El cementerio tóxico que EE.UU. dejó en Groenlandia: toneladas de radiactivos enterrados
El legado tóxico de la Guerra Fría resurge en la nueva batalla por Groenlandia, mientras Trump presiona al mundo para invadir y colonizar (con violencia, si es necesario, dice él) el preciado territorio ártico.
Hoy que se habla de Groenlandia, recordar el cementerio tóxico que Estados Unidos dejó en Groenlandia, donde llegaron a tener alrededor de 50 bases militares nucleares en la época de la Guerra Fría.
Al abandonar las bases, los barriles con materiales tóxicos fueron enterrados… pic.twitter.com/BucfCHphMe
— Daniel Mayakovski (@DaniMayakovski) January 18, 2026
Bajo el silencioso avance del deshielo, una amenaza olvidada comienza a despertar. No son misiles ni submarinos, sino un legado tóxico que Estados Unidos creyó haber enterrado para siempre bajo el hielo perpetuo durante la Guerra Fría.
Hoy, mientras el presidente Trump insiste en que Estados Unidos «necesita» Groenlandia para la seguridad nacional frente a Rusia y China, la isla recuerda amargamente la última vez que fue «protegida»: con más de 30 bases abandonadas que ahora filtran combustibles, refrigerantes radiactivos y materiales tóxicos a un ecosistema en deshielo.
Este conflicto actual, que ha llevado a un despliegue militar sin precedentes de aliados europeos de la OTAN en Nuuk, la capital groenlandesa, tiene profundas raíces en una historia de abandono ambiental y arrogancia estratégica. La paradoja es cruda: la misma potencia que ahora justifica su interés por la protección de la isla, es responsable de una contaminación que el cambio climático está a punto de liberar.
Camp Century: La ciudad secreta bajo el hielo groenlandés
El símbolo más claro de este legado es Camp Century. Construida en 1959 y presentada al mundo como una estación de investigación científica, su verdadero propósito era mucho más siniestro: ser la piedra angular del Proyecto Iceworm, un plan ultra-secreto para construir una vasta red de túneles bajo el hielo capaces de albergar 600 misiles nucleares apuntando a la Unión Soviética.
La base, que albergaba un reactor nuclear y una pequeña ciudad subterránea, fue desmantelada en 1967. Con una confianza que hoy parece inconcebible, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de EE.UU. simplemente retiró el reactor y abandonó el resto en el lugar: infraestructura, aguas residuales, químicos y un estimado de 200,000 litros de combustible diésel, bajo el supuesto de que la acumulación perpetua de nieve lo enterraría y congelaría para siempre. Documentos desclasificados en los años 90 revelarían la verdadera naturaleza del proyecto, oculta incluso para el aliado danés en su momento.

El cambio climático deshace un error histórico de EE.UU.
La premisa del «hielo perpetuo» ha sido dinamitada por la crisis climática. El Ártico se calienta a un ritmo muy superior al del resto del planeta. Un estudio publicado en Geophysical Research Letters advirtió ya en 2016 que, de mantenerse la trayectoria actual, la zona de Camp Century podría pasar de acumular nieve a derretirse de forma neta hacia el año 2090.
Esto significa que los desechos, que hoy yacen enterrados a unas pocas decenas de metros de profundidad, podrían movilizarse y llegar al océano, contaminando ecosistemas marinos de los que dependen las comunidades locales de cazadores y pescadores.
La amenaza no es abstracta: en otras bases abandonadas, como la de la Segunda Guerra Mundial conocida como Bluie East Two, los groenlandeses conviven desde hace décadas con lo que llaman irónicamente «flores americanas«: miles de barriles oxidados de combustible y materiales con asbesto esparcidos por el paisaje.
Groenlandia, un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, ha perdido la paciencia. En una editorial contundente, el ministro de Asuntos Exteriores groenlandés, Vittus Qujaukitosq, exigió responsabilidades tanto a Estados Unidos como a Dinamarca. La pregunta central, y aún no resuelta, es: ¿quién debe asumir el monumental costo financiero de la limpieza?.
La nueva Guerra Fría y el doble discurso de Trump
Este telón de fondo de abandono ambiental hace aún más cínica la nueva pugna geopolítica. En enero de 2026, tras las declaraciones del presidente Trump sobre la necesidad de controlar Groenlandia, varias naciones europeas de la OTAN –Francia, Alemania, Suecia, Noruega y Reino Unido– desplegaron contingentes simbólicos en la isla en una operación de reconocimiento sin precedentes. El mensaje político era claro: demostrar a Washington que la seguridad del Ártico es también un asunto europeo.
La excusa estadounidense y británica es el temor a la actividad rusa y china en el Alto Norte. Sin embargo, análisis detallados, como uno del Instituto Noruego de Estudios de Defensa, citado por medios estadounidenses, restan importancia a la presencia militar china en aguas groenlandesas, calificando las afirmaciones más alarmistas de «sin sentido«. Mientras, Rusia ha expresado «seria preocupación» por la militarización de la región.
El primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, ha sido categórico: «Groenlandia no quiere pertenecer a Estados Unidos». Esta resistencia enmarca el conflicto actual no como una mera disputa entre potencias, sino como una lucha por la autodeterminación de un territorio que lleva décadas soportando las consecuencias de estrategias ajenas.
El contraste no puede ser más revelador: la retórica de la protección choca frontalmente con el rastro de «contaminación indiscriminada» dejado por 75 años de presencia militar estadounidense. La crisis del Ártico del siglo XXI no solo expone rutas comerciales y recursos codiciados, sino también los pecados ambientales del pasado.
El deshielo, irónicamente, está derritiendo las capas de hielo y las capas de olvido diplomático, obligando al mundo a enfrentar una verdad incómoda: la primera amenaza que debe ser contenida en Groenlandia no viene de Moscú o Pekín, sino de las profundidades de su propio hielo, y lleva sello norteamericano.
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