BIODIVERSIDAD CLAVE

¿Hongo que come plástico? Conocé la tecnología que puede dar vuelta la contaminación en el mundo

El potencial aún inexplorado del hongo que devora plástico en la Amazonía

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La historia de los hongos, antes incluso de los árboles, revela su papel en la Tierra. Hace más de un billón de años, gigantescas fibras de hongos emergían en los paisajes, con tallas de hasta tres metros, dominando los ecosistemas primitivos. Mientras tanto, las plantas apenas tenían unos 700 millones de años, apareciendo como arbustos desaliñados.

Pero hoy, esa humilde criatura ha llegado a ser un aliado inesperado en la lucha contra el contaminación plástica, gracias a un hallazgo que puede transformar la gestión de residuos.

El hongo que come plástico: una revolución en la biósfera

En los últimos cien años, el plástico pasó de ser un fenómeno innovador y revolucionario, a convertirse en un problema global. Se acumula en vertederos, amenaza la vida marina y conforma gigantes remolinos de basura que ocupan áreas tan vastas como países enteros en los océanos.

Sin embargo, el descubrimiento de un hongo capaz de digerir plástico y que puede vivir en ambientes sin oxígeno, como los rellenos sanitarios, genera esperanza.

En 2011, unos estudiantes de la Universidad de Yale localizaron en los bosques lluviosos de Ecuador la especie Pestalotiopsis, un hongo que no solo tiene un voraz apetito por el plástico, sino que además puede prosperar en condiciones adversas, como los basurales. La particularidad es que también tienen buen sabor, lo que abre la puerta a su utilización en procesos de reciclaje biodegradables.

Innovaciones que combinan ciencia y diseño

Katharina Unger, diseñadora austríaca, colaboró con científicos de la Universidad de Utrecht en un proyecto llamado Fungi Mutarium. Se trata de cápsulas de gelatina de agar que alimentan al hongo con azúcares y almidones, en cuyo centro se coloca plástico tratado con luz ultravioleta.

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Con el tiempo, el hongo digiere la materia plástica, formando una especie de taza esponjosa, de sabor dulce y aroma a regaliz. La visión es que en los hogares se puedan crear sistemas pequeños para reciclar basura y que las comunidades tengan centros de recuperación con sistemas mayores y eficientes.

Las redes de micelios —las raíces del hongo— son muy complejas y pueden extenderse por kilómetros. El ejemplar más grande de la Tierra, una red de Armillaria ostoyae en Oregon, abarca unas 8.8 km² justo debajo del suelo forestal y tiene unos 2.400 años.

Cada otoño, produce cientos de sombreros amarillos y dulces, y se estima que más del 90% de las plantas están conectadas a estos sistemas de micelios, formando una intrincada «web» que comparte agua y nutrientes, en un proceso que beneficia a todo el ecosistema.

El uso de hongos como alternativa en la industria

El hongo también está emergiendo como sustituto del cuero y otros materiales en sectores de alta moda y construcción. En marzo de 2021, Stella McCartney presentó en Inglaterra prendas creadas con micelio —un derivado de hongos—, en línea con su apuesta por la moda sostenible. Grandes marcas como Adidas, Lululemon y Hermès ya anunciaron futuras colecciones hechas a base de micelios, considerados una opción más ética y ecológica que el cuero sintético derivado del plástico, como el ‘pleather’.

Simultáneamente, en Seattle, investigadores como Eben Bayer y Gavin McIntyre trabajan en la producción de materiales diversos con hongos, sometiendo a procesos en los que las partículas de micelio se unen para crear desde aislantes orgánicos y resistentes al fuego, hasta bioplásticos que se pueden moldear en diferentes formas en apenas unos días —sin apenas intervención humana—.

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La compañía Evocative Design, fundada en 2007, ya ofrece productos biodegradables, como sandalias y paneles de aislamiento ecológicos, que prometen competir con los materiales tradicionales, en un proceso que llaman “biología programable”.

Hongos como aliados en la agricultura y la remediación ambiental

o, promoviendo un crecimiento más saludable y resistente en las cosechas. Este método innovador es una respuesta concreta a la problemática de las patógenas resistentes a herbicidas tradicionales.

Además, los endófitos ayudan a las plantas a desarrollarse en condiciones extremas, en lugares como los arenales de Athabasca, la Antártida y en altitudes elevadas en el Himalaya, demostrando su potencial en la lucha contra el cambio climático y la degradación del suelo.

El pionero en este campo, Paul Stamets, ha transformado su historia personal en una verdadera revolución en el uso de hongos. Antes de convertirse en un conocido investigador, fue un leñador que vio en los micelios un “red neurológica de la naturaleza”, en palabras del mismo Stamets, que tiene en cuenta la salud del ecosistema en su conjunto.

Desde 1980, con su empresa Fungi Perfecti, ha desarrollado aplicaciones que van desde la limpieza de suelos contaminados con petróleo, después de que en 1997 saliera a la luz que ciertos hongos pueden absorber uranio y otros materiales radiactivos, hasta la creación de “mycobooms” biodegradables para absorber y degradar hidrocarburos en mareas negras, como la del Golfo de México en 2010.

El dilema del desarrollo en Ecuador y el papel del hongo comelón de plástico

En Ecuador, el descubrimiento del Pestalotiopsis —el hongo que devora plástico— revela las tensiones propias del país.

Entre la destrucción masiva de la Amazonía para extraer petróleo, armar carreteras, y explotar sus recursos, la lucha por preservar su biodiversidad única se ha convertido en símbolo de un doble filo: por un lado, la esperanza de soluciones ecológicas; por otro, la realidad brutal de un país atrapado en una encrucijada de desarrollo y conservación.

El intento de Ecuador de monetizar la protección del Amazonas, mediante el plan “Yasuni ITT” —que buscaba que países ricos financiaran la preservación del parque a cambio de dejar de explotar sus reservas— fue un fracaso. La iniciativa, que pretendía recaudar unos USD$3.600 millones, solo logró 13 millones, dejando claro que la economía petrolera sigue siendo una prioridad para muchos gobiernos y empresas trasnacionales.

Desde la llegada de la petrolera estadounidense Texaco en 1964 y su posterior huida, Ecuador quedó marcado por uno de los mayores desastres ecológicos de América Latina, conocido como el “Chernobyl amazónico”.

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La compañía dejó un legado de 1.700 millas cuadradas contaminadas con residuos tóxicos, un legacy de destrucción que aún hoy afecta la salud y el ecosistema de comunidades como Sana Isla, en la cual la mujer Blanca Tapuy expresa su oposición vehemente a la explotación petrolera, en contraste con las posiciones de quienes consideran que ese recurso es vital para el desarrollo económico.

La lucha de Ecuador por su biodiversidad y su futuro

La presencia de Pestalotiopsis en el corazón de la Amazonía, junto con una historia de devastación ambiental y resistencia social, pone en evidencia cuánto queda por hacer para utilizar de manera efectiva el potencial de los hongos.

Mientras las corporaciones occidentales continúan aprovechándose de los recursos naturales y económicas de Ecuador, los científicos y las comunidades locales luchan por encontrar una vía que privilegie la sostenibilidad y la protección del medio ambiente.

En definitiva, el hongo que come plástico ofrece una esperanza concreta y factible para revertir, en parte, los daños causados por décadas de extracciones y contaminación. Sin embargo, el verdadero reto sigue siendo la voluntad política y la regulación internacional que permita aprovechar estas innovaciones sin seguir destruyendo los ecosistemas vitales de la Amazonía y otras regiones del planeta.

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