Chile. "Está muy difícil trabajar, es como un circo, es un show de la tragedia", dijo periodista de Veja

Unos 2.000 periodistas de todo el mundo toman el campamento

La imagen se asemeja a un gran mercado persa, con periodistas escogiendo a las familias como si se tratara de un producto entre varias ofertas.

Pero la competencia entre los periodistas ­tanto de medios locales como extranjeros­ respeta el fair play: cada uno espera ordenadamente su turno en las afueras de las carpas en las que viven las familias hasta que sus colegas terminan de hacer sus entrevistas.

Los familiares ­acostumbrados ya a este juego mediático­ los atienden con paciencia, volviendo a repetir una y otra vez sus historias de vida, cómo son los mineros y qué pasó en estos dos meses de espera.

No pasa lo mismo en las conferencias de prensa oficiales, en las que se imponen los camarógrafos más fornidos y de hombros más anchos, sobre los menudos reporteros o reporteras, que casi no logran escuchar a las autoridades.

«A veces es mejor verlo por televisión», señala una reportera, retirándose molesta del tumulto en la última conferencia de prensa de ayer martes.

«Está muy difícil trabajar, es como un circo, es un show de la tragedia. Es interesante, diferente, por eso entiendo que pase todo esto. Es explicable pero igual es una locura», dice Manuela Franceschini del website de la revista Veja, de Brasil, a la AFP.

Según la Policía, si bien hasta el lunes había más de 1.700 periodistas, la cifra ahora supera los 2.000. «Tenemos actualmente unas 3.000 personas, y más de 2.000 son periodistas», precisa a la AFP el capitán de Carabineros, Ariel Valenzuela.

Ayer martes, cuando faltaban sólo horas para el día ‘D’, la policía esperaba tener en total a unas 3.500 personas, entre técnicos, camarógrafos, conductores y reporteros. «Siempre se espera que incremente, aunque tendremos un control más exhaustivo», precisa.

Algunos medios, como el website de El Mundo de España, han expresado su molestia por las pocas facilidades que habrá para la cobertura. Ello debido a que el espacio en donde se efectuará la extracción de los mineros está cubierto con una lona negra, que amenaza con impedir la visión de reporteros y fotógrafos. Las autoridades han dicho que esto se hace para preservar la intimidad de los mineros, y que ya cuando estén en la superficie se sabrá si quieren hablar con la prensa o no.

Una de las mujeres más asediadas por la prensa es María Segovia, hermana del minero Darío Segovia, a quien todos llaman la alcaldesa del campamento Esperanza, y que desde el principio gritó a viva voz a las autoridades que no dejaran de buscar a sus familiares.

María es expresiva, dice las cosas con claridad y ha hecho un poco más fácil el trabajo de muchos periodistas.

«¿Cómo es que soporto tanta prensa? Bueno, esto es parte de todo lo que nosotros creamos, así que hay que tener paciencia para responder lo mejor que pueda. Uno tiene que darse el tiempo», dice María a la AFP, después de que ella terminó de atender a un diario argentino y a una radio local.

«Todos son muy respetuosos, no es que nos hayan asediado, y está bien que vengan a darse cuenta de la realidad del trabajador minero», asegura.

Los medios de comunicación han cruzado el Atlántico o llegado desde el lejano oriente para colocar sus carpas, tiendas de campaña y casas rodantes entre enormes rocas y soportando altas temperaturas durante el día.

Han traído además generadores eléctricos, antenas parabólicas y equipos para transmisión satelital. Los de menor presupuesto, aprovechan la señal gratuita de telefonía para hacer sus despachos.

Después del mediodía, más de 30 grados Celsius golpean furiosamente la zona donde se ubica la mina San José, en medio del desierto de Atacama, donde familiares esperan el rescate de los 33 mineros, atrapados hace 68 días en las profundidades de este yacimiento.

De noche, la camanchaca, una densa y húmeda neblina, cala los huesos de familiares y mineros. Algunos periodistas se guarecen en torno al fuego que encienden los familiares para pasar la noche.

 

Hospital de Copiapó listo

El hospital de Copiapó renovó su fachada, tiene las camas prontas, las ventanas bloqueadas para impedir la luz, y los especialistas médicos en guardia para recibir desde este martes a los 33 mineros tras su rescate.

«Ya todo está dispuesto en el hospital de Copiapó», detalló el ministro de Salud, Jaime Mañalich, en rueda de prensa desde la Mina San José, en el norte de Chile, donde quedaron enterrados los mineros el 5 de agosto.

Una vez en la superficie, cada uno pasará unos minutos con sus familiares en la mina en unos módulos diseñados especialmente, y luego serán llevados en helicóptero al hospital regional de Copiapó, la capital de la región de Atacama, a 40 km del yacimiento.

«Está todo pronto desde hace tiempo. Todo funcionará en el segundo y tercer piso», contó un responsable del hospital a la AFP. «El segundo piso está destinado a los que estén mejor tras el control médico previo en la mina. Allí hay 8 habitaciones con dos camas cada una, es decir que allí estarán unos 16 mineros que estén en buenas condiciones», añadió la fuente, que pidió el anonimato. El tercer piso estará destinado en cambio a los que presenten cuadros de salud más complicados. «Allí se ha instalado una Unidad de Tratamiento Intensivo», dijo la fuente.

 

NIÑOS JUEGAN Y DIBUJAN

Corren, juegan al fútbol y ríen con el payaso: los niños del campamento Esperanza han aguardado con aparente despreocupación la salida de los 33 mineros atrapados en San José, aunque la ausencia de un padre, un hermano o un abuelo les marcará. «Ellos no lo dicen sino que a veces jugando o dibujando lo expresan», cuenta Margarita Guzmán, la maestra que se ocupa de la escuela improvisada cerca de la mina desde fines de setiembre. «El otro día, hicieron una mina muy linda, con el ‘Plan C’ (una de las tres excavadoras de los túneles para llegar a los mineros) en leggo. Decían, ‘acá están los mineros, acá los van a sacar’. De esa manera, expresan su preocupación por lo que está pasando», agrega.

«Lo vivo mal», confiesa Javier Galleguillos, de 10 años, uno de los cuatro nietos de Mario Gómez, de 63 años, el más veterano y capataz de los mineros atrapados a 700 metros bajo tierra desde el 5 de agosto.

«Cuando dieron la carta diciendo que todos estaban vivos, me puse a llorar», dice, «pero siempre pensaba que iba a salir pronto y que todos los mineros estaban vivos».

«Sueño con que mi abuelo y los demás mineros estén fuera», cuenta su hermano mayor, Nicolás, uno de los ocho alumnos de la escuela.

Un sueño que comenzó a hacerse realidad a partir de anoche.

Durante toda la espera, este optimismo marcó a los casi 30 niños que dejaron su escuela y sus amigos para vivir en un campamento desde el accidente.

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