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Los empresarios argentinos ven en Uruguay un ejemplo de estabilidad social y económica

El Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina convoca a economistas para estudiar siete países que revirtieron el estancamiento y sostuvieron el crecimiento durante 20 años consecutivos, entre ellos Uruguay.

Foto con fines ilustrativos
Foto con fines ilustrativos

Siete países lograron algo que Argentina todavía no consiguió: mantener un rumbo económico estable durante dos décadas consecutivas. Uruguay es un caso particular en esa lista, junto a Israel, Perú, Chile, Polonia, Australia e Irlanda, y su experiencia ocupará un lugar central en el 62° Coloquio del Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina (IDEA), que se realizará del 30 de septiembre al 2 de octubre en Mar del Plata.

El encuentro empresarial, bajo el título “Invirtiendo la historia. 20 años: de promesa a potencia”, surgió de un trabajo de más de 50 CEOs y economistas convocados por la organización. El objetivo declarado es identificar qué decisiones permitieron a esos siete países convertir la estabilidad macroeconómica en crecimiento sostenido, más allá de qué partido gobernara en cada momento.

Uruguay reúne un antecedente concreto que lo distingue del resto del grupo. En 2018 alcanzó su decimosexto año consecutivo de expansión económica, el período de crecimiento más prolongado desde que existen registros oficiales en el país, según datos del Ministerio de Economía y Finanzas. La racha había arrancado en 2003, apenas un año después de la crisis bancaria y cambiaria de 2002, cuando el producto bruto interno se contrajo cerca de 11% en un solo ejercicio.

Uruguay, del dolor al crecimiento sostenido

Ese origen traumático es, paradójicamente, la clave que explica la continuidad posterior. La crisis de 2002 funcionó como un punto de quiebre que empujó a los partidos políticos uruguayos a coincidir en un núcleo mínimo de reglas económicas que ningún gobierno tocó después, sin importar su signo ideológico.

Desde entonces, Uruguay atravesó tres gobiernos consecutivos del Frente Amplio, una coalición liderada por el Partido Nacional entre 2020 y 2025, y el regreso del Frente Amplio con Yamandú Orsi. En ese trayecto de más de veinte años no se modificaron los pilares del modelo: apertura comercial, independencia de hecho del Banco Central, respeto a los contratos y previsibilidad para la inversión extranjera.

El mercado de deuda le puso precio a esa continuidad. Moody’s Ratings elevó en marzo de 2024 la calificación crediticia de Uruguay de Baa2 a Baa1, dos escalones por encima del umbral de grado inversor, con perspectiva estable. La agencia señaló que la mejora respondió a “instituciones sólidas que apoyan la implementación de reformas estructurales”, en referencia al cumplimiento continuo de los marcos de política fiscal y monetaria. Fue la nota crediticia más alta de la historia del país.

Esa fortaleza institucional también se refleja en el mercado inmobiliario, uno de los termómetros más sensibles a la confianza de largo plazo. Matías Medina, vicepresidente de la Cámara Inmobiliaria Uruguaya, explicó que la seguridad jurídica local convirtió al país en “un destino elegido por inversores extranjeros”, más allá del ahorro doméstico tradicionalmente volcado al ladrillo.

Los países estudiados en el coloquio IDEA

Los otros seis países del estudio de IDEA muestran caminos distintos hacia el mismo resultado. Israel transformó una economía cerrada e inflacionaria de los años ochenta en un polo tecnológico global, apoyado en un plan de estabilización ortodoxo de 1985 y en la inversión pública en investigación y desarrollo de la década siguiente.

Perú combinó el fin de la hiperinflación de 1990 con una regla fiscal sostenida por gobiernos de signos muy distintos, incluso en medio de una inestabilidad política crónica que llevó a seis cambios de presidente en pocos años sin alterar el rumbo económico.

Chile construyó el ejemplo más citado de la región: apertura comercial desde fines de los setenta, un banco central autónomo desde 1989 y reglas fiscales estructurales explícitas desde 2001, respetadas por administraciones de distinto color político hasta el estallido social de 2019.

Polonia aplicó una terapia de shock en 1990 tras el fin del comunismo y encadenó más de tres décadas sin una sola recesión, con el proceso de adhesión a la Unión Europea funcionando como ancla institucional para sostener reglas fiscales y judiciales.

Australia acumuló 26 años sin recesión técnica entre 1991 y 2020, apoyada en apertura migratoria, exportación de recursos hacia Asia y un banco central con metas de inflación desde 1993 que ningún gobierno posterior modificó de fondo.

Irlanda pasó de ser uno de los países más pobres de Europa Occidental a converger con los ingresos más altos del continente, gracias a un impuesto corporativo bajo y a la atracción sostenida de inversión tecnológica y farmacéutica, aunque su modelo mostró un punto ciego durante la crisis bancaria de 2008.

Uruguay, el caso de estudio particular de los empresarios argentinos

El caso uruguayo tiene, sin embargo, un límite reconocido por organismos multilaterales. El Banco Interamericano de Desarrollo advirtió que el país presenta una brecha negativa en fortaleza institucional y seguridad respecto a la norma esperada para su nivel de ingreso per cápita, con indicadores de crimen y violencia que no acompañaron la mejora socioeconómica general.

A eso se suma un techo estructural que distintos análisis económicos coinciden en señalar: el mercado interno reducido, los costos laborales elevados y un ritmo de expansión moderado si se compara con las economías más grandes de la región. Uruguay no creció rápido durante estos veinte años; creció parejo, sin sobresaltos, y esa diferencia es justamente lo que el Coloquio de IDEA busca poner sobre la mesa para el debate argentino.

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