Malala advierte por Afganistán: “Nunca imaginé un retroceso tan veloz” en los derechos de la mujer

Mucho peor que "El cuento de la criada", una mujer cruza la calle completamente tapada de pies a cabeza con su hijo, ambos vistiendo de color azul como uniforme, rodeada de hombres armados.
Mucho peor que «El cuento de la criada», una mujer cruza la calle completamente tapada de pies a cabeza con su hijo, ambos vistiendo de color azul como uniforme, rodeada de hombres armados.

A cinco años del regreso talibán: guerra con Pakistán, quiebres internos y una emergencia humanitaria que parece sin salida

Al cumplirse un lustro desde que los talibanes recuperaron el control de Afganistán, el país permanece atrapado en una crisis de múltiples aristas y de enorme gravedad.

El cuadro presente combina la reciente declaración de “guerra abierta” pronunciada por Pakistán tras bombardear Kabul, profundas rupturas en la conducción del movimiento y un endurecimiento tanto de la represión social como del aislamiento tecnológico. En paralelo, la comunidad internacional reconoce que sus herramientas de presión resultaron estériles, mientras la población civil sobrevive entre catástrofes naturales, hambre infantil y la demolición sistemática de sus libertades más elementales.

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La exclusión de mujeres y niñas se volvió rutina

Cinco años después de que los talibanes se hicieran con el control de Afganistán, apartar a mujeres y niñas de la vida pública, entre otras violaciones a los derechos humanos, dejó de ser una excepción para convertirse en la norma cotidiana del país.

La magnitud del retroceso quedó reflejada en un reciente relevamiento de ONU Mujeres: la mitad de las afganas consultadas admitió que solo sale de su vivienda apenas una o dos veces al mes, como consecuencia directa de las trabas impuestas a su circulación y de las barreras que les impiden acceder a los espacios públicos.

Bombas sobre Kabul y una cúpula que se resquebraja

El equilibrio regional se vino abajo luego de la ofensiva aérea que Pakistán descargó sobre la capital afgana y sobre distintos enclaves considerados estratégicos. Con esa acción, Islamabad dio por iniciado formalmente un estado de “guerra abierta”.

El paso a un enfrentamiento militar directo dejó al descubierto la fragilidad de toda la zona, agravada por la enorme cantidad de armamento que sigue circulando: se estima que alrededor de medio millón de armas de fabricación estadounidense quedaron en manos de las milicias talibanas y de otras agrupaciones extremistas activas en la región.

A la amenaza externa se le agrega la fractura interna. Reportes de la BBC dieron cuenta de una rebelión que se cocina puertas adentro y de una fuerte pulseada política dentro del gobierno, donde chocan las posturas del líder supremo, Hibatullah Akhundzada, y las de figuras de peso del gabinete como Sirajuddin Haqqani y Mohammad Yaqoob.

El callejón sin salida de la diplomacia y el ojo que todo lo vigila

Con el grupo radical cada vez más afianzado y sin ningún progreso en la mesa de negociaciones, los actores internacionales quedaron encerrados en un laberinto político. Los distintos análisis coinciden en una conclusión tan clara como incómoda: ni las advertencias, ni las sanciones, ni la presión desde el exterior lograron torcer la conducta del gobierno afgano ni frenar el desmoronamiento de sus instituciones.

Mientras la vía diplomática se hunde en el barro, el régimen fundamentalista apretó todavía más su control sobre la sociedad a través de un sofisticado aparato de vigilancia tecnológica. Esa red de monitoreo masivo se despliega por todo el territorio, mantiene bajo observación permanente a millones de personas y aplasta cualquier asomo de disidencia.

Apagón de internet y el borrado de la mujer

En el plano civil, la represión trepó a niveles nunca vistos. El reciente corte total del servicio de internet y la consiguiente caída de las telecomunicaciones, dispuestos por las autoridades, dejaron incomunicada a la población y arrebataron a las mujeres afganas lo que muchas veían esta tecnología como su última ventana hacia el mundo exterior.

La medida se enmarca en una seguidilla de decretos impulsados por el Ministerio de la Moral. Entre las disposiciones más recientes en materia educativa sobresale la prohibición expresa de utilizar textos escritos por autoras mujeres en los planes universitarios. A eso se suma que la justicia del régimen avanzó en anular divorcios ya concedidos, forzando a varias mujeres a volver a matrimonios de los que habían conseguido separarse por la vía legal.

La ideología del oficialismo quedó a la vista en los discursos de sus propios dirigentes. El gobernador provincial Abdullah Sarhadi llegó a afirmar públicamente que las mujeres sufren “deficiencias intelectuales”, argumento con el que pretendió justificar el despojo de sus derechos. Frente a este retroceso, la activista y Premio Nobel de la Paz Malala Yousafzai manifestó su desconcierto y aseguró que nunca imaginó que los derechos de las mujeres pudieran desarmarse a semejante velocidad.

Hambre, terremotos y la lucha diaria por seguir vivos

La debacle económica y asistencial arrastra a miles de familias a situaciones extremas. En los hospitales se acumulan los casos severos de desnutrición infantil, acompañados por relatos estremecedores de madres que vieron morir a varios de sus hijos por falta de comida y de atención médica. En las zonas más olvidadas, la desesperación empujó a algunos padres a vender a hijas de corta edad para poder pagar tratamientos de otros miembros de la familia.

A ese drama humano se suma una amenaza natural constante. Afganistán se asienta sobre el llamado “cinturón alpino-himalayo”, una franja de altísima actividad sísmica. Un terremoto de gran magnitud ocurrido en 2025 en el este del país dejó más de 800 muertos y arrasó aldeas enteras que no cuentan con la infraestructura mínima para resistir un golpe de esa envergadura.

En medio de este ahogo generalizado, también surgen historias de fuga, tanto individuales como colectivas. Van desde jóvenes de 18 años que atraviesan el país en taxi o se presentan directamente ante autoridades locales para escapar de matrimonios forzados, hasta deportistas que consiguieron rehacer su vida lejos de casa, como el seleccionado femenino afgano de críquet, que volvió a jugar un partido en Melbourne después de haber logrado huir del régimen años atrás.

“Ser mujer en Afganistán es un infierno”: la dura advertencia de un exfuncionario estadounidense

Sin rodeos, John Sopko, quien se desempeñó como inspector general especial para la Reconstrucción de Afganistán, fue tajante el jueves en diálogo con CNN: “Para ser muy franco: ser mujer en Afganistán es un infierno”.

El exfuncionario no ahorró críticas hacia la falta de reacción internacional. “Y no veo a la comunidad internacional —y desde luego no veo a este Gobierno, la administración Trump— haciendo nada, absolutamente nada al respecto. Más bien al contrario: están agravando la situación para la pobre gente de Afganistán”, sostuvo.

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Sus palabras apuntaban a la resolución del presidente estadounidense de dar de baja, a comienzos de 2025, prácticamente todos los contratos de ayuda humanitaria y de desarrollo que la USAID mantenía en el país, un recorte que dejó sin efecto más de 1.700 millones de dólares en asistencia que estaba prevista.

Hoy Afganistán es el único territorio del planeta donde se les impide a las niñas seguir estudiando más allá del sexto grado. La medida acumula tanto tiempo de vigencia que una generación entera de niñas ya atravesó la adolescencia sin haber entrado nunca a un aula de enseñanza secundaria.

Según los cálculos de ONU Mujeres, más de 10,7 millones de mujeres y niñas afganas subsisten gracias a la ayuda humanitaria. En un relevamiento reciente de la ONU, más de la mitad de las organizaciones lideradas por mujeres anticiparon que deberán cerrar o poner en pausa sus actividades en el próximo año a raíz de los recortes. Una de esas entidades, que opera en el norte del país y prefirió no revelar su identidad, contó a CNN que hoy trabaja a “escala limitada” y que su continuidad enfrenta un “grave riesgo”.

Los niños cargan con las consecuencias junto a sus madres.

Uno de cada diez chicos afganos sufre desnutrición aguda, de acuerdo con un informe difundido esta semana por la organización benéfica Save the Children. La emaciación —la variante de desnutrición aguda que más pone en peligro la vida— no deja de crecer. UNICEF proyecta que este año más de once millones de niños necesitarán asistencia humanitaria, pero alrededor de 600 centros de salud ya bajaron sus persianas por falta de fondos.

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En un distrito de acceso complicado del norte afgano, Save the Children es el único servicio de salud disponible para 10.000 personas.

La respuesta humanitaria, por sí sola, no alcanza para revertir semejante emergencia. La economía del país tampoco ofrece un salvavidas a las mujeres ni a las familias. Según un nuevo informe de ONU Mujeres, 7 de cada 10 mujeres ahora describen su salud mental como “mala” o “muy mala”.

La mayoría de los afganos sobrevive del comercio informal, mientras intenta arreglárselas en un contexto de servicios cada vez más escasos y de restricciones cada vez más duras sobre la posibilidad de que las mujeres trabajen.

Durante los años de ocupación de las fuerzas estadounidenses y sus aliados, buena parte de los hogares rurales dependía del opio como fuente de ingresos. Y esto pese a que Washington destinó casi 9.000 millones de dólares, a lo largo de dos décadas, a una política antinarcóticos que, de manera paradójica, terminó engrosando las arcas de los talibanes, consolidó su economía sustentada en las drogas y, en ciertas zonas, hasta alimentó el respaldo a los insurgentes. Esa campaña ha sido señalada una y otra vez como un rotundo fracaso.

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Es hora de que los pueblos del mundo alcemos la voz una vez más para visibilizar esta tragedia humana, que la discriminación de género y la violencia siempre van de la mano y que tarde o temprano, si no se le pone un freno al modelo tirano de los talibanes, podría resultar atractivo para unos cuantos tecnócratas, machitos políticos y tradwifes rondando por occidente, con unos cuantos más de la casta de ultraderecha, con planes para imponer gobiernos con ayuda de las tecnologías de espionaje y manipulación civil, ampliamente cononocidas por como recolectan y operan con nuestros datos sin consentimiento directo.

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