colonialismo

Siete países europeos cierran filas en torno a Groenlandia ante nuevas amenazas de anexión de Trump

Una declaración conjunta sin precedentes defiende la soberanía danesa y el derecho de autodeterminación de la isla ártica, en respuesta a los comentarios del presidente estadounidense, que no descarta el uso de la fuerza.

Trump ahora está obsesionado con invadir Groenlandia
Trump ahora está obsesionado con invadir Groenlandia

No es una declaración de guerra, pero se le parece. Se trata de un movimiento de una rara contundencia y coordinación en el que siete de las capitales más pesadas de Europa han alzado la voz al unísono para cerrar cualquier ambigüedad: Groenlandia no está en venta. Ni se discute. El comunicado conjunto firmado por Macron, Merz, Meloni, Tusk, Sánchez, Starmer y la anfitriona Frederiksen es el equivalente diplomático a poner un candado gigante en el territorio ártico. Y el destinatario de la llave, aunque no se le nombre, es evidente: Donald Trump.

El texto, seco y cargado de principios, es una lección de derecho internacional dirigida a la Casa Blanca. Subraya que la seguridad del Ártico, esa nueva frontera de la rivalidad entre potencias, es «crítica» para Europa y se gestionará «colectivamente» dentro de la OTAN. La referencia al artículo que consagra la defensa mutua de la Alianza Atlántica flota entre líneas, como un recordatorio. Pero la frase que realmente estalla como un resplandor en el gélido paisaje político es esta: «Groenlandia pertenece a su pueblo. Corresponde a Dinamarca y Groenlandia, y solo a ellos, decidir». Un «solo a ellos» que suena a portazo.

Los líderes que firmaron el comunicado son:

  • Presidente Emmanuel Macron de la República Francesa.

  • Canciller Friedrich Merz de la República Federal de Alemania.

  • Primera Ministra Giorgia Meloni de la República Italiana.

  • Primer Ministro Donald Tusk de la República de Polonia.

  • Presidente del Gobierno Pedro Sánchez del Reino de España.

  • Primer Ministro Keir Starmer del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

  • Primera Ministra Mette Frederiksen del Reino de Dinamarca (la «anfitriona», ya que la declaración concierne a un territorio danés).

 

El contexto: La obsesión que resurgió del frío

¿Por qué esta reacción tan extraordinaria? Porque la retórica de Trump sobre Groenlandia ha dejado de ser una extravagancia de campaña para convertirse en una política de Estado inquietantemente persistente. Desde su regreso a la Oficina Oval, el presidente no ha soltado el hueso.

Fuentes del Pentágono filtran a medios estadounidenses que en los mapas de estrategia de seguridad nacional que llegan al Despacho Oval, Groenlandia aparece marcada con un círculo rojo. Sus declaraciones públicas, cada vez más directas, hablan de su «valor geoestratégico incalculable» y de la «necesidad» de asegurar sus recursos y su posición para «contener a rusos y chinos». En privado, según relatan exasesores, llega a calificarlo de «error histórico» que Dinamarca lo controle.

Para Copenhague y, sobre todo, para el gobierno autónomo en Nuuk, esto ya no es una simple retórica. Es una amenaza existencial. La semana pasada, el primer ministro groenlandés, Jens Frederik Nielsen, estalló: «Somos un pueblo, no un pedazo de bien inmueble para que un magnate lo añada a su cartera». La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, más mesurada pero igual de firme, ha advertido en corrillos de la OTAN que un movimiento hostil sobre territorio aliado sería «el suicidio de la Alianza». Europa ha escuchado ese pánico y ha respondido con un muro de ladrillo diplomático.

Un pulso en el tejado del mundo

El fondo de este forcejeo es, por supuesto, el Ártico. A medida que el hielo se derrite, se abren rutas comerciales y se exponen ingentes reservas de minerales raros, petróleo y gas. Todos quieren un trozo. Rusia militariza su costa norte, China se autodenomina «Estado casi ártico» y construye rompehielos, y la UE intenta afirmar su rol de actor de seguridad. En este tablero, Groenlandia es la pieza reina: quien la controle dominará la puerta norte del Atlántico.

Trump, con su lógica transaccional, su viril imperialismo y su desdén por los multilateralismos, ve en la isla un activo que «debería» ser de Estados Unidos. Su argumento, repetido hasta la saciedad, es que Dinamarca no puede defenderla adecuadamente y que su estatus actual es un «anacronismo». Lo que ignora, o decide ignorar, es la voluntad de 56.000 groenlandeses y un siglo de construcción del orden internacional basado en la soberanía.

¿Qué sigue? Un invierno muy largo

La declaración de hoy es un acto de disuasión. Europa le dice a Trump que cualquier aventura en Groenlandia no solo encontraría la oposición de una Dinamarca enfurecida, sino la condena unánime y probablemente acciones concretas de sus principales socios. Se menciona expresamente a Estados Unidos como «socio esencial«, pero es una palmada en la espalda que suena a advertencia.

El problema es que Trump nunca ha respondido bien a las líneas rojas trazadas por otros. La pregunta que ahora congela a los chancilleres europeos es si esta muestra de unidad será suficiente, o si el presidente, acostumbrado a romper consensos, verá en este comunicado un desafío más que una razón para detenerse.

Una cosa es clara: el frío político en el Ártico acaba de descender varios grados más. Y esta vez, el termostato no está en Washington, sino en siete capitales europeas que han decidido, por una vez, hablar con una sola voz cortante como el hielo.

Te puede interesar

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje