De Venezuela, la Amazonia y al sur: el mapa del saqueo de recursos que planea Washington
El destacado académico, analista estadounidense y profesor emérito de Estudios sobre la Paz y la Seguridad Mundial en Hampshire College, Michael Klare: “EE.UU. quiere los recursos de Latinoamérica para seguir como potencia global”

En un principio, la narrativa de la Doctrina Monroe bajo el sello MAGA sugería un Estados Unidos replegado sobre el hemisferio occidental, coqueteando con el aislacionismo global, poniéndole fin a las “guerras interminables” en Medio Oriente y aceptando, aunque sea de refilón, las esferas de influencia de potencias como Rusia y China.
Sin embargo, esa teoría duró lo que un suspiro en la vertiginosa e improvisada estrategia geopolítica de Donald Trump. La realidad impuso otra agenda: el bloqueo naval a Venezuela, la situación de «secuestro» de Nicolás Maduro y la apropiación del crudo venezolano marcaron un cambio de rumbo.
De hecho, esa supuesta desconexión global quedó sepultada definitivamente la semana pasada en Washington, cuando Trump le comentó a Friedrich Merz que los ingresos del petróleo venezolano —gestionados a través de un fondo del Tesoro norteamericano— se destinarán a financiar la guerra contra Irán.
Lejos de conformarse con controlar las Américas por simple seguridad, la Casa Blanca tiene una ambición mayor: “quiere acceder a los recursos naturales que necesita para seguir siendo la potencia mundial dominante”, afirma Michael Klare, experto y autor de obras de referencia como Sangre y petróleo.
La obsesión por la «zona de suministro»
Para Klare, la hoja de ruta es clara. En este esquema de hegemonía, “el hemisferio occidental es nuestra principal zona de suministro, una vasta reserva de recursos naturales que Estados Unidos quiere controlar y explotar en su confrontación con las otras grandes potencias”.
Si bien la geopolítica estadounidense lleva décadas girando en torno a las materias primas, el escenario actual es distinto porque, para Washington, “todo depende de los recursos naturales”. Y en este contexto, el presidente norteamericano ha llevado esto al extremo: “Trump está totalmente obsesionado con los recursos”.
Venezuela y los minerales críticos del futuro
Venezuela se ha transformado en el epicentro de esta batalla estratégica. No se trata únicamente de tener prioridad sobre las mayores reservas de petróleo del planeta, sino de asegurar el acceso a minerales críticos que yacen en el subsuelo venezolano. Hablamos de coltán, tantalio y niobio, elementos indispensables para la tecnología punta, tanto civil como militar, incluyendo la fabricación de misiles hipersónicos y sistemas satelitales y de GPS.
A esto se suma el torio, un material radiactivo clave para la industria nuclear y aeronáutica, ubicado en la Amazonia venezolana.
Y, por supuesto, no podemos olvidar el metal que ha impulsado conquistas imperiales a lo largo de la historia: el oro. Su precio, que ya toca techos históricos impulsado en parte por la inestabilidad que generan las propias políticas de Trump, es un botín codiciado.
El cinismo quedó patente el domingo pasado cuando el nuevo secretario del Interior, Doug Burgum, tras confirmar el ingreso de 100 millones de dólares por la venta de oro venezolano, exclamó: “¡Es divertido contar con el oro venezolano!”.
En paralelo, bajo una fuerte presión desde Washington, el gobierno y la presidenta Delcy Rodríguez aprobaron una nueva ley de minería que estipula un incremento del 30% en la producción de oro, así como subas del 50% y el 100% para el hierro y el carbón, respectivamente.
La cumbre de Miami y la presión sobre el Cono Sur
La estrategia no se detiene en el Caribe. En la reciente cumbre celebrada en Miami con países latinoamericanos alineados ideológicamente con la administración Trump, EE.UU. avanzó en la negociación para acceder a minerales estratégicos en naciones como Bolivia, Perú y Chile.
La condición implícita —y a veces explícita— es el bloqueo a las inversiones chinas.
Ni siquiera Brasil, el gigante sudamericano, ha escapado a las tácticas de presión. Se han reportado amenazas de aranceles si no se abren los recursos de tierras raras a corporaciones estadounidenses, una extorsión compleja dado que es poco probable que el gobierno de Lula da Silva le dé la espalda a Pekín.
Según explica Klare, esta reedición de la Doctrina Monroe no protege al mundo de las ambiciones de EE.UU., sino que es el pilar fundamental para proyectar su poder. El experto resume la lógica de Washington de forma contundente: “En América Latina lo queremos todo para nosotros; en África y Oriente Medio, haremos todo lo posible para conseguir lo que queremos, para negar a nuestros rivales lo que ellos necesitan”.
No obstante, existe una paradoja: el déficit de inversión estadounidense en el sector extractivo de la región frente al capital chino se debe, en gran medida, a la falta de interés del propio sector privado de EE.UU. Así, las propias empresas norteamericanas podrían ser el primer obstáculo para esta nueva doctrina.
Controlar el grifo en Medio Oriente
Queda patente que Trump —aunque esto moleste a un sector de su base electoral MAGA— no tiene intenciones de renunciar al ejercicio del poder más allá del continente americano. Si bien el documento de Estrategia de seguridad nacional de diciembre priorizaba a América Latina, Canadá y Groenlandia, Klare subraya una línea clave en la página 28: “EE.UU. tiene intereses fundamentales en garantizar que los suministros energéticos del Golfo no caigan en manos de un enemigo declarado”.
El objetivo no es el autoconsumo, sino la ventaja táctica. El plan es “controlar el flujo de petróleo por Medio Oriente porque nos da una ventaja geopolítica respecto a los adversarios”. Aunque Irán no represente una amenaza existencial directa para EE.UU., la administración Trump busca ejercer sobre el estrecho de Ormuz un control similar al que tiene sobre el Canal de Panamá. Por ese estrecho circula casi el 90% del petróleo y gas licuado que consume Asia y parte de Europa.
Klare enfatiza una máxima cruel de esta política exterior: “En Oriente Medio queremos que nuestros rivales no tengan lo que necesitan”.
China: el objetivo final del estrangulamiento
La guerra contra Irán, aclara el experto, “no es para satisfacer las necesidades del consumo de petróleo de Estados Unidos, sino para asegurar la ventaja geopolítica estadounidense frente a China, otros países del este asiático (Japón, Corea del Sur) y Europa”. Esto no es nuevo; “Ha sido la estrategia de Estados Unidos desde la Doctrina Carter de 1980, o sea, garantizar que Estados Unidos, y nadie más, controle ese flujo”.
En este tablero, China es quien recibe el golpe más duro. La potencia asiática se queda sin sus proveedores clave. “China es casi el único comprador de petróleo de Irán y esto se acabó; y compraba también la mayor parte del petróleo venezolano y esto se acabó también; así que es dos por una”, analiza Klare.
Ante esta vulnerabilidad, Pekín está acelerando su transición hacia las energías renovables. En cuanto a hidrocarburos, su única carta segura restante es Moscú. “China tiene una linea de suministro por oleoducto desde el este de Rusia hasta China que evita el golfo Pérsico”, detalla el académico. La consecuencia directa es que “esta guerra acercará aún más China a Rusia que, a diferencia de Europa, es una potencia que puede aprovechar el dividendo económico del poder militar para garantizar el suministro de recursos”.
Nostalgia imperial y nuevas fronteras
¿Hacia dónde mirará Trump después? Klare advierte sobre el norte: “Me temo que Trump vuelva a exigir el control sobre Groenlandia que puede tener muchos recursos vitales, entre ellos oro, uranio y tierras raras”.
El análisis concluye que vivimos una etapa de involución histórica. “Son estrategias muy decimonónicas”, sentencia Klare. La doctrina Monroe del siglo XXI muta hacia una nueva «Doctrina Mahan», inspirada en Alfred Thayer Mahan, el histórico estratega naval. “Mahan fue el artífice del imperio americano centrado en la idea del control del mar y el control de elementos geopolíticos clave que debemos controlar; ese lenguaje se utiliza en los últimos documentos del secretario de Guerra de Trump, Pete Hegseth”.


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