Uruguay y Argentina los países más tolerantes del mundo hacia vecinos con VIH/sida, según estudio global
Una encuesta que releva datos de más de 80 países mostró que menos del 5% de los uruguayos rechazaría tener como vecino a una persona con VIH/sida, la cifra más baja del mundo junto con Argentina. En el otro extremo, Vietnam llega al 95%.

Uruguay es, según una nueva medición global, el país más tolerante del mundo frente a un grupo históricamente estigmatizado: las personas que viven con VIH/sida. La pregunta, relevada por la Integrated Values Survey (IVS) —que combina la World Values Survey y la European Values Survey— en más de 80 países entre 2017 y 2023, es simple pero reveladora: «¿Le molestaría tener como vecino a una persona con sida?». En Uruguay, menos del 5% respondió que sí, un porcentaje que comparte con Argentina y que lo coloca en el podio mundial de la apertura social.
En el extremo opuesto del ranking aparece Vietnam, donde el 95% de la población afirma que no querría tener un vecino con VIH/sida. Le siguen Birmania (93%), China (87%) y la India (85%), todos países donde el rechazo supera ampliamente el 80%. La distancia entre ambos polos —de menos de 5% a 95%— ilustra hasta qué punto la aceptación social de esta condición varía según la región del mundo.
El análisis, publicado por el economista y sociólogo Daniel Schteingart en su newsletter El Atlas, agrupa los resultados por bloques regionales. Asia Oriental (59,6%) y el Sudeste Asiático (59,4%) encabezan el rechazo promedio, seguidos por Europa del Este y Asia Central (55,4%), Medio Oriente y Norte de África (52,9%) y Asia del Sur (51,5%). En el otro extremo se ubican América del Norte, Australia y Nueva Zelanda (14,3%) y Europa Occidental (15,7%), con América Latina apenas por encima, en 18,5% de rechazo promedio.
Uruguay, un país de puertas abiertas
Lo llamativo del caso uruguayo no es un dato aislado, sino un patrón que se repite en toda la batería de preguntas de discriminación que utiliza la misma encuesta. Según otro análisis del propio Schteingart, publicado tras la ola de acusaciones de racismo contra Argentina durante el Mundial 2026, Uruguay también encabeza —con apenas 0,6% de rechazo— la pregunta equivalente sobre vecinos de otra raza, el valor más bajo entre todos los países relevados.
Brasil (1,4%) y Argentina (2,7%) completan un podio regional que se ubica en niveles similares a los de Suecia, Estados Unidos o Francia, y muy por debajo de países como España o Italia, donde el rechazo ronda el 12%.
El mismo patrón se replica cuando la encuesta pregunta por la disposición a convivir con inmigrantes, personas de otra religión u homosexuales: en las cuatro categorías, Uruguay figura entre los países más abiertos del planeta, junto con Argentina y Brasil. Para Schteingart, esto configura «un rasgo latinoamericano«: en promedio, la región presenta un rechazo declarado bastante menor al que sería esperable según su nivel de desarrollo económico, mientras que el patrón inverso aparece en buena parte de Asia, Europa del Este y Medio Oriente.
El autor advierte, sin embargo, que estas comparaciones exigen cautela. Categorías como «raza», «inmigrante» o incluso «vecino» no necesariamente significan lo mismo en todas las culturas, y lo que una persona declara ante un encuestador está filtrado por lo que su sociedad considera aceptable admitir, sin garantizar que anticipe su comportamiento real. Por eso, sugiere prestar más atención a los patrones regionales amplios que a la posición exacta de cada país en el ranking.
Matices sobre tolerancia y discriminación
Ese matiz metodológico se refuerza con un dato adicional que Schteingart identificó al cruzar esta información con otra pregunta de la misma encuesta, referida a las conductas racistas que la gente dice observar en su propio barrio. Ahí el panorama cambia: mientras Uruguay mantiene niveles bajos también en esa dimensión, Brasil y Chile —dos países que aparecen entre los más tolerantes en la pregunta del vecino— reportan que cerca del 30% de su población observa conductas racistas con frecuencia en su entorno.
La correlación entre lo que se declara y lo que se observa, sostiene el autor, es baja: existe una distancia entre la tolerancia que las sociedades dicen tener y la discriminación que efectivamente registran en su vida cotidiana.
En ese contexto, el caso uruguayo se distingue por su consistencia. A diferencia de Brasil, cuyo perfil combina alta tolerancia declarada con altos niveles de discriminación percibida, Uruguay muestra resultados bajos en ambas dimensiones a la vez, un patrón que —según el análisis— lo acerca más al comportamiento típico de Europa Occidental que al del resto de América Latina.
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