El juego en familia y su enorme impacto en el desarrollo de los niños
Dedicarles tiempo a los hijos deja una huella profunda en su salud física, emocional y social.

Jugar en familia: mucho más que un pasatiempo para nuestros niños
Lejos de tratarse de una simple forma de mantenerlos entretenidos, ese acompañamiento constituye una pieza clave de su crecimiento y resulta determinante para su bienestar, tanto en el presente como en los años que vendrán.
El juego, un puente que fortalece los vínculos
Cuando los adultos se sientan a jugar con los más chicos, ocurre algo que va mucho más allá de la diversión: se afianzan los lazos afectivos, se construyen recuerdos que perdurarán y se abre un espacio protegido en el que los niños pueden expresar lo que sienten. En ese terreno seguro también incorporan normas de convivencia y van moldeando sus primeras habilidades para relacionarse con los demás.
A través del juego compartido, los pequeños se asoman a su propio mundo interior. Allí despliegan la imaginación, ejercitan un pensamiento más flexible y aprenden a ponerle palabras a lo que les pasa. Del mismo modo, ensayan cómo resolver desacuerdos, se acostumbran a trabajar en equipo, cultivan la empatía y ganan seguridad en sí mismos. Compartir ese momento con ellos, en definitiva, es una manera concreta de nutrir la comunicación y el vínculo emocional dentro del hogar.
Cada etapa, una forma distinta de jugar
Lejos de ser algo estático, el juego evoluciona a la par que los niños, y en cada tramo de la infancia deja ver los aprendizajes y progresos que van alcanzando.
Durante el primer año de vida predomina el juego funcional: los bebés descubren su entorno valiéndose de los sentidos, y todo se apoya en el desarrollo motriz y cognitivo.
Más adelante, hasta los seis años aproximadamente, entra en escena el juego simbólico. Es la etapa en la que los chicos imitan roles y recrean situaciones cotidianas, lo que estimula la creatividad, enriquece el lenguaje y les enseña a encontrar soluciones.
Pasados los seis años, aparece el juego con reglas. Aquí los niños empiezan a seguir consignas, aprenden a negociar y comprenden la importancia de respetar los turnos de manera conciente, herramientas fundamentales para desenvolverse en sociedad.
Aprendizajes que acompañan toda la vida
Lo que se cultiva desde lo lúdico en la infancia no desaparece con el paso del tiempo, sino que echa raíces y sigue presente en la adolescencia y en la vida adulta. La creatividad, la disposición para enfrentar desafíos y una mayor tolerancia frente a la frustración son algunas de esas conquistas que perduran.
En pocas palabras, jugar es salud. Favorece el desarrollo físico, contribuye a regular las emociones, fortalece las relaciones sociales y potencia las capacidades cognitivas. Por eso, cada rato compartido en torno al juego representa una inversión valiosa en el crecimiento integral de los más chicos.
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