mentira calculada

La Familia Bibas: El secuestro que Israel usó como pretexto para la devastación en Gaza

En un giro que sacude los cimientos de la narrativa oficial que sostiene el genocidio, un general israelí revela que el Ejército sabía desde el día uno que Hamás no secuestró a la familia Bibas.

Israel sabía todo: La verdad oculta sobre el secuestro de los Bibas y el precio en sangre
Israel sabía todo: La verdad oculta sobre el secuestro de los Bibas y el precio en sangre

El 7 de octubre de 2023, el kibutz Nir Oz, un oasis de normalidad en el sur de Israel, se convirtió en el epicentro de una pesadilla colectiva. Entre los escombros y el humo de los cohetes lanzados por militantes palestinos, la familia Bibas (Shiri, de 32 años, su esposo Yarden y sus dos hijos pequeños, Ariel de cuatro años y el bebé Kfir de nueve meses) fue arrastrada al horror de la cautividad.

Imágenes de los niños pelirrojos, con sus rizos inconfundibles, inundaron las pantallas mundiales, convirtiéndolos en el símbolo perfecto de la inocencia robada. Campañas como «Bring Them Home» movilizaron a millones, desde manifestaciones en Times Square hasta vigilias en las calles de Tel Aviv.

Pero dos años después, una revelación explosiva del Ejército de Defensa de Israel (IDF) arroja una sombra siniestra sobre esa narrativa: el secuestro de Shiri y los niños no fue obra de Hamás, como se proclamó durante meses, sino de una facción menor, las Brigadas de los Muyahidines.

¿Fue esta una mentira deliberada, un velo de engaño tejido por el alto mando israelí para justificar una ofensiva que ha dejado decenas de miles de muertos en Gaza?

Las Brigadas de los Muyahidines, un grupo oportunista que surgió en las grietas de la pobreza extrema y el aislamiento, representan precisamente ese caos: no un estado terrorista cohesionado, sino el producto de décadas de humillación colectiva.

Cómo Israel fabricó un secuestro para justificar el genocidio en Gaza

La historia de los Bibas comienza en el caos del ataque inicial, atribuido en gran medida a Hamás, pero que involucró a un mosaico de grupos armados palestinos actuando en una sinfonía descoordinada de violencia.

Yarden Bibas fue capturado y retenido por militantes de Hamás, un hecho que Israel nunca ocultó. Sin embargo, su esposa e hijos fueron separados y llevados por otro grupo: las Brigadas de los Muyahidines, una milicia marginal vinculada a facciones como los Comités de Resistencia Popular, con apenas unos cientos de combatientes y una presencia efímera en el panorama jihadista de Gaza.

Fuentes del IDF, en una entrevista exclusiva publicada por Yedioth Ahronoth el 5 de diciembre de 2025, confiesan ahora lo que sabían desde el principio. El general de brigada retirado Nitzan Alon, exjefe del Cuartel General de Rehenes, lo admitió sin ambages: «Sabíamos quién los secuestró. Informamos a Hamás quiénes eran los secuestradores para que pudieran localizar los cuerpos y devolverlos».

En otras palabras, Israel no solo conocía la identidad de los captores, sino que colaboró indirectamente con Hamás para recuperar los restos, todo mientras bombardeaba Gaza bajo la bandera de «rescatar a los rehenes de Hamás».

El IDF sabía que Hamás no secuestró a los Bibas

Esta confesión llega como un terremoto en un edificio ya agrietado. Durante los primeros meses de la guerra, el caso Bibas fue el ariete propagandístico del gobierno israelí. Primer Ministro Benjamin Netanyahu lo invocaba en cada discurso ante la ONU o el Congreso estadounidense: «Hamás estranguló a bebés inocentes, como Kfir Bibas«.

Las acusaciones de estrangulamiento manual –confirmadas forensemente en febrero de 2025, cuando los cuerpos fueron devueltos durante un intercambio de prisioneros– se convirtieron en el combustible emocional para una campaña militar que, según la ONU, ha matado a más de 45.000 palestinos, la mayoría civiles, y desplazado a casi toda la población de Gaza.

Informes de Amnistía Internacional y Human Rights Watch han calificado estas acciones como «genocidas», citando la destrucción sistemática de hospitales, escuelas y barrios enteros.

El velo de la «mentira Bibas«, como la han bautizado activistas en redes sociales, parece haber sostenido ese horror: al fusionar el crimen de una facción marginal con la culpa colectiva de Hamás, Israel pudo vender al mundo una guerra de «autodefensa absoluta«, sin matices ni responsabilidad.

La cronología de la decepción es escalofriante en su precisión

En noviembre de 2023, mientras las Brigadas de los Muyahidines custodiaban a la familia en un escondite precario en el norte de Gaza, los niños Ariel y Kfir fueron asesinados –estrangulados, según el examen postmortem israelí–. Shiri, su madre, sobrevivió un mes más antes de perecer en circunstancias similares.

Hamás, que no había tomado parte en el secuestro inicial, alegó que las muertes se debieron a bombardeos aéreos israelíes, un reclamo que Israel desestimó como propaganda. Pero Alon revela ahora que, desde octubre de 2023, el IDF clasificó el caso como «Muertos con Alta Probabilidad» (MPD), un eufemismo interno para rehenes presumiblemente fallecidos.

A pesar de esto, la narrativa pública se mantuvo intacta: Hamás como el monstruo monolítico, los Bibas como víctimas paradigmáticas de su barbarie. Esta distorsión no solo prolongó la agonía de las familias de rehenes –Yarden fue liberado vivo en febrero de 2025, pero el trauma persiste–, sino que alimentó una máquina de guerra que arrasó Gaza bajo el pretexto de «eliminar la amenaza«.

Críticos como el historiador israelí Ilan Pappé, en un reciente ensayo para London Review of Books, argumentan que este encubrimiento no fue un lapsus, sino una estrategia calculada. «Al mantener la ilusión de un enemigo unificado, Israel evitó interrogantes sobre el caos que sus propias políticas de bloqueo y ocupación habían sembrado en Gaza», escribe Pappé.

Las Brigadas de los Muyahidines, un grupo oportunista que surgió en las grietas de la pobreza extrema y el aislamiento, representan precisamente ese caos: no un estado terrorista cohesionado, sino el producto de décadas de humillación colectiva. Al atribuirles el crimen a Hamás, el IDF no solo simplificó su relato para la galería internacional, sino que legitimó una respuesta desproporcionada que ha sido denunciada como genocidio por la Corte Internacional de Justicia en mayo de 2024.

 

Hoy, mientras el último rehén vivo, Ran Gvili, permanece en cautiverio, la revelación de Alon obliga a una reflexión amarga. ¿Cuántas vidas palestinas se sacrificaron en el altar de una narrativa fabricada? La familia Bibas, con su tragedia genuina e irreparable, merece justicia, no instrumentalización. Pero en las calles de Gaza, donde las ruinas aún humean y los niños huérfanos buscan refugio entre escombros, el costo de esa mentira resuena como un veredicto: la guerra no se sostuvo por venganza, sino por un cálculo frío que priorizó la impunidad sobre la verdad. Israel, con su vasto aparato de inteligencia, eligió el silencio estratégico; el mundo, hipnotizado por las imágenes de Ariel y Kfir, miró para otro lado. Ahora, con las máscaras cayendo, surge la pregunta ineludible: ¿quién pagará por el genocidio que esa ilusión desató?

 

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