La granja de tomates que crece con sol y agua de mar en pleno desierto, sin tierra
Mientras los incendios forestales devastan vastas zonas de Australia, también asoman señales de esperanza de que el país pueda encontrar caminos para adaptarse al cambio climático.

Mientras los incendios forestales devastan vastas zonas de Australia, también asoman señales de esperanza de que el país pueda encontrar caminos para adaptarse al cambio climático.Los invernaderos de alta tecnología de Sundrop
Sundrop Farms es uno de esos ejemplos. En una región aparentemente estéril, se convirtió en uno de los mayores productores de tomate de Australia y podría marcar un antes y un después en materia de seguridad alimentaria.
Espejos, una torre solar y ni un gramo de tierra
A pocos kilómetros de Port Augusta, en el estado de Australia Meridional, funciona una instalación pionera que necesita apenas dos ingredientes para cultivar tomates: luz solar y agua de mar. En muy pocos años, este emprendimiento se transformó en uno de los grandes referentes del movimiento conocido como «agricultura vertical».
Inaugurada en 2016, la planta de Sundrop Farms produce 17.000 toneladas de tomate por año, lo que equivale al 15% de toda la cosecha australiana, en un terreno que a simple vista parece árido.
El agua dulce para el riego proviene de una desalinizadora ubicada en el propio predio, alimentada por la luz del sol que captan 23.000 espejos orientados hacia una torre solar de 123 metros de altura.
Lo llamativo es que no se utiliza tierra en ningún momento. Las 180.000 plantas de tomate crecen mediante hidroponía, apiladas en estructuras verticales, gracias al millón de litros de agua que el sistema de desalinización procesa a diario. El complejo, además, da trabajo a unas 300 personas.
La gran pregunta: ¿es realmente viable?
Los invernaderos de alta tecnología de Sundrop, que la empresa también instaló en Tennessee (Estados Unidos) y en Odemira (Portugal), son vistos como un caso de estudio destacado a la hora de producir alimentos en entornos con recursos escasos.
En medio del creciente interés por el sector, la compañía fue vendida recientemente a la firma de inversión en infraestructura Morrison and Co, por una cifra que no se dio a conocer.
Sin embargo, todavía persisten dudas sobre la sostenibilidad económica del modelo. Si bien una vez en marcha consume pocos recursos, poner en pie el predio de 20 hectáreas costó 200 millones de dólares, una suma muy superior a la de una instalación hidropónica convencional. El desarrollo contó, además, con seis millones de dólares en subsidios aportados por el gobierno de Australia Meridional.
A esto se suma otro dato que enciende las alarmas: existe un acuerdo a diez años con su principal comija precios mayoristas bastante por encima de lo que suele pagarse por el tomate en el mercado. Por eso no queda claro si el emprendimiento podría sostenerse comercialmente por sí solo y a gran escala.
Del desierto australiano al Sáhara
Pese a esas dudas, hay grandes expectativas en torno a la idea básica que sostiene a Sundrop Farms: producir alimentos combinando luz solar y agua de mar.
El Sahara Forest Project, que ya lleva una década de vida y fue puesto a prueba primero en Qatar y ahora en Jordania, propone «revegetar» extensiones aún más amplias de desierto para dedicarlas a la agricultura. La iniciativa cuenta con el respaldo de Noruega, la Unión Europea y Estados Unidos.
El entusiasmo alrededor de la agricultura vertical, que consiste en cultivar en capas superpuestas mediante hidroponía, acuaponía o aeroponía, gana terreno a raíz de la creciente inseguridad alimentaria a nivel mundial.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) calcula que, para 2050, la producción de comida deberá aumentar un 70% respecto de los niveles de 2007 para poder alimentar a una población mundial que se proyecta en 9.700 millones de habitantes.
Con tierras agrícolas cada vez más difíciles de conseguir, urge dar con métodos de cultivo más eficientes. Las instalaciones de Sundrop siguen siendo las únicas de su tipo en uso comercial en todo el planeta, pero ya empiezan a aparecer alternativas que compiten por ese milagro agrícola en terrenos inhóspitos, aunque cabría siempre preguntarse en cada caso: ¿A qué costo?.
Emiratos, dátiles y agricultura de precisión
Emiratos Árabes Unidos se perfila como uno de los líderes en este campo. Su Centro Internacional de Agricultura Biosalina (ICBA), con sede en Dubái, se especializa en métodos innovadores para cultivar en condiciones de escaso acceso a agua dulce y suelos de baja fertilidad. Allí emplean agua de mar para regar cultivos tolerantes a la sal, como la quinoa y la mostaza, y desalinizan agua subterránea para el resto de las plantaciones.
El centro también capacita a los productores emiratíes en lo que se conoce como «agricultura de precisión»: darle a cada planta el nivel óptimo de hidratación que necesita, ni una gota de más. «Las palmeras datileras requieren unos 50 litros de agua al día en invierno y cerca de 150 litros en verano.
Sin embargo, si hablás con cualquier agricultor, te dice que aportan más de 300 litros diarios por árbol», explicó recientemente a Euronews la directora del ICBA, Ismahane Elouafi. Y agregó: «Con la agricultura de precisión, le das al agricultor la información de que no necesita usar más de 50 litros, y los sensores también pueden detener el riego en un momento determinado».
Por su parte, Emirates Hydroponics Farm, ubicada entre Dubái y Abu Dabi, cultiva frutas y verduras sobre lana de roca, un material absorbente elaborado a partir de roca basáltica. Ese es uno de los factores que permiten a su sistema ahorrar cerca de un 90% del agua en comparación con los métodos tradicionales.
Esta granja, junto con otros pioneros como Badia Farms, aspira a empujar a Emiratos hacia la autosuficiencia alimentaria, en un país que hoy importa el 80% de los alimentos que consume.
Con la agricultura vertical ganando espacio también en las ciudades, donde el terreno disponible para producir es de por sí limitado, un informe reciente estima que el sector podría valer más de 22.000 millones de dólares para 2026.
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