la vida del pick me"

Tradwives bíblicas, pastores evangélicos ultraconservadores y Trumpistas: quiénes impulsan eliminar el voto de las mujeres en EE.UU.

Para los ultraconservadores, el voto femenino representa una amenaza electoral concreta. Por esto, la ultraderecha estadounidense impulsa un retroceso de siglo y medio: el movimiento que busca arrebatar el voto a las mujeres junto un movimiento que podría ser catalogado como un grupo de "tradwives" y "pick-me's" desesperadas.

Erika Kirk se eleva como la máxima referente política del movimiento de mujeres ultraconservadoras, popularmente conocidas como tradwives.
Erika Kirk, viuda de Charlie Kirk (asesinado de un disparo en el cuello a los 31 años en 2025), se eleva como la máxima referente política del movimiento de mujeres ultraconservadoras, popularmente conocidas como tradwives católicas evangélicas que atentan contra el derecho al voto de las mujeres.

A más de un siglo de haber conquistado el derecho al sufragio, las mujeres estadounidenses enfrentan una ofensiva ideológica sin precedentes en tiempos recientes. Sectores ultraconservadores y líderes religiosos promueven activamente el regreso al «household voting» —literalmente, «un voto por hogar»—, una propuesta que concentraría la decisión política en manos del varón cabeza de familia, eliminando de facto la capacidad de participación electoral femenina.

El movimiento se articula bajo el eslogan «Repeal the 19th» (Revocar la 19ª), refiriéndose directamente a la Decimonovena Enmienda de la Constitución estadounidense, aprobada en 1920, que consagró el derecho a sufragar sin restricción por sexo. Lo que hace apenas una década sería considerado impensable, hoy gana tracción gracias a la viralización en redes sociales de personajes ultraconservadores e influencers que romantizaban la domesticidad femenina —las llamadas «tradwives»— y figuras políticas de primer nivel.

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Un retroceso con raíces en el fundamentalismo religioso con estrategia discursiva tenazmente aplicada

El discurso que sostiene esta campaña encuentra sus pilares en lo que sus promotores denominan «patriarcado bíblico»: una interpretación literal de textos del Nuevo Testamento que posicionan al padre como autoridad indiscutida del hogar. Según Agustín Daguerre, magíster en Ciencia Política especializado en género, el núcleo de esta movilización es fundamentalmente religioso. «No son todas las mujeres de derecha quienes impulsan esto, sino específicamente mujeres cristianas que defienden lo que llaman ‘feminidad bíblica’ frente a lo que consideran ‘ideología de género'», explicó el investigador.

Uno de los aspectos más preocupantes es cómo los impulsores de esta agenda se apropian estratégicamente del lenguaje feminista. Mientras que el objetivo final es la eliminación del voto femenino, sus voceros no lo plantean así directamente. En cambio, argumentan que se trata de una «elección» de las mujeres: «yo elijo no votar» o «yo elijo ceder este derecho a mi marido». Este discurso recupera retóricamente el histórico lema feminista «mi cuerpo, mi decisión», tergiversando su sentido original.

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Los rostros visibles de la campaña de «trad-wifes»

En junio pasado, durante la cumbre Women’s Leadership Summit 2026 realizada en San Antonio, Texas, varias expositoras —encabezadas por Erika Kirk, viuda del activista ultraconservador Charlie Kirk— declararon públicamente estar dispuestas a renunciar a su derecho electoral si ello permitía restaurar un modelo familiar basado en valores «tradicionales».

Entre los líderes religiosos que promueven esta causa destaca Dale Partridge, pastor de 40 años fundador de la King’s Way Reformed Church de Arizona, quien cuenta con más de 150.000 seguidores en X. En enero de 2025, Partridge afirmó: «No creo que debamos derogar la 19ª Enmienda porque no ame a las mujeres. Creo que debemos derogarla porque amo a Estados Unidos y a las mujeres estadounidenses, y quiero proteger a nuestra nación de su empatía autodestructiva».

El pastor de Texas Joel Webbon también se ha convertido en una voz prominente de este movimiento. Sus declaraciones son particularmente crudas: «Las mujeres son atroces. Las mujeres, intelectualmente, no tienen inteligencia. Son superficiales, son engañosas, son malvadas, son viles, votan por los travestis. Las mujeres son progresistas radicales […] Tienen que quedarse calladas».

Incluso figuras del aparato gubernamental han avalado estas posiciones. En agosto pasado, Pete Hegseth, actual secretario de Defensa en la administración Trump, compartió en X un reportaje que argumentaba a favor de excluir a las mujeres del voto y limitar el sufragio a nivel familiar.

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Amenazas legislativas disfrazadas

Aunque derogar la 19ª Enmienda requeriría la aprobación de tres cuartas partes de los estados —un escenario improbable—, existen otras iniciativas legislativas que podrían obstaculizar el ejercicio del voto femenino sin atacarlo directamente. El Save America Act, proyecto impulsado por Trump, establece nuevos requisitos electorales como pruebas de ciudadanía y coincidencia exacta entre datos de identificación y registros de nacimiento.

Si bien oficialmente apunta a bloquear el voto de migrantes indocumentados y personas trans, esta medida también afectaría significativamente a mujeres que adoptaron el apellido del cónyuge al casarse —práctica aún frecuente en Estados Unidos—. La iniciativa fue aprobada por la Cámara en febrero pero permanece estancada en el Senado.

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El contexto de una batalla ideológica más amplia

Más allá de las probabilidades reales de éxito legislativo, este movimiento encarna un fenómeno global más vasto: el backlash ultraconservador que responsabiliza a los avances en derechos de las mujeres de diversos problemas sociales, desde polarización política hasta estancamiento económico.

Daguerre señala que esto responde también a dinámicas de género contemporáneas: existe una creciente brecha ideológica en varios países donde las mujeres se desplazan hacia posiciones izquierdistas mientras los hombres avanzan hacia la derecha. Para los ultraconservadores, el voto femenino representa una amenaza electoral concreta.

En perspectiva histórica, el reconocimiento del sufragio femenino marcó el nacimiento de las democracias modernas. Uruguay se enorgullece de haber sido pionero en América Latina: el próximo año se cumplirán cien años del plebiscito de Cerro Chato del 3 de julio de 1927, cuando las mujeres votaron por primera vez en la región.

Una minoría ruidosa, pero con consecuencias reales

Aunque los expertos consideran improbable que Trump «se ponga la camiseta» contra el voto femenino —lo que dañaría su imagen ya cuestionada—, Daguerre reconoce que quienes impulsan esto son «una minoría, sí, pero ruidosa». Lo verdaderamente inquietante es que en pleno 2026 se debata públicamente si las mujeres deberían ejercer derechos políticos fundamentales.

Como advirtiera Simone de Beauvoir en 1949: «Bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados». Los derechos, recordaba la filósofa francesa, nunca deben darse por adquiridos.

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