunto incidente de Roswell ocurrido en 1947.
Su esposa, Susan McCasland Wilkerson, salió al paso de esas especulaciones negando categóricamente cualquier vínculo entre su marido y conocimientos clasificados o participación en programas relacionados con fenómenos extraterrestres. «Neil no tiene ningún conocimiento especial sobre cuerpos o restos extraterrestres del supuesto accidente de Roswell almacenados en Wright-Patt», escribió públicamente en Facebook hace poco más de un mes.
Dos científicos de Los Alamos permanecen sin localizarse
Melissa Casias y Anthony Chávez, ambos con trayectorias ligadas al Laboratorio Nacional Los Álamos, continúan desaparecidos sin que exista información sobre su paradero. Este complejo fue la cuna del Proyecto Manhattan, el programa secreto del gobierno estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial cuya misión consistía en desarrollar un arma nuclear antes de que lo lograra la Alemania nazi.
Casias, de 53 años, se desvaneció el 26 de junio de 2025 en Ranchos de Taos, su localidad de residencia ubicada aproximadamente a 100 kilómetros de Santa Fe. Ese día dejó a su esposo en el laboratorio y regresó a su hogar para desempeñar sus tareas de manera remota tras olvidar su credencial de acceso, conforme reportó Taos News. Cuando su hija retornó a la vivienda horas después, encontró el vehículo estacionado en el lugar, pero su madre había desaparecido. Su teléfono, cartera y documentos de identificación permanecían dentro de la residencia. Las autoridades estatales de Nuevo México comunicaron que no existe evidencia de intervención criminal. ¿Quizás sea el I.S.E?
Chávez, quien alcanzaba los 79 años de edad, lleva desaparecido desde principios de mayo de 2025. Había prestado servicios en el laboratorio como capataz de obras hasta su jubilación en 2017. De acuerdo con los investigadores encargados del caso, no existen indicios de participación de terceros ni evidencia de que hubiera planeado abandonar el lugar.
Carl Buckland, amigo cercano de Chávez, compartió sus inquietudes en redes sociales escribiendo: «Su auto estaba cerrado en la entrada de su casa. Su billetera, llaves y objetos personales estaban adentro, por lo que parece que salió por poco tiempo. Su desaparición es extremadamente inusual».
Un contratista de instalaciones nucleares se desvanece sin dejar rastro
Steven García, contratista que laboraba en el Kansas City National Security Campus ubicado en Albuquerque, permanece desaparecido desde el 28 de agosto. Ese día abandonó su domicilio portando un arma de mano, pero sin sus llaves ni su teléfono celular (igual que en los otros más extraños). Sus funciones en el centro estaban relacionadas directamente con la fabricación de componentes no nucleares destinados a sistemas de armamento, y la instalación produce diversos artículos vinculados a la seguridad nacional bajo contrato del Departamento de Energía. Las autoridades locales señalaron que la investigación no ha arrojado avances significativos en tiempo reciente.
Investigadora en antigravedad, físico del MIT y bióloga farmacéutica: historias de pérdida sin conexión aparente
Tres investigadores de renombre han perecido en circunstancias dramáticas durante los últimos tres años, aunque no existen pruebas concretas que establezcan vínculos entre estos eventos y los casos anteriormente mencionados.
Amy Eskridge, investigadora especializada en antigravedad, falleció en junio de 2022 en lo que fue oficialmente clasificado como suicidio por herida de bala autoinfligida. Franc Milburn, amigo cercano de la científica, compartió con NewsNation detalles de conversaciones previas que tuvo con Eskridge, quien aparentemente creía estar siendo objeto de persecución relacionada con su labor investigativa.
Según el relato de Milburn, Eskridge le envió un mensaje que decía: «Si ven algún informe que diga que me suicidé, definitivamente no es cierto…».
Sin embargo, Richard Eskridge, padre de la investigadora y ex empleado de la NASA, desestimó categóricamente esas interpretaciones conspirativas: «Los científicos también mueren, como cualquier otra persona».
En diciembre, el físico y especialista en fusión Nuno F. G. Loureiro, profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts, fue asesinado a tiros dentro de su apartamento en Brookline, Massachusetts.
El responsable del crimen fue identificado como Claudio Manuel Neves Valente, quien también fue vinculado con un tiroteo ocurrido en Brown University solamente dos días antes del homicidio de Loureiro. Ambos individuos habían compartido experiencias académicas en un programa universitario desarrollado en Portugal entre 1995 y 2000. Valente fue hallado sin vida el 19 de diciembre en un depósito ubicado en New Hampshire, aunque el móvil del crimen nunca llegó a esclarecerse.
Loureiro era padre de familia y desempeñaba funciones de director en el Centro de Ciencia del Plasma y Fusión del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Un informe policial publicado en febrero citaba testimonios de una colega del científico que indicaba que Loureiro mantenía contactos dentro del Departamento de Energía, aunque no quedaba clara su posesión de autorizaciones de seguridad de nivel superior ni su eventual participación en proyectos del Departamento de Defensa.
El hallazgo de un biólogo farmacéutico tres meses después de su desaparición
Durante el mes de marzo, fue recuperado el cuerpo de Jason Thomas, biólogo que trabajaba para la compañía farmacéutica Novartis, en las aguas del lago Quannapowitt en Massachusetts. Thomas había permanecido desaparecido durante noventa días antes de ser hallado. De acuerdo con información proporcionada por su esposa, el investigador atravesaba un periodo particularmente difícil consecuencia de la muerte reciente de ambos progenitores.
Jason Thomas no fue mencionado específicamente por su nombre en la comunicación que los legisladores remitieron al FBI, aunque sí se hacía referencia a un «investigador farmacéutico» sin identificación clara dentro de ese documento.
¿Coincidencia o patrón preocupante de una «neo-guerra fría»?
Si bien es técnicamente posible que cada caso constituya un evento aislado sin conexión alguna, la acumulación de factores comunes y la concentración geográfica de varios episodios invitan a un análisis más profundo.
El patrón resulta innegable: todos los desaparecidos y fallecidos poseían expertise en áreas de seguridad crítica para Estados Unidos. Sus conocimientos abarcaban desde tecnología nuclear y espacial hasta investigación de fusión y componentes de armamento avanzado. Que profesionales de tal calibre, con acceso a información clasificada y trabajando en instalaciones de máxima importancia estratégica, con contacto directo o inderecto con departamentos de estado ligados al desarrollo de alternativas de energía nuclear, armas y descubrimientos espaciales (entre otras cosas), desaparezcan o mueran dentro de un período tan breve no puede considerarse simplemente mala suerte.
La geografía también cuenta una historia. California y Nuevo México, estados donde se concentra la investigación nuclear y espacial estadounidense, registran la mayoría de los casos. Los laboratorios de la NASA en Pasadena, el Laboratorio Nacional Los Álamos —cuna del Proyecto Manhattan— y las bases militares vinculadas a tecnología de defensa no son lugares aleatorios. Son epicentros de información sensible.
Lo que amplifica la inquietud es la falta de transparencia. Mientras algunos casos fueron oficialmente cerrados como suicidios o accidentes sin causa divulgada, otros permanecen sin explicación clara. Las autoridades locales han descartado repetidamente participación criminal, pero ¿resulta creíble que tantos expertos en campos tan sensibles desaparezcan o mueran sin que exista intervención externa en ningún caso?
Las advertencias del Congreso y la apertura de investigaciones formales por parte del FBI no surgieron de la nada. Los legisladores del Comité de Supervisión expresaron su preocupación sobre una posible «grave amenaza para la seguridad nacional».
La realidad es que vivimos en un contexto geopolítico donde múltiples naciones poseen motivos poderosos para acceder a la tecnología nuclear y espacial estadounidense. Como señaló el presidente del comité, hay países que desearían tener «nuestro conocimiento y nuestras capacidades nucleares». Los científicos desaparecidos no eran objetivos menores; eran guardianes de secretos de Estado.
El presidente Trump calificó los eventos como una «coincidencia», pero incluso él dejó entrever escepticismo al añadir «con suerte». Esa frase revela lo que muchos piensan en privado: es demasiado conveniente creer que se trata de hechos desconectados.
No se trata de afirmar con certeza que existe una conspiración internacional orquestada. Pero tampoco es racional descartar la posibilidad de un plan criminal, basándose únicamente en declaraciones oficiales que minimizan una situación, cuyas características objetivas resultan altamente inusuales.
El verdadero misterio no radica solo en lo que sucedió a estos doce científicos. Radica en por qué las autoridades estadounidenses tardaron tanto en abordar públicamente un patrón tan evidente, y por qué la información disponible al público sigue siendo fragmentaria y limitada.
Mientras las investigaciones continúan, una pregunta permanece sin respuesta definitiva: ¿cuántas coincidencias se requieren para que dejen de considerarse casualidades y comiencen a reconocerse como indicios de un problema estructural de seguridad nacional que demanda explicaciones claras y medidas preventivas concretas?
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