El día de los 12 años: La era en que Latinoamérica creció fuertemente y millones salieron de la pobreza
América Latina entre 2003 y 2015 fue un vergel de crecimiento, reducción de la pobreza y expansión social. Y luego, vinieron los virajes a la derecha y la historia tomó otro rumbo.

Entre comienzos de los años 2000 y mediados de la década siguiente, América Latina atravesó uno de los ciclos de mejora económica y social más importantes de su historia reciente. La región creció durante varios años a tasas elevadas, redujo de forma marcada la pobreza y la desigualdad, bajó el desempleo y amplió la cobertura de políticas sociales, educativas, sanitarias y previsionales.
Los datos de CEPAL, Banco Mundial, OIT, UNESCO y OPS/OMS confirman la magnitud de aquella transformación, aunque también muestran que no existió una única causa. El auge de las materias primas, el crecimiento de China y las condiciones financieras internacionales jugaron un papel decisivo, pero las políticas de empleo, salarios, formalización, transferencias y protección social también incidieron en la distribución de los beneficios del crecimiento.
Una expansión económica con pocos precedentes
La CEPAL definió el período 2003-2008 como una etapa con “escasos precedentes” en la historia económica reciente de América Latina y el Caribe. Durante esos seis años, la región registró un crecimiento promedio cercano al 5% anual, mientras que el PIB por habitante avanzó a una tasa superior al 3% anual.
Solo en 2008, antes de que la crisis financiera internacional golpeara plenamente a la región, el crecimiento regional fue estimado en 4,6%. La expansión acumulada coincidió con una mejora sustancial de los indicadores laborales y sociales.
El punto de partida había sido mucho más complicado. En 2003, la economía regional creció apenas 1,5%, después de varios años de resultados débiles. La CEPAL señalaba entonces que América Latina acumulaba seis años de estancamiento o caída del producto por habitante y contabilizaba alrededor de 20 millones de personas pobres más que en 1997.
El escenario cambió rápidamente a partir de 2004. La recuperación de la economía mundial, el aumento de la demanda por materias primas y la mejora de sus precios internacionales favorecieron especialmente a las economías exportadoras sudamericanas. La expansión posterior fue suficientemente intensa como para sostener durante varios años mejoras simultáneas en empleo, ingresos y cuentas públicas.
La pobreza cayó durante más de una década
Uno de los resultados más relevantes del ciclo fue la reducción de la pobreza. Las distintas publicaciones de CEPAL presentan pequeñas diferencias debido a revisiones metodológicas, pero todas muestran la misma tendencia de fondo.
La pobreza afectaba a aproximadamente 43,7%-43,9% de la población latinoamericana en 2002. Hacia 2014, había descendido a alrededor de 28%-28,5%, dependiendo de la serie utilizada.
En la metodología actualizada publicada por CEPAL en 2017, el organismo calculó que en 2014 había 168 millones de personas pobres, equivalentes al 28,5% de la población regional. Entre 2002 y 2016, incluso después del posterior deterioro económico, la pobreza todavía acumulaba una reducción de 15,2 puntos porcentuales.
La caída de la pobreza no fue únicamente un efecto estadístico. Representó a decenas de millones de personas que superaron los umbrales de pobreza monetaria durante el período. CEPAL vinculó ese proceso con el mejor desempeño de los mercados laborales, el aumento de los ingresos de los hogares de menores recursos, una mayor formalización del empleo y la expansión de distintos mecanismos de protección social.
También se redujo la desigualdad
América Latina continuó siendo una de las regiones más desiguales del mundo, pero durante esos años se produjo una reducción significativa de la concentración del ingreso.
Según la serie revisada de CEPAL, el coeficiente de Gini regional pasó de aproximadamente 0,538 en 2002 a 0,467 en 2016. Como un valor más próximo a cero representa una distribución más igualitaria, la evolución muestra una disminución considerable de la desigualdad durante el período.
La reducción fue especialmente relevante porque durante décadas América Latina había combinado períodos de crecimiento económico con estructuras de distribución muy desiguales. En los años 2000, en cambio, el crecimiento coincidió con aumentos de los ingresos laborales, incrementos del salario mínimo en distintos países y una mayor cobertura de transferencias y sistemas previsionales.
Eso no significa que todos los países evolucionaran de la misma manera ni que desaparecieran las brechas estructurales. Las diferencias entre trabajadores formales e informales, zonas urbanas y rurales, grupos étnicos y niveles educativos continuaron siendo importantes.
La clase media creció en casi 50 millones de personas en solo seis años
Una de las afirmaciones que requiere corrección respecto de algunas publicaciones difundidas en redes sociales es que 92 millones de personas se incorporaron a la clase media entre 2003 y 2013. Ese número no corresponde a la estimación de referencia del Banco Mundial.
El estudio Economic Mobility and the Rise of the Latin American Middle Class calculó que la clase media latinoamericana pasó de 103 millones de personas en 2003 a 152 millones en 2009.
Eso significa una incorporación de aproximadamente 49 millones de personas, prácticamente 50 millones, en solo seis años. En términos relativos, la clase media aumentó alrededor de 50% y llegó a representar aproximadamente el 30% de la población regional.
Durante el mismo período analizado por el Banco Mundial, la proporción de población en situación de pobreza cayó aproximadamente del 44% al 30%. Esa transformación produjo una estructura social diferente, con una expansión tanto de la clase media como de un amplio grupo situado entre la pobreza y la clase media, al que el organismo denominó población vulnerable.
La magnitud del fenómeno fue suficientemente grande como para que el Banco Mundial hablara de una transformación social histórica en América Latina.
El desempleo cayó y aumentó la formalización
El mercado laboral fue uno de los motores centrales de la reducción de la pobreza. Al comenzar el ciclo, América Latina presentaba niveles elevados de desempleo.
En 2003, la CEPAL calculaba un desempleo regional de alrededor de 10,7%, mientras diferentes series de la OIT para el mercado laboral urbano lo situaban aproximadamente en torno al 11%.
Para 2008, después de cinco años de crecimiento elevado, el desempleo urbano había descendido aproximadamente al 7,5%. La reducción estuvo acompañada por aumentos del empleo asalariado, recuperación de los salarios reales y mayor cobertura de protección social.
La formalización también avanzó. La OIT documentó posteriormente una reducción del empleo informal no agrícola, que pasó de alrededor del 50% en 2009 al 47,7% en 2012.
El resultado es relevante porque significa que una parte del crecimiento no se tradujo solamente en creación de puestos de trabajo, sino también en incorporación de trabajadores a relaciones laborales con mayor acceso a seguridad social, jubilaciones y otros derechos.
Millones de trabajadores ingresaron a sistemas contributivos
La expansión del empleo formal tuvo efectos directos sobre los sistemas de seguridad social.
CEPAL calculó que la evolución positiva del mercado laboral y las políticas de ampliación de cobertura estuvieron asociadas con la incorporación de casi 60 millones de personas a sistemas contributivos.
La cobertura previsional de los mayores de 65 años también creció de forma considerable. Entre 2002 y 2015, la proporción de latinoamericanos de 65 años o más que recibían algún tipo de pensión pasó de 53,6% a 70,8%.
El avance fue todavía mayor entre las poblaciones tradicionalmente más desprotegidas. En los grupos de menores ingresos la cobertura aumentó aproximadamente 30 puntos porcentuales, mientras que en las zonas rurales creció alrededor de 33 puntos. CEPAL vinculó una parte importante de esa expansión al desarrollo de pensiones no contributivas.
La educación preescolar experimentó una fuerte expansión
El período también estuvo marcado por avances educativos. Según UNESCO, desde el año 2000 el número de niños que asistían a establecimientos de educación preescolar en América Latina y el Caribe aumentó aproximadamente 75%.
Hacia mediados de la década de 2010, más de la mitad de los países de la región habían alcanzado una tasa bruta de matrícula preescolar de 80% o más.
El avance fue importante, aunque no uniforme. UNESCO advertía que todavía existían millones de niños fuera de la educación primaria y fuertes desigualdades entre países y grupos sociales.
El gasto público en educación también aumentó
La expansión educativa estuvo acompañada por un crecimiento del gasto público.
Las series de CEPAL muestran que el gasto público social en educación aumentó desde niveles inferiores al 4% del PIB a comienzos del siglo hasta aproximadamente 4,6% del PIB en uno de los agregados regionales utilizados para mediados de la década siguiente.
Por eso, es más preciso afirmar que el gasto educativo pasó aproximadamente del 3,8% al 4,6% del PIB en la serie regional correspondiente, y no utilizar de manera rígida la cifra de 4% a 4,5%.
A la expansión de los sistemas escolares se sumaron programas nacionales de becas, transferencias condicionadas, ampliación universitaria, educación técnica y políticas de acción afirmativa. Sin embargo, estas políticas variaron considerablemente entre países y no pueden presentarse como un único modelo regional.
La esperanza de vida aumentó, con diferencias importantes dentro de la región
Los indicadores sanitarios también mejoraron, aunque algunos datos necesitan una precisión geográfica.
La Organización Panamericana de la Salud calculó que la esperanza de vida al nacer en la Región de las Américas pasó de 73,7 años en 2000 a 76,9 años en 2015, un incremento de 3,2 años.
No obstante, esa cifra incluye también a Estados Unidos y Canadá. Para América Latina y el Caribe, la esperanza de vida media en 2015 era de aproximadamente 74,5 años.
Las diferencias nacionales seguían siendo enormes: la OPS señalaba para ese año valores que iban desde 63,5 años en Haití hasta más de 82 años en Canadá.
Por tanto, el aumento de 3,2 años es real, pero debe atribuirse correctamente al conjunto de la Región de las Américas, no exclusivamente a América Latina.
El gasto público sanitario creció con fuerza
También existen evidencias claras de mayor inversión pública en salud, aunque no debe utilizarse la afirmación de que el gasto pasó de 3,1% a 4,7% del PIB como si se tratara de una única serie homogénea.
La OPS documentó que el gasto sanitario público en las Américas aumentó de US$212.800 millones en 2000 a US$304.200 millones en 2010, medido en dólares constantes. Eso significó un incremento acumulado de alrededor de 43%.
Entre 2000 y 2005, el gasto público sanitario creció a una tasa promedio de 8,6% anual y pasó de 3,1% a 4,0% del PIB regional. En la segunda mitad de la década disminuyó relativamente hasta alrededor del 3,7% del PIB en 2010, aunque siguió siendo sustancialmente mayor en términos reales que al comienzo del período.
Esta precisión es importante porque diferentes bases internacionales emplean definiciones distintas de gasto público, gasto corriente, gasto gubernamental general y gasto sanitario total.
UNASUR y CELAC marcaron una nueva etapa de integración política
La transformación de esos años no fue solamente económica. También coincidió con una etapa de fuerte impulso a los mecanismos de coordinación regional.
El Tratado Constitutivo de UNASUR fue firmado en Brasilia en mayo de 2008 por los 12 Estados sudamericanos que integraban el proyecto.
CEPAL describió a UNASUR como un espacio destinado a profundizar la integración cultural, social, económica, política y de infraestructura, además de coordinar posiciones frente a desafíos comunes vinculados al desarrollo, la inclusión y la democracia.
A ese proceso se sumó posteriormente la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, CELAC, constituida formalmente en 2011 como un mecanismo de diálogo y concertación política que agrupó a los países de América Latina y el Caribe sin la participación de Estados Unidos y Canadá.
Ambas instituciones expresaron una época en la que distintos gobiernos latinoamericanos buscaron ampliar los mecanismos de coordinación política y ganar mayor capacidad de negociación regional.
El contexto internacional fue decisivo
Los avances del período no pueden explicarse exclusivamente por las políticas aplicadas dentro de América Latina.
La región se benefició de una coyuntura internacional excepcional, especialmente entre 2003 y 2008. La economía mundial crecía rápidamente, aumentaban los precios de productos agrícolas, minerales, hidrocarburos y otras materias primas, y las condiciones financieras internacionales eran favorables.
China tuvo un papel central. Su rápida industrialización incrementó fuertemente la demanda de cobre, hierro, petróleo, soja y otros productos exportados por América del Sur.
Ese fenómeno mejoró los términos de intercambio de varias economías, aumentó los ingresos por exportaciones y fortaleció las cuentas fiscales de países productores de materias primas.
Sin embargo, el beneficio fue desigual. Economías exportadoras de minerales, hidrocarburos y alimentos se beneficiaron mucho más que países dependientes de importaciones energéticas o especializados en manufacturas y servicios.
El crecimiento por sí solo no explica la caída de la pobreza
Reconocer la importancia del contexto internacional tampoco implica concluir que los avances sociales ocurrieron automáticamente.
CEPAL destacó que la reducción de la pobreza estuvo relacionada con mayores ingresos laborales, aumento del empleo, formalización y ampliación de los sistemas de protección social.
Durante esos años se extendieron en numerosos países programas de transferencias monetarias dirigidos a hogares vulnerables, pensiones no contributivas, políticas de salario mínimo y mecanismos de inclusión previsional.
La combinación exacta fue distinta en Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Chile, México y otros países, por lo que no resulta correcto atribuir toda la evolución regional a un único programa político.
Lo que sí muestran los datos es que crecimiento económico, mejores condiciones laborales y políticas redistributivas operaron simultáneamente.
El ciclo comenzó a perder fuerza alrededor de 2014
El período de mejoras continuas no duró indefinidamente.
La CEPAL señaló que la reducción de la pobreza comenzó a estancarse alrededor de 2012-2014, coincidiendo con una desaceleración económica regional. En una primera estimación, calculó que la pobreza afectaba aproximadamente al 28% de la población en 2014, unos 167 millones de personas.
Con una actualización metodológica posterior, el organismo situó la pobreza de 2014 en 28,5%, equivalente a 168 millones de personas.
En 2015 aumentó al 29,8%, unos 178 millones, y en 2016 llegó al 30,7%, aproximadamente 186 millones de latinoamericanos.
La pobreza extrema también volvió a aumentar: pasó de alrededor del 8,2% en 2014 al 10% en 2016, lo que significó un incremento desde aproximadamente 48 millones hasta 61 millones de personas.
El deterioro tuvo causas externas e internas
No existe evidencia suficiente para atribuir esa reversión a una sola causa política.
Hacia mediados de la década de 2010 habían cambiado varias de las condiciones que habían favorecido el auge anterior. Los precios de numerosas materias primas dejaron atrás sus máximos, China comenzó a crecer a tasas menores, el comercio mundial perdió dinamismo y varias economías latinoamericanas enfrentaron desequilibrios fiscales, productivos o externos.
A esas dificultades se sumaron problemas nacionales muy diferentes. Brasil atravesó una profunda recesión en 2015 y 2016; Venezuela ingresó en una crisis económica de dimensiones mucho mayores; Argentina acumuló problemas inflacionarios y cambiarios; otros países mantuvieron trayectorias relativamente más estables.
Por ello, presentar la evolución regional exclusivamente como consecuencia de un giro ideológico no resulta suficiente para explicar los datos.
Lo que sí demuestra el período 2003-2015
La evidencia disponible permite sostener una conclusión mucho más sólida: América Latina demostró durante esos años que es posible combinar crecimiento económico con reducción de la pobreza y disminución de la desigualdad.
El contexto internacional fue extraordinariamente favorable y explica parte del resultado. Pero también hubo una transmisión hacia los hogares mediante empleo, salarios, formalización, transferencias sociales, pensiones y mayores niveles de gasto social.
La región pasó de niveles de pobreza superiores al 43% a comienzos del siglo a cerca del 28% en 2014; la clase media aumentó de 103 a 152 millones de personas entre 2003 y 2009; el desempleo cayó considerablemente; casi 60 millones de personas fueron incorporadas a sistemas contributivos; la cobertura de pensiones de los mayores de 65 años pasó de 53,6% a 70,8% entre 2002 y 2015; y la matrícula preescolar creció aproximadamente 75% desde 2000.
No fue un período libre de problemas. Continuaron la informalidad, la concentración patrimonial, la dependencia de materias primas, las brechas educativas y sanitarias y grandes diferencias entre países. Tampoco todos los avances fueron permanentes.
Pero tampoco fue un fenómeno imaginario ni meramente discursivo. Los indicadores económicos y sociales muestran una mejora sustancial y medible de las condiciones de vida de decenas de millones de latinoamericanos.
La experiencia del período también deja una conclusión relevante para cualquier discusión económica posterior: no basta con observar cuánto crece el PIB. Importa cómo se genera ese crecimiento, cuánto empleo produce, qué ocurre con los salarios y qué proporción de los beneficios económicos llega a los sectores de ingresos medios y bajos.
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