Implosión de La Derecha Diario: lo que el caso Cerimedo deja ver del proyecto de la ultraderecha en Latinoamérica

El 18 de agosto de 2026, Fernando Cerimedo —consultor argentino, cofundador de La Derecha Diario y asesor de campañas de Javier Milei, Rodrigo Paz, el clan Bolsonaro y otros dirigentes de la región— fue detenido en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, acusado de haber enviado sicarios contra su expareja, la abogada Nadia Beller, quien sobrevivió al ataque.
Beller denunció públicamente que el intento de femicidio estaba vinculado a pruebas que ella conservaba sobre una presunta trama de negocios entre el consultor y estructuras estatales bolivianas y argentinas.
En los días siguientes, el otro socio del medio, el periodista español Javier Negre, anunció la compra de la participación de Cerimedo (casualmente, minutos antes de ser arrestado) y su «desvinculación total» del proyecto, en un intento explícito de frenar la fuga de anunciantes y la caída sostenida en el alcance de las publicaciones del sitio en redes sociales.
La caída, según reportaron varios periodistas especializados en el ecosistema digital argentino, dejó a la vista que buena parte de esa viralidad dependía de amplificación artificial, por medio de decenas de miles de cuentas creadas por granjas de trolls.
Las redes de derecha han toqueteado elecciones
Las autoridades bolivianas, además, incautaron lo que se describió como una infraestructura de cuentas automatizadas vinculada al entorno de Cerimedo. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, aprovechó el caso para señalar en su conferencia matutina el uso de bots e inteligencia artificial por parte de La Derecha Diario para incidir en procesos electorales de la región.
Ninguno de estos hechos, vale aclararlo, ha sido resuelto judicialmente más allá de la causa penal boliviana por el ataque a Beller. Pero el episodio funcionó como una grieta por la que empezó a filtrarse un tema más amplio: cómo opera, en los hechos, la maquinaria de consultores, medios y operadores digitales que ha acompañado el ascenso de gobiernos de derecha y ultraderecha en la región.
La hipótesis que circula desde hace tiempo entre periodistas de investigación de varios países de la región —y que el caso Cerimedo puso otra vez sobre la mesa— no describe una conspiración jerárquica con un jefe único, sino algo más parecido a un ecosistema: consultores políticos, medios digitales, think tanks y donantes que se conocen, se citan, se financian de forma cruzada y comparten infraestructura técnica y narrativa de un país a otro.
En ese ecosistema aparecen, con distinto grado de involucramiento documentado, nombres como Steve Bannon —el exestratega de Donald Trump—, el entorno de Eduardo Bolsonaro (hijo del expresidente brasileño), la red internacional Atlas Network y consultores con base en Miami y Washington que han asesorado campañas en Argentina, Bolivia, Honduras, Ecuador y otros países.
Publicaciones brasileñas como ICL Notícias y medios especializados en la región han documentado, por ejemplo, la relación operativa entre Cerimedo, Bannon y Eduardo Bolsonaro durante la campaña de reelección de Jair Bolsonaro en 2022.
Es importante distinguir dos niveles de evidencia aquí. Que existan vínculos personales, societarios y de negocios entre operadores de distintos países —eso está reportado y, en parte, es de público conocimiento por las propias declaraciones de sus protagonistas—.
Y que exista un «plan» único, coordinado y con financiamiento ilícito comprobado —narcotráfico, lavado de dinero, agencias de inteligencia estadounidenses— es, hasta ahora, una acumulación de denuncias, sospechas y líneas de investigación abiertas, no un hecho establecido en sede judicial. Tratar ambos niveles como si fueran lo mismo es, precisamente, el tipo de simplificación que conviene evitar en un texto que aspira a ser serio.
El método: no convencer, saturar con fake news y difamaciones
Lo que sí está bien documentado es el método que ese ecosistema comparte, y que Steve Bannon describió con crudeza en una entrevista de 2018 con el escritor Michael Lewis: la verdadera oposición no son los partidos rivales sino el periodismo profesional, y la forma de neutralizarlo es «inundar el espacio con basura» hasta que se vuelva imposible distinguir lo verdadero de lo falso.
Esa frase, repetida durante años por analistas de medios en Estados Unidos, describe con precisión el modelo operativo que también se observó en el caso boliviano: no se trata de imponer una versión única de los hechos, sino de multiplicar versiones contradictorias hasta agotar la capacidad del público —y de la prensa— de verificar algo.
Ahora bien, el mapa electoral marca cuatro países en particular, pero no se ve ninguna receta única, sino que se opera distinto en cada caso, ajustado a las realidades locales.
En los últimos catorce meses, la derecha y la ultraderecha ganaron elecciones presidenciales en cuatro países sudamericanos: Ecuador (Daniel Noboa), Bolivia (Rodrigo Paz), Chile (José Antonio Kast, en diciembre de 2025, con el 58% de los votos frente a Jeannette Jara) y Colombia (Abelardo de la Espriella, en junio de 2026, en una elección definida por menos de un punto porcentual frente a Iván Cepeda, y que llevó a Petro a cuestionar sin pruebas verificadas el resultado, llegando a hablar de un hackeo israelí vinculado a la empresa Black Cube).
Vale la aclaración: Noboa, Paz, Kast y De la Espriella no representan una misma ideología ni llegaron por el mismo camino; agruparlos bajo una etiqueta única de «ultraderecha» simplifica diferencias reales entre un liberalismo económico moderado y un conservadurismo social duro. Lo que sí comparten, en distinta medida, es el uso de consultores, estrategias digitales y redes de financiamiento que circulan entre campañas de varios países.
Frente a esa serie, Brasil, México y Uruguay siguen gobernados por proyectos de centroizquierda: Lula da Silva buscará la reelección en octubre de 2026 —con Jair Bolsonaro preso e inhabilitado, aunque su familia conserva peso político— y Claudia Sheinbaum gobierna México con una mayoría sólida de Morena.
Uruguay, como un caso aparte, aunque tiene menos peso político (atrás quedaron los años de la influencia de figuras como José Mujica o Tabaré Vázquez) igualmente forma parte del contraste que explica por qué buena parte del debate sobre la región se concentra hoy en esos países.
Está por verse qué pasará con el péndulo en América Latina ahora que La Derecha Diario y todo el clúster de trolls, así como las redes y organismos en la sombra, diseñados para travesear elecciones, han perdido un poco de su poder por la caída de Fernando Cerimedo, el estafador condenado en Argentina, devenido en uno de los más poderosos estrategas de la región.
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