El megaproyecto verde de Angelina Jolie que está salvando la biodiversidad de Camboya
Todo empezó con un flechazo. La actriz estadounidense quedó cautivada por Camboya mientras filmaba Tomb Raider en el año 2000, y aquel vínculo terminó transformándose, más de dos décadas después, en uno de los proyectos de conservación más ambiciosos del sudeste asiático.

En 2003, Angelina Jolie adquirió una modesta propiedad camboyana de apenas 39 hectáreas, ubicada junto al bosque de Samlaut, una región que por entonces estaba castigada por la caza furtiva, la tala ilegal y un deterioro ambiental severo.
Aquella compra inicial, aparentemente pequeña, fue la semilla de algo mucho mayor: hoy la fundación impulsada por la intérprete participa en la protección de un territorio que ronda las 61.000 hectáreas y que resguarda elefantes, pangolines y más de 140 especies de aves.
De una casa frente a la selva a una cruzada ambiental de gran escala
El lazo de Jolie con el país asiático se forjó primero delante de las cámaras y se afianzó luego en lo personal, tras la adopción de su hijo Maddox, nacido en territorio camboyano. Lo que arrancó como una decisión íntima destinada a costear tareas de conservación fue tomando cada vez más envergadura con el correr de los años.
El punto de inflexión llegó en 2006, cuando la organización de la actriz, la Maddox Jolie-Pitt Foundation (MJP), tomó bajo su tutela la protección del Samlaut Multiple Use Area, una extensión forestal de 60.994 hectáreas repartida entre las provincias de Battambang y Pailin. Se trata de una zona cargada de historia y simbolismo, conocida desde antaño como el “Bosque de los Cien Elefantes”.
Un santuario de especies que figuran en la Lista Roja mundial
Los relevamientos de biodiversidad encarados por la fundación dejaron a la vista la enorme riqueza natural del lugar. Entre los animales identificados aparecen el elefante asiático, el pangolín de Sunda, el dhole, el oso negro asiático y el gaur. El dato más contundente: alrededor del 30% de la fauna registrada integra la Lista Roja de especies amenazadas que elabora la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), lo que dimensiona la fragilidad del ecosistema y la urgencia de protegerlo.
Sin embargo, los peligros están lejos de haberse esfumado. Las cámaras trampa que se emplean en los patrullajes han captado la presencia de personas armadas y vestigios de artefactos para cazar. Solo durante 2025, los equipos de la organización lograron desmantelar y retirar más de 7.800 metros de alambre destinados a atrapar animales, una cifra que refleja la magnitud de la batalla que aún se libra en el terreno.
Cazadores furtivos que hoy custodian el bosque que antes depredaban
Uno de los aspectos que distingue a esta iniciativa es la apuesta deliberada por la comunidad local como verdadera protagonista de la conservación, en lugar de aplicar recetas impuestas desde afuera. El plantel que vela por el territorio está integrado íntegramente por trabajadores camboyanos, buena parte de ellos con un conocimiento profundo de la selva que solo se adquiere habitándola.
Pero quizás la estrategia más sorprendente sea otra: reconvertir a antiguos cazadores furtivos en guardabosques. A ellos se les ofrecen sueldos formales y bonificaciones adicionales que oscilan entre los 150 y los 200 dólares mensuales, transformando a quienes supieron ser una amenaza para la fauna en sus principales defensores.
El proyecto, además, no se limita a la vigilancia. La fundación lleva adelante programas de infraestructura, salud, educación y generación de ingresos sostenibles, con propuestas que incluyen la agricultura y la apicultura. La meta de fondo es lograr que la vida económica de las poblaciones locales pueda convivir, a largo plazo, con la preservación del bosque, entendiendo que sin arraigo comunitario ninguna política ambiental resulta duradera.
Un modelo que trasciende la figura de una celebridad
Más allá del nombre que le da visibilidad internacional, la experiencia de Samlaut se ha convertido en un ejemplo de cómo la conservación puede ir de la mano del desarrollo humano. La fórmula —proteger la biodiversidad mientras se ofrecen alternativas laborales dignas a quienes viven de la tierra— apunta a romper el círculo que empuja a muchas familias hacia la caza y la tala como única salida de subsistencia.
Dos décadas después de aquella primera compra de apenas 39 hectáreas, el balance habla por sí solo: un bosque histórico que resiste, especies emblemáticas que todavía tienen dónde vivir y una comunidad que dejó de mirar la naturaleza como un recurso a explotar para empezar a verla como un patrimonio a cuidar.
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