eterno, inmortal

El Negro se fue cantando: adiós a Rubén Rada, el pulso de Montevideo

El Negro Rada se despide de este mundo, pero su música lo convirtió en una de las voces inmortales de la música del mundo. Hasta siempre, Rubén, el tambor seguirá tocando por vos.

Foto: Instagram / Negro Rada
Foto: Instagram / Negro Rada

Hay muertes que son noticias, y hay muertes que son un terremoto silencioso que recorre un país entero, casa por casa, memoria por memoria. La de Rubén Rada es de las segundas.

El Negro falleció este miércoles a los 83 años, después de pelear un mes contra una neumonía que finalmente pudo más que ese cuerpo incansable que durante más de sesenta años no paró de tocar, de cantar, de improvisar, de reírse, de emocionarse en cámara y de emocionarnos a todos.

Y aunque la razón sabe que un hombre de 83 años tarde o temprano se despide, el corazón de este país se resiste a aceptar que el Negro Rada ya no está para contarlo él mismo, con esa voz rota y dulce que parecía hecha exactamente para narrar su propia leyenda.

La música no tiene fronteras ni nación

Porque la de Rada fue, ante todo, una vida convertida en leyenda desde el barrio. Nació el 16 de julio de 1943 en pleno Palermo, hijo de Carmen y Raúl, y de chico soñó con ser futbolista, un sueño que una tuberculosis contraída a los dos años le arrebató para siempre. La vida, que suele ser sabia en sus crueldades, le devolvió con la música todo lo que le había quitado en las canchas.

Se crió entre primos, en una pieza compartida, sin demasiado y con mucho: se ganó los primeros pesos cortando el pasto y cuidando coches, y aprendió a cantar de su tía Eudosia, una soprano a la que su marido nunca dejó subirse a un escenario, pero que sí pudo, al menos, cantarle a un niño que después le cantaría al mundo entero.

Ese niño de Palermo encontró muy pronto su verdadera escuela: la calle, el carnaval, el tambor. Integró desde chico la comparsa Morenada, pasó por Añoranzas Negras, se cruzó con murgas como La Nueva Milonga de Tito Pastrana, y ahí, entre cueros calientes y noches de ensayo, empezó a moldear un oído que después no reconocería fronteras entre géneros.

A fines de los años cincuenta se sumó a los Hot Blowers, la banda de dixieland donde compartió atril con Cacho de la Cruz, Federico García Vigil, Ringo Thielmann y los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso, esos mismos apellidos que volverían a cruzarse con el suyo durante toda la vida, como si el destino de la música uruguaya hubiera decidido tejerlos juntos para siempre.

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La carrera de Rada fue una sucesión de fundaciones

Fue de los que no llegan a un lugar ya construido, sino de los que construyen el lugar. Junto a Eduardo Mateo fundó El Kinto, uno de los proyectos más revolucionarios y subestimados en su momento de toda la música rioplatense, una usina de ideas que hoy se estudia como semilla de todo lo que vendría después.

Con Totem, entre 1970 y 1973, dejó una marca desproporcionada para lo breve de su existencia: dos discos y canciones como «Dedos», «Biafra», «Heloísa» y «Negro» que todavía hoy se cantan como si el tiempo no hubiera pasado. Y con Opa, junto a Hugo y Osvaldo Fattoruso y Ringo Thielmann, cruzó el océano para grabar en Estados Unidos el álbum «Magic Time», donde nació «Montevideo», esa canción que lleva el nombre de la ciudad como un pasaporte y que sonó, gracias a él, en escenarios que jamás habían escuchado un tamboril.

Y fue justamente ahí, en ese cruce permanente entre el candombe de sus comparsas y el jazz, el funk, el soul y el rock que absorbía de cualquier lado, donde Rada inventó lo que con el tiempo se conocería como el Candombe Beat: un idioma propio, mestizo, orgulloso de sus tambores afrouruguayos y al mismo tiempo hambriento de mundo.

 

Una pluma y una garganta incansables

Compuso casi 500 canciones, otras 100 junto a Mateo, editó más de 60 discos, ganó discos de oro y platino y hasta un Grammy, una cifra que impresiona pero que jamás explica del todo por qué su música importa tanto. Importa porque Rada nunca tocó el candombe como si fuera folclore de museo: lo tocó como una fuerza viva, capaz de dialogar con Brasil, con el jazz de Nueva York, con el pop, con lo que fuera, sin perder jamás el pulso de la murga y de la comparsa que lo vio nacer.

Pero reducir a Rada a su discografía sería quedarse con una fracción pequeñísima del personaje. Fue actor de cine y televisión, humorista, conductor, presencia obligada del verano uruguayo y de cada carnaval, un tipo capaz de improvisar un verso perfecto en cualquier programa que lo invitara y de reírse de sí mismo con una honestidad que lo volvió, más que un ídolo lejano, un pariente querido de cada casa uruguaya.

Fue padre de tres hijos que hoy también son artistas, siguiendo, cada uno a su manera, ese legado de tambor y de escenario. Y hasta sus últimos días se mantuvo activo: hace apenas unas semanas había lanzado «¿Quién va a cantar?», un nuevo ciclo de encuentros musicales, y tenía programado para octubre volver a subirse a un escenario junto a sus compañeros de Totem. El Negro no conocía el retiro. Su forma de estar vivo era, literalmente, seguir tocando.

Tocarás eternamente, che, Negro Rada

Hoy Uruguay despide a una de las figuras que más hondamente definieron su identidad cultural, un hombre que le dio al candombe un lugar en el mundo sin pedirle nunca que renunciara a sus raíces, y que le devolvió al mundo, a cambio, una alegría contagiosa que atravesó generaciones enteras sin perder ni un gramo de vigencia.

Se va el hombre, pero queda intacta la obra: cada tamboril que suene en la cuna del candombe, cada murga que se anime a mezclar géneros, cada vez que alguien tararee «Montevideo» lejos de Montevideo, ahí va a seguir estando el Negro Rada, insistiendo, como toda su vida, en que el candombe también puede ser jazz, también puede ser rock, también puede ser lo que uno se anime a soñar.

Gracias, Negro. El tambor va a seguir sonando por vos.

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