Argentina-España: Por qué América Latina no puede mirar para otro lado esta tarde
Hoy no se juega solo un partido de fútbol, como no fue solo un partido el que le ganaron hace unos días a Inglaterra. Se juega, una vez más, una vieja historia que el continente conoce de memoria.

Por Carlos Loría – Redactor periodístico
Cuando Argentina salga a la cancha del MetLife Stadium, no saldrá sola. Saldrá cargando, quiera o no, el peso simbólico de un continente entero que durante siglos fue mirado desde España como territorio a conquistar, como recurso a extraer, como pueblo a evangelizar a la fuerza.
Esa historia no se borra con quinientos años de distancia ni con pasaportes compartidos ni con la lengua que nos une. Al contrario: ahí está la paradoja que hace tan cargada esta final. Hablamos español porque España llegó a imponernos su lengua, su religión y su orden. Y hoy, con esa misma lengua, millones de latinoamericanos van a gritar un gol argentino como si fuera propio.
Eso no es casualidad. Es memoria.
La solidaridad latinoamericana nunca fue una construcción abstracta ni un saludo protocolar entre cancillerías. Se forjó en las luchas de independencia del siglo XIX, en los procesos de descolonización que costaron generaciones enteras, en la certeza compartida de que ningún pueblo de este lado del Atlántico decidió libremente su destino hasta que decidió pelear por él.
Bolívar, San Martín, Artigas: distintos países, un mismo enemigo en el horizonte: ojo, el enemigo no es el país como está conformado hoy en día, sino el pensamiento colonialista que perdura, incluso, en habitantes de pueblos colonizados. Esa genealogía no desapareció; simplemente cambió de forma.
Hoy no se pelea con sables, se pelea, entre tantas otras cosas, también en una cancha.
Por eso apoyar a Argentina esta tarde no es solamente un gesto futbolero de vecindad, aunque también lo sea. Es reconocer que cuando una selección latinoamericana llega a la cima del fútbol mundial y tiene enfrente a una potencia europea que alguna vez gobernó estas tierras con mano de hierro, hay algo que trasciende el resultado.
Es la posibilidad, aunque sea simbólica, aunque dure apenas noventa minutos, de invertir el orden de la historia. De que el sur le gane al norte. De que el pueblo que fue colonizado le levante la copa en la cara al heredero del imperio.
No se trata de rencor. Se trata de dignidad.
Los pueblos que fueron sometidos tienen derecho a disfrutar, aunque sea en un estadio de Nueva Jersey, la reivindicación simbólica de no ser ya el objeto de la historia, sino su protagonista.
Uruguay quedó afuera del camino, y eso duele, como duele siempre que la celeste se cae en el Mundial. También quedaron fuera Brasil, Colombia, Ecuador, Paraguay, México, Panamá, Haití y Curazao. Pero el fútbol latinoamericano no termina en las fronteras de cada país; se sostiene sobre una identidad regional que trasciende las rivalidades internas. Cuando no juega el propio, se apoya al hermano.
Así lo hicimos con los hermanos brasileños, con los mexicanos, con los paraguayos (vaya que gritamos los goles de Paraguay cuando eliminó a Alemania por penales), cada vez que representaron a la región frente a Europa. Hoy le toca a Argentina, y la lógica es la misma: no hay grieta rioplatense que valga frente a la posibilidad de que la Copa se quede en Sudamérica.
Esta noche, cuando suene el pitazo inicial, vale la pena recordar de dónde venimos. Vale la pena recordar que apoyar a Argentina contra España no es solamente elegir un equipo. Tampoco es odiar a España per se, ni a sus habitantes, ni a los latinoamericanos que tienen (a gusto o disgusto) sangre española mezclada en sus venas.
Es, para quien quiera leerlo así, un gesto pequeño y enorme a la vez: el de un continente que, después de siglos de que le dictaran su destino desde afuera, todavía encuentra en una cancha de fútbol la manera de decir, alto y claro, que esta vez el resultado lo escribimos nosotros.
Vamos, Argentina. Vamos, América Latina.
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