Adiós, ídolo: murió Juan Carlos de Lima, el hombre que llevó a los grandes a la gloria
Descanse en paz, “Mucama”. Su historia, incómoda para algunos, es simplemente inmensa para el fútbol uruguayo y, principalmente, para los dos grandes: Nacional y Peñarol.

Por más de un siglo, el fútbol uruguayo se ha construido sobre una grieta infranqueable, una frontera visceral que divide aguas, familias y destinos. De un lado, Nacional. Del otro, Peñarol. Habitar ambos territorios es, para muchos, una herejía.
Sin embargo, la muerte, ese igualador implacable, nos obliga a detenernos y matizar los dogmas. Este miércoles, a los 63 años, falleció Juan Carlos de Lima, “Mucama”, un jugador que no solo cruzó esa grieta, sino que plantó su bandera en la cima más alta de cada lado.
Su partida no es solo el duelo por un exfutbolista; es la despedida a una figura única que obliga a una reflexión más profunda sobre la identidad y la memoria.
El hombre amado por dos rivales
La carrera de De Lima fue, en sí misma, un mapa del fútbol sudamericano de los 80 y 90: Florida, Liverpool, Ecuador, Chile, Brasil. Pero su leyenda se forjó en dos capítulos estelares, tan brillantes como aparentemente contradictorios. En 1988, un Nacional poderoso y con hambre de gloria continental lo incorporó.
De Lima no era el nombre más rutilante, pero se convertiría en uno de los más decisivos. Con su gambeta incisiva, su potencia y su olfato goleador, se ganó rápidamente el cariño de la parcialidad tricolor. Su momento de inmortalidad llegó en las semifinales de la Copa Libertadores de 1988. Frente a un América de Cali temible, De Lima fue el autor del gol del triunfo en el estadio Pascual Guerrero, un tanto que allanó el camino hacia la final y, posteriormente, hacia la conquista del título más ansiado.
Pocos meses después, en Tokio, era campeón del mundo. Con la camiseta de Nacional, “Mucama” había alcanzado el Olimpo. Su estadística es elocuente: 14 goles en 30 partidos. Eficacia pura.
Para cualquier jugador, ese habría sido un final de carrera perfecto. Pero la historia de De Lima tenía un giro argumental inesperado. Tras un nuevo periplo por Ecuador, Chile y un paso por Defensor Sporting, en 1997, con 38 años, se confirmó su fichaje por Peñarol. El anuncio generó escozor en muchos y escepticismo en otros. ¿Qué podía ofrecer un jugador de esa edad en el rival de su antiguo club? La respuesta fue una lección de profesionalismo y calidad intemporal.
Lejos de ser una figura decorativa, De Lima se erigió como una pieza fundamental en la maquinaria que aseguraría el segundo quinquenio de Peñarol. No era el joven velocista de antaño, pero su inteligencia táctica, su clase para el pase corto y su frialdad frente al arco se potenciaron. Se convirtió en el cerebro en la mitad de la cancha, el hombre de los momentos claves. Y, sobre todo, en el goleador de los clásicos.
1997, cuando De Lima se volvió imparable
La temporada de 1997 quedó grabada a fuego en la memoria aurinegra por sus intervenciones. El 19 de octubre, en un clásico electrizante que terminó 4-3 a favor de Peñarol, De Lima anotó el cuarto gol, el de la victoria. Pero su consagración definitiva llegó en la semifinal del 5 de noviembre, otro partido de infarto.
Con el marcador 2-2, “Mucama” apareció para marcar el tercer y definitivo gol del 3-2, enviando a su equipo a la final. Ese gol no fue solo un punto en el marcador; fue un acto de legitimación. El hombre que había sido ídolo en Nacional sellaba con su firma la gloria de Peñarol. En el club carbonero, conquistó los campeonatos uruguayos de 1997 y 1999, retirándose inmediatamente después de este último, como un grande que elige su momento.
Adiós, “Mucama”, nos vemos en otras canchas
La muerte de Juan Carlos de Lima invita a un balance que trasciende la rivalidad. En un ecosistema futbolístico donde el tribalismo suele borrar los matices, su figura emerge como una rareza valiosa. Fue un profesional que, con total entrega y éxito, sirvió a dos causas supuestamente antagónicas.
No fue un mercenario; fue un artista cuyo talento fue celebrado en ambos bandos. Su legado es una paradoja hermosa: un puente de gloria entre dos orillas que se miran con recelo. Hoy, tricolores y aurinegros, cada uno desde su vereda, pueden levantar la vista y recordar con respeto al hombre que, contra toda lógica, fue clave para hacerlos campeones del mundo y reyes de Uruguay.

Esta es la crónica de cuando se retiró del fútbol (año 2000):
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