Forest City: la ciudad fantasma de US$100.000 millones que terminó en manos de redes criminales
Lo que iba a ser una joya inmobiliaria es hoy, en buena medida, un cascarón vacío... o no tan vacío.

Forest City: la ciudad soñada que terminó siendo el paraíso de los estafadores
Vista desde lejos, Forest City tiene algo de irreal. Emplazada sobre la costa malaya, esta urbanización asemeja un modelo salido de una impresora 3D: bloques blancos, todos iguales, apilados frente a un litoral que, sin ese decorado, no tendría mayor atractivo.
Lo que iba a ser una joya inmobiliaria es hoy, en buena medida, un cascarón vacío, que quedó a la deriva y a merced de mercenarios cibernéticos.
Un megaproyecto de US$100.000 millones que prometía un «paraíso»
Cuando los desarrolladores chinos lo lanzaron en 2016, el emprendimiento —valuado en US$100.000 millones— fue vendido como «un paraíso de ensueño para toda la humanidad». La idea era montar una zona financiera especial con lugar para unos 700.000 habitantes, una especie de metrópolis a las puertas de Singapur.
Diez años más tarde, el contraste no puede ser más brutal. Se calcula que esta isla artificial de 14 kilómetros cuadrados alberga hoy a menos del 1% de aquella población proyectada. Los rascacielos, alineados y vacíos, dominan calles donde apenas se percibe movimiento. Adentro de los departamentos deshabitados, el polvo se acumula sobre mesadas y ventanas.
Jason Deng, un inversor de 56 años, fue de los primeros en apostar por el proyecto. Compró cinco propiedades y desembolsó, según sus palabras, «mucho dinero». «En 2016 la describieron aquí como la ciudad dorada; muy, muy hermosa», recuerda. Hoy su balance es amargo: «Si hubiera sabido que no iba a resultar tan bien, no habría comprado tantos departamentos. Pensaba que sería mucho, mucho mejor».
El desenlace fue paradójico. Forest City sí resultó ideal para cierto tipo de gente, aunque no precisamente la que los promotores tenían en mente.
¿Cómo funcionan los centros de ciberestafas?
Estas redes no son delincuentes informáticos comunes; operan estructuras idénticas a las de multinacionales tecnológicas legítimas. La fórmula sería así: [Captación/Trata] ➔ [Maquillaje Digital] ➔ [Engaño (IA/Spoofing)] ➔ [Lavado (Crypto)]
1. Captación de personal (Mano de obra esclava): Aunque en Forest City muchos eran empleados pagados, en el resto de la región (Camboya o Myanmar) las mafias engañan a profesionales bilingües o técnicos informáticos con falsas ofertas de empleo administrativo. Al llegar al país, les retiran el pasaporte y los encierran en complejos blindados bajo amenazas de tortura.
2. Maquillaje digital e Ingeniería social: Los sindicatos diseñan páginas web profesionales, tableros de inversión interactivos falsos y perfiles altamente atractivos en redes sociales como Telegram, WhatsApp y TikTok. Cuentan con manuales psicológicos detallados para ganarse la confianza de las víctimas.
3. Modalidades del engaño masivo:
a) Love Scams (Estafas amorosas): Los operadores enamoran a la víctima durante semanas a la distancia. Una vez consolidado el vínculo, la convencen sutilmente de invertir en una «plataforma financiera secreta» muy rentable.
b) Matanza de cerdos (Pig butchering): Es una combinación de romance y fraude financiero. Permiten que la víctima retire pequeñas ganancias iniciales para que gane confianza y deposite los ahorros de su vida, momento en el cual congelan la cuenta exigiendo «impuestos de retiro» inexistentes.
c) Suplantación con Inteligencia Artificial (Deepfakes): Mediante programas de clonación de voz y video en tiempo real, los criminales llaman a las víctimas haciéndose pasar por agentes de la policía o representantes bancarios, simulando llamadas oficiales del gobierno (spoofing) para exigir transferencias de dinero urgentes.
4. Lavado de dinero automatizado
El dinero defraudado se convierte inmediatamente a criptomonedas (principalmente la moneda estable USDT). Esto fragmenta el rastro financiero y permite transferir el dinero de vuelta a las cabezas de las mafias asiáticas en cuestión de minutos, dificultando el rastreo por parte de agencias como Interpol.
El volumen de este negocio delictivo regional supera los 43,800 millones de dólares anuales, equiparándose a los ingresos del narcotráfico internacional.
Un operativo policial destapó la trama
A mediados de julio, la policía malaya irrumpió en dos presuntas estructuras de estafa que se repartían entre 32 locales de Forest City. El saldo del operativo fue contundente: 335 detenidos y la incautación de bienes por cerca de un millón de ringgit (US$245.000). Entre lo secuestrado había 313 computadoras, 1.557 teléfonos celulares, 17 notebooks y 10 módems.
De acuerdo con las autoridades, desde estos dos centros de llamadas —uno instalado en 27 apartamentos que abarcaban cinco pisos de una torre residencial, y el otro distribuido en cinco bungalows— operaban redes criminales vinculadas a las criptomonedas. Su modus operandi combinaba estafas de inversión con las llamadas estafas amorosas, siempre apuntando a víctimas en el exterior.
Entre los arrestados figuran 309 ciudadanos chinos, 19 indonesios, tres malayos y cuatro birmanos. Ab Rahaman Arsad, jefe policial de Johor, señaló que trabajan junto a Interpol para dar con el cerebro detrás de la operación. La BBC intentó recabar la versión de la policía de Forest City y de Johor, pero no obtuvo respuesta.
Salarios criminales: Los estafadores de bajo nivel operaban como empleados normales, cobrando sueldos mensuales de entre 2,500 y 4,000 ringgits (aproximadamente entre $570 y $900 USD).
La punta del iceberg de una industria global
Tanto especialistas como vecinos advirtieron que lo descubierto sería apenas una muestra de un fenómeno mucho más grande: una industria mundial de la especulación y el fraude que crece, se transforma y se profesionaliza a gran velocidad, la de la especulación.
«La realidad es que muchas de estas organizaciones se parecen ahora más a corporaciones multinacionales que a una red o banda delictiva tradicional», explica John Wojcik, analista de TRM Labs, firma dedicada a investigar delitos vinculados a las criptomonedas. Y detalla: «Cuentan con equipos de reclutamiento especializados, departamentos de informática, especialistas en blanqueo de dinero e infraestructura propia».
Autoridades y expertos coinciden en un punto: las operaciones de Forest City habrían estado a cargo de delincuentes previamente expulsados de Camboya, epicentro mundial de las estafas transnacionales. En el último lustro, ese rubro criminal se transformó en una industria multimillonaria sostenida sobre el trabajo forzado de personas víctimas de trata, sometidas bajo amenazas de tortura y malos tratos.
Desde fines del año pasado, el gobierno camboyano redobló las acciones para desmantelar estas estructuras. Estimaciones recientes de las autoridades indican que unas 300.000 personas dejaron el país en pocos meses, a medida que se multiplicaban las redadas en los complejos industriales.
Sin embargo, las ramificaciones malayas no responden al esquema clásico. A diferencia de los recintos amurallados que tristemente hicieron célebres a Sihanoukville o a las zonas fronterizas de Myanmar, los supuestos centros de estafas de Forest City lucen casi de perfil clase media, atendidos —según se informó— por residentes locales que conviven, tabique de por medio, junto a vecinos que nada sospechan.
Estafas «con privacidad»
Kevin, un inquilino que además se dedica a vender propiedades en Forest City, está convencido de que los estafadores continúan trabajando en los condominios y apartamentos dotados de los servicios básicos del complejo. Pidió resguardar su verdadera identidad por miedo a represalias.
«Sabemos lo que están haciendo», afirma. «En realidad, este es un problema muy común en la ciudad de Johor y en Kuala Lumpur, pero especialmente en Forest City. Forest City es muy especial».
Parte de esa «especialidad», coinciden Kevin, Wojcik y otras voces, radica justamente en lo que le dio mala fama: su condición de «ciudad fantasma» a medio abandonar. «Cuando hablamos con clientes, la empresa nos enseña a decir ‘ya tenemos 23.000 residentes viviendo en esta zona'», cuenta Kevin, aunque enseguida baja la voz para reconocer que la cifra real ronda los «menos de 5.000″.
Para él, esa es exactamente la razón por la que los estafadores eligieron instalarse allí. «Tienen su privacidad… Aquí no viene nadie».
Cómo se llegó a esta decadencia
Varios factores confluyeron en lo que muchos leen como la caída de Forest City. El proyecto fue impulsado por Country Garden —una de las mayores desarrolladoras inmobiliarias de China— y por Danga 88, empresa privada bajo control del sultán malayo Ibrahim Iskandar. La idea original era levantar una metrópolis ecológica pensada para clientes chinos de alto poder adquisitivo, con hotel de lujo, campo de golf y parque acuático incluidos.
Se anticipaba una demanda robusta por las oficinas y los apartamentos frente al mar de esta urbe con aire de resort. Pero el impacto conjunto de la pandemia de covid, el creciente derrumbe del mercado inmobiliario chino y las restricciones al endeudamiento de los ciudadanos de ese país terminaron por sepultar aquellas ambiciones desmedidas y dejaron el emprendimiento prácticamente congelado.
Las luces siguen prendidas, pero casi no hay nadie en casa. Y ese vacío fue, precisamente, lo que transformó al complejo en un imán para los defraudadores.
«Forest City refleja las condiciones que el crimen organizado ha estado explotando durante años: una ubicación emblemática comercializada como una ciudad inteligente, prestigiosa, de lujo y con una planificación maestra, que nunca estuvo ni cerca de cumplir esa visión», sostiene Wojcik. Y agrega: «Proyectos como este ofrecen precisamente lo que buscan estos sindicatos mafiosos: infraestructura moderna, gran cantidad de propiedades vacías y conectividad internacional, todo ello envuelto en una apariencia de actividad económica legítima para garantizar que la naturaleza criminal de lo que ocurre en su interior pase desapercibida».
Un espejo de Shwe Kokko
La fachada rutilante de Forest City remite a otra metrópolis mucho más conocida, ubicada 1.800 kilómetros al norte: Shwe Kokko, la llamada ciudad turística en la frontera de Myanmar con Tailandia y uno de los mayores focos de estafa del planeta. Levantada por el conglomerado privado chino Yatai, se promociona como un destino de vacaciones seguro para los turistas chinos y un refugio para millonarios. Pero detrás de sus avenidas arboladas y sus villas de lujo se esconde un entramado de fraude, lavado de dinero y trata de personas.
Pese a todos los tropiezos, y aun cuando apenas se completó entre el 15% y el 20% del plan original, Forest City continúa vendiéndose como polo de inversión inmobiliaria, innovación tecnológica y emprendimientos comerciales libres de impuestos. Ese envoltorio corporativo funciona como caballo de Troya para los estafadores que buscan asentarse sin llamar la atención, y les facilita operar con mayor eficacia.
Wojcik lo resume así: «Cuando las redes de estafadores logran infiltrarse tras negocios aparentemente legítimos en desarrollos comerciales ordinarios, no solo se vuelven más difíciles de detectar y desarticular, sino que también se vuelven capaces de ejercer una gran cantidad de poder e influencia a través de las enormes ganancias que generan».
Una industria que se profesionaliza
Ese poder y esa influencia les permiten, además, dar otro salto de sofisticación. Si bien la trata de personas sigue siendo la principal fuente de mano de obra del negocio, hoy asoma una tendencia clara: los operadores de estas redes buscan reclutar y retener a estafadores con experiencia, tentándolos con sueldos más altos y mejores condiciones laborales.
En paralelo, en los mismos grupos de Telegram donde circulan las falsas ofertas de empleo, los propios estafadores empezaron a publicar currículos detallados que enumeran su trayectoria en actividades ilícitas y remarcan sus ganas de trabajar. «Es una señal de que la industria está madurando y convirtiéndose en una empresa criminal más profesionalizada», advierte Wojcik, «mientras que el abuso y la explotación siguen estando muy extendidas».
Los allanamientos en Forest City exponen a una industria transnacional del fraude que muta en tamaño y en forma. Pero no es la primera vez que Malasia detecta operaciones semejantes. Durante todo 2022, antes de que el tema captara la atención global, las autoridades desarticularon distintos centros de estafa que funcionaban en bungalows y condominios del estado sureño de Johor, del norteño Penang y de la capital, Kuala Lumpur.
Aunque esas y otras redadas de peso dejaron un mensaje de tolerancia cero hacia el crimen organizado, Wojcik remarca que Malasia sigue albergando redes criminales de importancia y que «cualquier señal de un resurgimiento a gran escala merece una atención especial».
Un «secreto a voces» entre los vecinos
En Forest City, esas señales quizás ya estén a la vista. Kevin sostiene que desde hace rato es un «secreto a voces» que allí se cometen estafas y que «lo único sorprendente es que la policía haya sido eficaz». Está convencido de que hay más operaciones activas, aunque no lo desvela la posibilidad de que sus propios vecinos estén desplumando a gente por cientos de miles de dólares. «A mí me da igual», asegura. «No es asunto mío… Trabajo aquí solo por el sueldo».
Otros residentes piensan parecido. Phillip —cuyo nombre también fue modificado— llegó a Forest City desde Singapur el año pasado, seducido por un mercado inmobiliario relativamente barato y por la promesa de estirar mejor su dinero. Trabaja en tecnología y dice prestarle especial atención a la ciberseguridad.
«Sí, podrían estar en la puerta de mi casa, mis vecinos podrían ser alguno de los que dirigen una de estas redes delictivas. Al fin y al cabo, da igual adónde vayas, esto va a pasar», reflexiona. Enterarse de los informes sobre centros de estafa en su propio complejo no lo tomó por sorpresa. Lo que sí lo sorprende, admite, es que cada vez más personas estén eligiendo mudarse a Forest City.
Cuenta que uno de los motivos por los que optó por su urbanización fue la paz y la tranquilidad, pero celebra ver cómo el lugar deja de ser un «pueblo fantasma» para convertirse en un sitio donde la gente parece querer estar. «Mucha gente ha perdido dinero con estos proyectos», reconoce. «Pero en los últimos tres meses, se ven las luces encendidas en los condominios. Hemos pasado de uno de cada 20 (departamentos ocupados) a quizás uno de cada cinco».
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