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El viraje a la derecha en Latinoamérica: Un continente en transformación política

En un continente marcado por crisis económicas y violencia endémica, líderes como Milei, Bukele y Chaves impulsan un giro hacia la austeridad y la mano dura. ¿Es este el fin de la era progresista o solo una pausa temporal en la historia política de Latinoamérica?

De izquierda a derecha los presidentes Daniel Noboa (Ecuador), Rodrigo Cháves (Costa Rica) Javier Milei (Argentina), Nayib Bukele (El Salvador) y Santiago Peña (Paraguay)
De izquierda a derecha los presidentes Daniel Noboa (Ecuador), Rodrigo Cháves (Costa Rica) Javier Milei (Argentina), Nayib Bukele (El Salvador) y Santiago Peña (Paraguay)

En las calles de San José, Costa Rica, el presidente Rodrigo Chaves Robles ha convertido el Palacio Nacional en un bastión del discurso tecnocrático que se entremezcla con la parafernalia de la mano dura contra la corrupción (aunque él mismo tiene decenas de causas de corrupción), un reflejo del giro conservador que azota la región.

Elegido en 2022 con un discurso antiestablishment que resonó en un país tradicionalmente centrista, Chaves ha impulsado reformas fiscales agresivas, favorables a los ricos, y alianzas con el sector privado, ganando aplausos de inversionistas pero críticas por su estilo confrontacional con la prensa y el Poder Judicial. Este modelo, similar al de Nayib Bukele en El Salvador, ilustra el ascenso de líderes de derecha y extrema derecha que priorizan la seguridad y la austeridad por encima del consenso social y del diálogo.

En Buenos Aires, el eco de las manifestaciones contra la austeridad resuena con un sabor amargo, pero también con una resignación colectiva. Hace casi dos años que Javier Milei, el excéntrico economista libertario y ultraderechista, asumió la presidencia de Argentina con promesas de “motosierra” contra el Estado y una retórica antiperonista que polarizó al país. Hoy, en las elecciones legislativas de octubre de 2025, su coalición La Libertad Avanza consolidó su poder, ganando terreno en el Congreso y allanando el camino para reformas más radicales.

Este triunfo no es un caso aislado: es el epítome de un viraje político que sacude a Latinoamérica, donde la derecha y la extrema derecha emergen como fuerzas dominantes, desafiando el legado de la “marea rosa” de principios de siglo.

Pero no están solos. Desde el triunfo de Daniel Noboa en las elecciones ecuatorianas de abril de 2025, que sumó a Ecuador al bloque de gobiernos ultraconservadores, hasta el realineamiento proyectado para 2026 —donde solo Brasil, Chile, Colombia y Uruguay mantendrían liderazgos de izquierda—, el continente parece inclinarse hacia un eje ideológico más duro.

Analistas hablan de un “péndulo político” que oscila con violencia: después de dos décadas de gobiernos progresistas que prometieron equidad social pero entregaron desigualdad y corrupción, la fatiga electoral impulsa a votantes desencantados hacia opciones que priorizan la seguridad, el libre mercado y el nacionalismo exacerbado.

El contexto histórico: De la “marea rosa” al reflujo conservador

Para entender este giro, hay que retroceder al año 1998, cuando Hugo Chávez irrumpió en Venezuela con un discurso antiimperialista que inspiró a líderes como Lula da Silva en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina y Michelle Bachelet en Chile. La “marea rosa” —término acuñado por la prensa internacional— se expandió como una ola de esperanza, impulsada por el boom de commodities y promesas de redistribución. Pero el ciclo de precios altos se agotó, dejando economías endeudadas, inflación galopante y escándalos de corrupción que erosionaron la fe en la izquierda.

El quiebre llegó en 2018 con la elección de Jair Bolsonaro en Brasil, un exmilitar (nostálgico de la dictadura) que encarnaba el ascenso global de la extrema derecha. Aunque su mandato terminó en 2022 con una derrota ante Lula, y la condena a Bolsonaro por el intento de golpe de Estado que lideró, el “bolsonarismo” persiste como subcultura política, y Bolsonaro ya sueña con un regreso en 2026.

Desde atrás de las rejas, va a ser difícil regresar al poder, pero ya se están tejiendo hilos para poder sacarlo de la prisión e impulsarlo como el mesías trumpezco que “salvará” a Brasil de “los progres”.

En paralelo, el salvadoreño Bukele revolucionó la región con su “guerra contra las pandillas”: desde 2019, su régimen de excepción ha reducido drásticamente los homicidios, pero a costa de miles de detenciones arbitrarias y un poder absoluto que roza el autoritarismo. Bukele, reelegido en 2024 con más del 80% de los votos (tras una reforma constitucional que le abrió las puertas), se ha convertido en un modelo para líderes que priorizan la mano dura sobre los derechos humanos.

Su influencia se extiende incluso a aliados regionales, como Chaves en Costa Rica, quien ha adoptado tácticas similares para combatir la delincuencia organizada, declarando estados de emergencia en zonas fronterizas y fortaleciendo la cooperación con EE.UU. No le ha funcionado tanto como a Bukele: 2024 ha sido el año más violento en décadas para el país centroamericano, históricamente reconocido como pacífico.

Casos emblemáticos: Argentina, Ecuador, Costa Rica, El Salvador y Bolivia

Argentina es el laboratorio de este experimento derechista, abiertamente financiada por Estados Unidos: Washington ha vertido miles de millones de dólares en Milei para que ganara las elecciones de medio término. El anarcocapitalista, con su cadena y su discurso contra “la casta política”, ganó en 2023 con el 56% de los votos en la segunda vuelta, capitalizando el hartazgo por una inflación que rozó el 300%. En 2025, sus reformas —dolarización parcial, recortes al gasto público y privatizaciones— han estabilizado la moneda pero disparado la pobreza al 55%, según datos del INDEC. Sin embargo, las legislativas de octubre le otorgan mayoría en el Senado, permitiendo avanzar en su agenda libertaria. Críticos lo tildan de “extrema derecha populista”, pero sus seguidores lo ven como un salvador frente al “socialismo del siglo XXI”.

En Ecuador, Noboa —un empresario de 37 años— heredó una crisis de narcoviolencia en 2023 y la transformó en victoria electoral. Su reelección en abril de 2025, con el 52% de los votos, consolidó un gobierno de derecha que enfatiza la extradición de capos y alianzas con EE.UU. Similarmente, en Paraguay, Santiago Peña (2023) representa una derecha tradicional que prioriza el agronegocio y las relaciones con el FMI.

Costa Rica, un oasis de estabilidad democrática, no escapó al contagio. Rodrigo Chaves, exfuncionario del Banco Mundial, irrumpió en 2022 con un 53% de los votos, prometiendo “eficiencia o muerte” contra la burocracia. En 2025, su administración ha recortado subsidios y promovido el turismo de lujo, atrayendo inversión extranjera pero generando protestas de sindicatos. Chaves, con su retórica populista y críticas a “feminazis” en redes sociales, encarna una derecha moderna: pro-mercado, pero con toques autoritarios que recuerdan a Bukele.

En El Salvador, Bukele no solo mantiene su dominio —con una aprobación del 92% en octubre de 2025—, sino que exporta su modelo. Ha asesorado a gobiernos centroamericanos en estrategias antimaras, y su Bitcoin como moneda legal inspira experimentos libertarios en la región. Pero su legado es controvertido: Amnistía Internacional documenta 70.000 detenciones sin juicio, un precio que sus votantes parecen dispuestos a pagar por calles seguras.

Bolivia emerge como otro frente caliente. Tras la renuncia de Evo Morales en 2019 y el interregno de Jeanine Áñez (derecha evangélica), Luis Arce (izquierda) ha gobernado desde 2020 con un MAS debilitado por divisiones internas. Las presidenciales de 2025, pospuestas por tensiones, ven el ascenso de Rodrigo Paz Pereira, un empresario cruceño y líder de la alianza de centroderecha Creemos que se convirtió en el primer presidente de derecha en años.

Paz Pereira capitaliza el descontento por la escasez de dólares y el litio no explotado, prometiendo privatizaciones y un “renacimiento andino” libre de “indigenismo radical”. Su campaña, financiada por agroindustriales y capitales extranjeros, fracturó el voto indígena y catapultó a Bolivia al bloque conservador, similar a lo visto en Chile con el resurgir pinochetista.

Las causas profundas: Economía, seguridad y globalización

¿Por qué este viraje? Expertos coinciden en tres pilares. Primero, la economía: el crecimiento regional se estancó en 1.5% en 2024, según el Banco Mundial, con deudas soberanas que asfixian presupuestos. Gobiernos de izquierda como el de Pedro Castillo en Perú (2021-2022) o Pedro Sánchez en España (aliado ideológico) prometieron inclusión, pero entregaron hiperinflación y fugas de capital. La derecha ofrece antídotos: desregulación y atracción de inversión extranjera, como en el caso de Milei, quien negocia con el FMI un paquete de US$44.000 millones, o Chaves, que ha elevado la calificación crediticia de Costa Rica.

Segundo, la seguridad: Latinoamérica es el continente más violento del mundo, con 20 homicidios por 100.000 habitantes. Bukele demostró que la “tolerancia cero” funciona electoralmente —su popularidad supera el 90%—, inspirando a Noboa, Milei y Chaves a endurecer penas y militarizar calles. Esto resuena en un electorado joven, bombardeado por redes sociales donde algoritmos amplifican narrativas de “invasión” migratoria o “delincuencia importada”. En Bolivia, Paz Pereira propone un “escudo andino” contra el narcotráfico, atrayendo apoyo de regiones orientales.

Tercero, el contexto global: el ascenso de Trump en EE.UU. (reelecto en 2024) y líderes como Meloni en Italia o Milei mismo forman una red transnacional de la derecha. Plataformas como X (ex-Twitter) y TikTok diseminan memes y fake news que demonizan a la izquierda como “comunista”, un eco del macartismo. En México, el PAN se relanza hacia posiciones más extremas para contrarrestar a Morena.

Sin embargo, no todo es monolítico. La izquierda resiste en nichos: Lula en Brasil mantiene un 50% de aprobación gracias a programas sociales, y en Uruguay, el Frente Amplio gobierna con estabilidad, ahora conducido por Yamandú Orsi. Pero incluso allí, encuestas de 2025 muestran fisuras, con un posible giro en 2029 y un Luis Lacalle Pou que intenta mantenerse vigente para relanzarse como “el mesías” que vendrá a “salvar” a Uruguay (vaya discurso conocido), del progresismo.

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