un guión viejo

Netanyahu lleva 30 años diciendo que Irán está “a pocos días” de activar sus armas nucleares

Lleva treinta años anunciando el mismo apocalipsis. Esta es la profecía nuclear de Netanyahu que nunca llega y que ha perpetuado mientras se sostiene en el poder.

Foto: X / Benjamin Netanyahu
Foto: X / Benjamin Netanyahu

Hay frases que envejecen mal. Y hay frases que, con el tiempo, se convierten en algo peor que una equivocación: en un patrón. Las advertencias del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, sobre la capacidad nuclear iraní conforman hoy un archivo singular en la historia de la diplomacia moderna. No por su contundencia, sino por su repetición exacta a lo largo de tres décadas.

La primera alarma documentada data de 1995. Netanyahu, entonces líder del Likud y a meses de su primera victoria electoral, advertía que Irán se encontraba “a semanas” de obtener una bomba nuclear. El tono era de urgencia absoluta. La comunidad internacional, apenas salida de la Guerra Fría, prestó atención.

Una cuenta regresiva que nunca termina

Once años después, en 2006, la advertencia regresó con vocabulario casi idéntico. Esta vez Netanyahu hablaba de “días”, no de semanas. El umbral se había acortado. La retórica se había intensificado. Pero el desenlace que se anunciaba como inminente seguía sin concretarse.

El ciclo se repitió en 2012, cuando Netanyahu llevó su caso hasta el estrado de la Asamblea General de las Naciones Unidas, famosa imagen del diagrama de la bomba incluida. “Semanas”, dijo otra vez. Para 2015, de regreso a “días”. En 2018, nuevamente “semanas”. Y en 2025, el mismo primer ministro, con treinta años más de historia encima, volvió a la misma fórmula: Irán está “a días” de la bomba.

El patrón no requiere demasiado análisis estadístico para saltar a la vista. Lo que sí requiere análisis es lo que ese patrón dice sobre la naturaleza de la comunicación política en torno a los conflictos de seguridad.

El problema del lobo que grita demasiado

En teoría de la comunicación de crisis existe un fenómeno conocido como fatiga de alerta. Se produce cuando una amenaza se anuncia de manera reiterada sin que el evento predicho llegue a materializarse. El efecto no es la indiferencia total, sino algo más peligroso: una degradación gradual de la credibilidad del emisor, que convive paradójicamente con la imposibilidad de ignorarlo por completo, dado el peso geopolítico de quien habla.

Netanyahu no es un actor menor. Es el primer ministro de Israel, el único país de Medio Oriente que posee —aunque sin reconocerlo oficialmente— capacidad nuclear propia. Sus declaraciones sobre Irán tienen consecuencias directas en los precios del petróleo, en las decisiones de los gobiernos aliados y en los debates dentro del Congreso de Estados Unidos. Que sus advertencias resulten cronológicamente imposibles de sostener no las convierte en ruido: las convierte en un instrumento de presión política de largo aliento.

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Lo que dicen los hechos sobre el programa iraní

El expediente nuclear iraní es genuinamente complejo y no admite lecturas simples. Los informes sucesivos del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) han documentado avances reales en el enriquecimiento de uranio por parte de Teherán, especialmente a partir del colapso del acuerdo nuclear de 2015 —el llamado JCPOA— tras la retirada unilateral de Estados Unidos durante la administración Trump en 2018.

Sin embargo, “avance en el enriquecimiento” y “bomba a días de ser detonada” son afirmaciones que viven en planos distintos. La diferencia entre uranio enriquecido al 60% —nivel que Irán ha alcanzado— y material con grado militar para una ojiva operativa implica pasos técnicos, logísticos y políticos que los propios organismos de inteligencia occidentales han evaluado de manera mucho más matizada que el léxico de Netanyahu.

La función política de la inminencia

Entonces, ¿por qué sostener durante treinta años una narrativa de urgencia que los hechos desmienten sistemáticamente? La respuesta más honesta es que la inminencia cumple una función que la amenaza distante no puede cumplir: moviliza. Presupuestos de defensa, alianzas militares, sanciones económicas, apoyo doméstico, cobertura mediática —todo eso se activa con mayor eficacia ante un peligro que se presenta como cuestión de días y no de décadas.

Netanyahu ha construido buena parte de su carrera política sobre el eje de la seguridad nacional. El programa nuclear iraní es, dentro de esa narrativa, la amenaza existencial por excelencia. Que la amenaza deba seguir siendo inminente para mantener su utilidad política no es una anomalía del discurso de Netanyahu: es su mecánica central.

Una hemeroteca incómoda para Netanyahu

Lo que cambia en 2025, frente a los ciclos anteriores, es el acceso. La acumulación de declaraciones públicas, ahora compilables con una rapidez que no existía en 1995 ni en 2006, permite a cualquier persona con conexión a internet construir en minutos la línea de tiempo completa. La hemeroteca ya no duerme en microfilms de bibliotecas: está indexada, citada, compartida.

Eso no invalida automáticamente cada advertencia pasada ni garantiza que la actual sea también falsa. Irán podría haber acelerado su programa en los últimos meses de forma significativa; los servicios de inteligencia manejan información que no circula en las declaraciones públicas. Pero sí obliga a incorporar, como variable metodológica ineludible, el historial de quien emite la advertencia.

En periodismo hay una regla que no requiere ser escrita para ser válida: la fuente que anunció el mismo hecho urgente en seis ocasiones distintas sin que ocurriera merece, al menos, una pregunta antes del titular.

Netanyahu puede tener razón esta vez. También podría haberla tenido en 1995, en 2006 o en cualquiera de los años intermedios. Pero treinta años de cuentas regresivas sin detonación configuran un expediente que el análisis informado no puede ignorar, sin importar cuánto pese el nombre de quien firma la advertencia.

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