La Unión Europea aprueba el acuerdo comercial con Mercosur tras 25 años de negociaciones
A pesar de la rotunda negativa de Francia, la UE logró conseguir el voto positivo de Italia para, por fin, aprobar el acuerdo que lleva más de 25 años negociándose.

La puerta que llevaba un cuarto de siglo entreabierta, con chirridos de desconfianza y forcejeos intermitentes, se ha abierto finalmente de par en par. En una jornada que quedará marcada en los anales de la política comercial internacional, el Consejo de la Unión Europea ha dado su aprobación provisional al acuerdo de asociación con el Mercosur.
Son más de 25 años de idas, venidas, frustraciones y esperanzas que culminan en un sí que resuena desde Bruselas hasta Buenos Aires, Brasilia, Asunción y Montevideo. Este no es solo un tratado; es un terremoto geopolítico y económico que reconfigurará los lazos entre dos continentes.
La decisión, adoptada por mayoría cualificada de los embajadores de los Estados miembros, no llegó sin sudor y lágrimas. Países como Francia, Austria, Polonia, Irlanda y Hungría mantuvieron hasta el último momento su oposición frontal, articulada en torno a un argumento visceral: el miedo a la invasión de carnes baratas, azúcar y aves de corral sudamericanas, producidas bajo estándares que, a su juicio, no igualan los exigentes requisitos europeos en materia medioambiental, sanitaria y laboral.
El fantasma de la “competencia desleal” para el agro europeo, ya de por sí tensionado, planeó sobre la sala. Sin embargo, el bloque impulsor, encabezado por Alemania, España y Suecia, logró reunir los votos necesarios –al menos 15 países representando el 65% de la población– convencido de que los beneficios estratégicos superan con creces los riesgos.
Para estas naciones, el acuerdo es una jugada maestra en el tablero global: diversificar proveedores, reducir la peligrosa dependencia de China y Estados Unidos, y asegurar materias primas y mercados en una región con la que comparten, al menos sobre el papel, valores democráticos.
700 millones de potenciales consumidores
Los números del pacto son, cuando menos, descomunales. Se crea la mayor zona de libre comercio del mundo en términos de población, abarcando a más de 700 millones de ciudadanos. Representa cerca de una cuarta parte del Producto Interior Bruto global. La mecánica arancelaria es un ejercicio de cirugía fina: se eliminarán progresivamente los derechos sobre el 91% de las exportaciones europeas al Mercosur, un ahorro estimado en más de 4.000 millones de euros anuales para las empresas comunitarias.
A cambio, el Mercosur abrirá sus puertas al 91% de lo que llega desde Europa, aunque con plazos de gracia que se extienden hasta 15 años para sectores considerados sensibles, como la industria automotriz y la farmacéutica. Bruselas celebra especialmente la protección de 357 indicaciones geográficas europeas, desde el queso Manchego hasta el vino de Rioja, que quedarán a salvo de imitaciones.
Pero lo que realmente permitió desbloquear la negociación, estancada desde el anuncio político de 2019, fue la incorporación de anexos vinculantes sobre sostenibilidad. El texto final ata el acuerdo al cumplimiento del Acuerdo de París sobre cambio climático e incluye cláusulas concretas para combatir la deforestación, un punto crítico dado el foco permanente sobre la Amazonía.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo presentó como el “acuerdo comercial más verde” jamás firmado por la UE, un pilar para un “comercio justo”. Sin embargo, este barniz ecológico no convence a todos. Organizaciones como Greenpeace y la Confederación Europea de Sindicatos han arremetido contra el pacto, tachando las salvaguardas de “insuficientes” y “no exigibles”, y pronosticando una aceleración de la destrucción de ecosistemas para expandir la frontera agropecuaria sudamericana.
Entusiasmo de un lado, recelo del otro
Al otro lado del Atlántico, el ambiente es de celebración cautelosa. Para el Mercosur, este acuerdo es un balón de oxígeno económico y una validación política. Líderes de espectros ideológicos opuestos, como el libertario argentino Javier Milei y el progresista brasileño Lula da Silva, coinciden en las oportunidades.
Las estimaciones hablan de un incremento potencial de hasta 84.000 millones de euros en el comercio bilateral y un impulso al crecimiento económico sudamericano del 0,5% anual. Quizás, de forma más sutil, el pacto podría actuar como un cemento para un bloque mercosuriano fracturado por disputas internas en los últimos años, obligándolo a coordinar políticas y a hablar con una sola voz ante un socio mayor.
El camino, sin embargo, dista de estar terminado. La luz verde del Consejo es solo un hito en una maratón institucional. El siguiente paso será la firma oficial, para la cual von der Leyen ya anunció un viaje a Asunción, sede de la presidencia pro tempore del Mercosur. Posteriormente, el texto debe recibir el visto bueno del Parlamento Europeo, donde los verdes y la izquierda ya prometen una batalla feroz.
Y luego vendrá la etapa más compleja: la ratificación por parte de los parlamentos nacionales de los 31 estados firmantes (27 de la UE y 4 del Mercosur). Un solo “no” en cualquier cámara, como la Asamblea Nacional francesa o el Senado belga, podría hundir el trabajo de un cuarto de siglo. El fantasma del fracasado acuerdo con Canadá (CETA) ronda los pasillos de Bruselas.
Apuesta al multilateralismo en tiempos de individualismos
El simbolismo de esta aprobación, en un mundo fragmentado por guerras comerciales y tensiones geopolíticas, es poderoso. La UE y el Mercosur envían un mensaje de apuesta por el multilateralismo en un momento en el que otros levantan muros. Pero detrás del simbolismo hay realidades tangibles: granjeros franceses que temen por su sustento, industriales alemanes que frotan sus manos ante nuevos mercados, comunidades indígenas en Brasil que vigilan con preocupación la frontera agrícola, y consumidores europeos que quizás vean bajar el precio de su café o sus frutas.
La historia de este acuerdo, que comenzó con un apretón de manos en 1995, acaba de escribir su capítulo más importante. Pero el epílogo, el de la ratificación y la implementación real, está por escribirse, y promete ser tan arduo como todo lo que le ha precedido.
Compartí tu opinión con toda la comunidad