El cantor que no se calla

A 52 años del asesinato de Víctor Jara

"Sopla como el viento la flor de la quebrada, limpia como el fuego el cañón de mi fusil. Levántate y mírate las manos, para crecer, estréchala a tu hermano. Juntos iremos unidos en la sangre, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amen." (Plegaria a un labrador)

Victor Jara, artista uruguayo.
Victor Jara, artista chileno.

Se cumplieron 52 años del asesinato de Víctor Jara ocurrido entre el 12 y el 16 de setiembre de 1973, cuyo cadáver fue encontrado con señas de haber sido sometido a terribles torturas.

Músico, poeta, cantor, director teatral, hijo de una campesina cantora, una vez escribió un manifiesto que, como náufrago, escondió dentro de una botella para que otros náufragos lo recogieran en el mar de la memoria.

Te recuerdo Víctor… la calle mojada. Un impreciso día, entre el 12 y el 16 de setiembre de 1973, el espanto de la muerte se apoderó de su cuerpo.

En 1973 en Santiago de Chile el gigantesco Estadio Nacional de fútbol convertido en campo de concentración, en presidio. En él, miles de personas que amaban la vida y enfrentaban el desamor, eran mantenidas encerradas y acordonadas por fusiles con bayonetas caladas y metralletas en manos de los militares golpistas. Entre los prisioneros estaba Víctor quien en un atardecer comenzó a cantar el himno de la Unidad Popular, de Salvador Allende. Un carcelero lo reconoció, le gritó que se callara, Jara siguió cantando y a su voz se unieron otras miles de voces.

Lo fueron a buscar, lo bajaron de la tribuna a golpes de culata. Ya no volvió. A golpes le trituraron sus manos para que ya nunca más pudiera empuñar su guitarra, luego llenaron de plomo todo su cuerpo.

Nacido en La Quiriquina, Chillán Viejo, en el mismo centro de Chile, Jara se inició en la música con el grupo Cancumén, dirigido por Ricardo Alarcón. Más tarde, una vez egresado de la Escuela Teatral de la Universidad de Chile, puso en escena una decena de obras dramáticas: “El círculo de tiza caucasiano” de Bertolt Bretch, “Remolienda”, de Alejandro Sieverking y “Viet rock” de Megan Terry, se destacaron por el aporte creativo de su dirección.

Cantó en la célebre Peña de los Parra y se integró al conjunto Quilapayún con quienes grabó un fonograma.

En 1967 inició su trabajo como solista y llegó a grabar seis discos entre los que se destacan “Testamento”, “La población”, “Canto por travesura” y “El derecho de vivir en paz”. Más tarde se plegó al incipiente movimiento de rock existencialista y grabó con el conjunto Blops.

Sus canciones Te recuerdo Amanda, Plegaria a un labrador, Cuando voy al trabajo. Vientos del pueblo, Puerto Mont, Luchin, Ni chicha ni limoná, Las casitas, Paloma quiero contarte y El gigante de ojos azules, entre otras, fueron grabadas por César Isella, Mercedes Sosa, Isabel Parra, León Gieco, Juan Carlos Baglietto, Víctor Heredia, Víctor Manuel, Ana Belén, Joan Manuel Serrat, Pete Seeger, Peter Gabriel, Sting, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Quilapayún e Inti Illimani, entre otros artistas mayores de la canción popular, aunque lo más importante, es que son cantadas por las voces anónimas de los pueblos.

Ejemplo de coherencia ética y ajustado con la época que le tocó vivir, Jara no tuvo la oportunidad de conocer el exilio, no pudo grabar en sistema digital, ni conoció discos de lectura laser, ni pendrive, ni plataformas digitales.

Hoy con su apuesta de vida, provocaría el pánico a los artistas-cosmético, a aquellos que practican gimnasia no como una forma de mantener una buena salud sino para no perder su forma. Su modo de entender el canto como un arma cargada de futuro, -parafraseando a Gabriel Celaya- desconcierta a quienes sin distinción de sexo desnudan su cuerpo para subir a un escenario y llamar la atención en lugar de desnudar su alma. Es que Jara es uno de los ejemplos más claros de que “el cantar tiene sentido, entendimiento y razón” como lo expresó su compatriota Violeta Parra.

“Los que comercian con el espíritu, los que claudican segundo a segundo con su canto, los tragamonedas, ya sean boleristas, baladistas, rocanroleros, tropicaleros o yeye, no comprenderán nunca que el canto es como el agua que limpia las piedras. No hacemos negocio con la canción popular. Si lo hiciéramos tendríamos auto último modelo, casa con piscina, cantaríamos en los festivales comerciales, seríamos premiados por la industria. No hacemos negocio con la canción. Denunciamos pues todas las lacras que hacen al ser humano indigno”

Victor Jara
Victor Jara

A cincuenta y dos años de su asesinato, sus palabras resuenan con diáfana claridad: “Los que comercian con el espíritu, los que claudican segundo a segundo con su canto, los tragamonedas, ya sean boleristas, baladistas, rocanroleros, tropicaleros o yeye, no comprenderán nunca que el canto es como el agua que limpia las piedras. No hacemos negocio con la canción popular. Si lo hiciéramos tendríamos auto último modelo, casa con piscina, cantaríamos en los festivales comerciales, seríamos premiados por la industria. No hacemos negocio con la canción. Denunciamos pues todas las lacras que hacen al ser humano indigno”.

En el estadio transformado en campo de concentración por los golpistas, Jara escribió sus vivencias. Esos trozos de papel pasaron de mano en mano entre los prisioneros hasta ser recopilados. De allí emergió la última canción que compuso y en la que describe el horror de las torturas:

“¡Ay canto que mal me sales…! Cuando tengo que cantar, espanto. Espanto como el que vivo, espanto como el que muero. Espanto de verme entre tantos y tantos momentos del infinito, en que el silencio y el grito son las metas de este canto”.

“Lo que veo nunca vi. Lo que he sentido y que siento hará brotar el momento…”, agregó Jara en ese manuscrito, convertido años más tarde en una suave tonada que grabó Isabel Parra.

Sus verdugos lo asesinaron. Lo que no pudieron matar fue su brillante, fecunda obra con la que despertó conciencias y la influencia que con sus coplas sigue ejerciendo en las actuales generaciones de cantautores, esos que comprenden que la canción tiene sentido, entendimiento y razón. También por eso es el cantor que no se calla.

Te recuerdo Víctor… te recuerdo… la calle mojada. La vida es eterna en cinco minutos . En cinco minutos quedó destrozado. Son cinco minutos, suenan las sirenas ya vienen por él.

Jorge Yuliani
Jorge Yuliani
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