1989, el año en que el Indio Solari tocó para 150 personas en Parque Rodó
Montevideo fue testigo privilegiado de la leyenda ricotera: desde los shows under de 1989 hasta las masivas “misas” en el Centenario y el Velódromo. Hoy, tras la muerte de Carlos “Indio” Solari, el Río de la Plata se tiñe de nostalgia y gratitud eterna.

Montevideo, 5 de junio de 2026 – Apenas se conoció la noticia del fallecimiento de Carlos Alberto “Indio” Solari a los 77 años en su casa de Parque Leloir, las calles de Montevideo se llenaron de abrazos, lágrimas y canciones. En Uruguay, no se despide solo a un músico argentino: se llora a alguien que se sintió propio, que cruzó el charco cuando casi nadie lo hacía y convirtió al “paisito” en parte fundamental de la mitología de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
“Uruguay siempre nos trató con cariño, como si fuéramos de acá”, dijo alguna vez el Indio. Y los uruguayos le respondieron con la misma lealtad.
El comienzo humilde y mítico de 1989
Todo empezó en julio de 1989. Los Redondos aún eran una banda de culto del under argentino cuando el promotor Gonzalo “Ajo” Núñez se jugó la carrera trayéndolos. El 22 de julio debutaron en el Palacio Peñarol. Solo 700 personas en un estadio enorme. Problemas aduaneros obligaron a la banda a tocar con instrumentos prestados de Níquel, una banda local. El show fue caótico, casi improvisado, pero quedó grabado en la memoria colectiva como el nacimiento de un vínculo especial.
Al día siguiente, el 23 de julio, llegó uno de los momentos más míticos de la historia ricotera en Uruguay: el show en Laskina.
El Bar Laskina, un pequeño pub ubicado en la calle Prudencio Vázquez y Vega, cerca del Parque Rodó, tenía capacidad para apenas 150-200 personas. Era un reducto under montevideano donde habían tocado y debutado bandas locales importantes. Esa noche, el tugurio quedó absolutamente desbordado. La Negra Poli (mánager de la banda y pareja de Skay) había ofrecido el show íntimo para compensar el bajo público del Peñarol.
En un escenario diminuto, casi a la altura del público, tocaron Carlos “El Indio” Solari (voz), Skay Beilinson (guitarra), Semilla Bucciarelli (bajo), Walter Sidotti (batería) y Sergio Dawi (saxo). El sonido era precario, el lugar estaba a reventar y el calor era infernal, pero la energía fue eléctrica. El Indio, con su voz rasgada y presencia magnética, tuvo problemas para escucharse y en varios momentos les pidió al público: “Canten conmigo, yo no estoy escuchando nada”. Y el público uruguayo cantó con todo, como si fueran uno solo.
El repertorio fue una verdadera fiesta under: repasaron temas de sus cuatro discos editados hasta entonces (Gulp!, Oktubre, Un baión para el ojo idiota y Bang! Bang! Estás liquidado), estrenando clásicos como “Héroe del whisky”, “La Parabellum del buen psicópata” y “Rock para los dientes”. Cerraron con un potente popurrí que incluyó “Mariposa Pontiac”, “Rock del País”, “El Gordo Tramposo” y el raro “Un tal Brigitte Bardot”.
Ese show, y el de diciembre del mismo año (9/12) en el mismo lugar, quedaron como verdaderas joyas piratas. El Indio mismo compartió uno de esos registros años después en su canal de YouTube, reconociendo el cariño especial que le tenía a esas noches montevideanas.
La consagración masiva en el Centenario
Doce años después, en abril de 2001, todo era distinto. Los Redondos ya llenaban estadios. Presentaron Momo Sampler con dos noches históricas en el Estadio Centenario (22 y 23 de abril), con alrededor de 65.000 personas por fecha. “Hola, paisito, ¿cómo anda?”, saludó el Indio la primera noche, antes de hacer estallar “El pibe de los astilleros”. Dedicó “Juguetes perdidos” a Walter Bulacio. Esos recitales fueron de los últimos de la banda antes de su disolución definitiva meses después en Córdoba.
Ya como solista al frente de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, el Indio volvió. En 2005 llenó el Velódromo bajo la lluvia, y en septiembre de 2022 repitió con otro show multitudinario en el mismo escenario. Miles de uruguayos y argentinos cruzaron el río para vivir la “misa ricotera”, pero en la segunda ocasión, el Indio no estuvo presente de forma física (por el avanzado estado de su Parkinson), pero su voz se oyó y su cara se vio en las pantallas.
Más allá de los recitales, el Indio siempre tuvo palabras cálidas para Uruguay. Compartió videos históricos de aquellos shows en Laskina y mantuvo un vínculo afectivo con el público oriental, que lo sintió cercano, casi familiar.
El legado en el corazón uruguayo
Hoy, mientras suenan “Ji ji ji”, “Ya nadie va a escuchar tu remera”, “El arte de navegar” o “Toxi-Taxi” en plazas, bares y casas de todo el país, los ricoteros uruguayos recuerdan con cariño aquellas noches donde la banda encontró un refugio genuino del otro lado del Río de la Plata. Especialmente esas noches íntimas en Laskina, donde el rock se sintió más crudo, más cerca y más verdadero.
No fue solo música. Fue actitud, poesía, rebeldía y comunidad. El Indio, con su voz rasgada y sus letras enigmáticas, acompañó generaciones de uruguayos en sus alegrías y dolores. Hoy, el “paisito” le devuelve ese cariño multiplicado.
Gracias, Indio. Por cruzar el charco cuando nadie lo hacía. Por cantar con nosotros en tugurios y estadios. Por dejarnos tu arte y tu alma. Uruguay te despide como a uno de los suyos: con la garganta apretada y el corazón lleno de rock. Nos vemos en la próxima misa, donde sea que se arme.

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