EL RESCATE DE LAS PALOMAS DEL 8 de marzo de 1970

Operación Paloma: Relato de una épica fuga de mujeres

Este sábado 8 de marzo de 2025 se conmemoran 55 años de una de las fugas más espectaculares de presas políticas que registra la historia. Se trata de la Operación Paloma organizada por el MLN Tupamaros que posibilitó la liberación de 13 prisioneras de la Cárcel de Mujeres de Cabildo. 

Fachada de la iglesia y parte de la cárcel en 1970.
Fachada de la iglesia y parte de la cárcel en 1970.

Esta épica hazaña ocurrida el 8 de marzo de 1970 fue seguida al año siguiente, el 30 de julio de 1971, por la mayor fuga de presas políticas ocurrida a nivel mundial y que organizada también por el MLN y denominada Operación Estrella liberó a 38 presas políticas.

La ex cárcel de mujeres de Cabildo (hoy Sitio de Memoria, con entrada por Acevedo Diaz 1929) está ubicada en la manzana que forman las calles Acevedo Díaz, Nicaragua, Cabildo y Miguelete.

Ante el pretendido revisionismo histórico que se ha llevado adelante y que se ha acentuado notoriamente durante estos últimos cinco años del gobierno de derecha de la llamada coalición republicana, se torna imperativo narrar los acontecimientos tal cual ocurrieron. Asimismo, como las nuevas generaciones tal vez no han tenido la oportunidad de conocer testimonios fidedignos, parece oportuno revisitarlos en este 55 aniversario de aquella epopeya.

Por lo expuesto, nada mejor que recurrir a los testimonios de protagonistas de aquella operación, testimonios recogidos -ha dicho Fernández Huidobro- “por un compañero que paciente y arriesgadamente, se encargó en las pocas oportunidades disponibles de ir recogiendo testimonios para luego, cuando los tuvo agrupados, dar forma final a los relatos”.

Ese compañero que las escribió en épocas de clandestinidad, cárcel y represión fue Fernando Rodríguez y los testimonios recogidos se llaman Actas Tupamaras. Y de esas actas, a continuación, reproducimos el capítulo referido a la Operación Paloma.

Operación Paloma

Pensándose siempre en la posible necesidad de una acción, desde bastante tiempo atrás, cuando aún no había sido detenida ninguna compañera, ya se venían recopilando datos sobre la Cárcel de Mujeres.

A fines de febrero de 1970, con 17 compañeras presas, se decide estudiar y planear una acción de rescate, la que es denominada «Operación Paloma» por lo de las palomas a liberar.

Se persiguen con esta acción, varios objetivos:
1) la libertad y la militancia de más de una decena de cuadros;

2) asestar otro duro golpe al prestigio -ya bastante deteriorado- del gobierno;
3) impactar favorablemente en el ánimo de las fuerzas populares que vienen sufriendo desde hace casi tres años las medidas de seguridad.

Las derivaciones políticas del hecho serán enormes y la caída del repudiado ministro de Cultura, responsable de los establecimientos carcelarios, será inevitable. Y quizás también la del ministro del Interior.

Comenzado el estudio pormenorizado del objetivo y de la zona, se actualizan los datos que se poseen y se recogen otros.

La Cárcel de Mujeres ocupa una manzana delimitada al Sur por la calle Miguelete; al Este Acevedo Díaz, al Norte Nicaragua; y al Oeste Cabildo. Consta de pabellones de detenidas, comedores, salas de estar, patios de recreo, casa donde viven las monjas que cuidan la cárcel, administración, un cuarto de guardia y una Iglesia con frente y entrada a Acevedo Díaz, lado Este de la manzana.

Las presas están separadas en comunes y políticas. Y separadas también, asisten a las misas que se ofician los martes y jueves por la tarde -de 19.00 a 19.20. horas  y los domingos de mañana -de 9 a 9 y 20, y de tarde.

Estudio de la situación

Semejando las alas de un ave, hay en el «cuerpo» de la Iglesia dos compartimentos laterales al altar y con un enrejado de 3 metros de ancho por dos de alto, que veda el acceso a la nave; en ellos se ubican las presas que van a la misa.

Al fondo de la nave, atrás del altar, a izquierda y derecha, laterales a los bancos de las monjas que van a misa, hay varias puertas que dan a los patios, comunicando con el resto de la cárcel. Las monjas van y vienen por estas puertas, dejándolas abiertas, posibilitando así lo que se intenta impedir con el enrejado antes descrito: el acceso de las presas a las naves. Claro que no lo hacen, pero lo pueden hacer.

La guardia interna consta de dos soldados del ejército que permanecen en un cuarto al fondo, en un ángulo de la manzana. Están allí más que en posición de guardia, en la de permanente descanso; sentados, tomando mate, charlando, las armas a un lado, en el suelo o recostados a la pared. En caso necesario, su intervención es requerida mediante timbres ubicados estratégicamente en varios lugares de la cárcel, incluso en la Iglesia.

En cuanto a lo externo, en la puerta de entrada a la cárcel –casi en la esquina de la calle Cabildo, lado Oeste de la manzana– hacen guardia dos policías armados de revólveres. Cada media hora, uno queda en la puerta y otro rodea la manzana.

Se sospecha haya una guardia en la azotea, pero todos los intentos por comprobarlo son en vano.

Todas las mañanas, además, a las 8 y 30, es decir, media hora antes de la misa de los domingos, pasa un patrullero lentamente por Acevedo Díaz, frente a la Iglesia. El mismo recorrido también aunque irregular, no todos los días, lo hace un coche con jerarcas militares.

El panorama descrito hace cambiar el plan en que se venía trabajando: en lugar del copamiento de la cárcel por la fuerza, se opta por una acción limpia: fuga por la Iglesia en horas de misa.

Las compañeras que van a misa son pocas. Enteradas del plan comienzan a ir en número cada vez mayor a efectos de que el día de la fuga la concurrencia de casi todas ellas resulte algo más común y no llame la atención de las monjas.

Sospechándose la presencia de tiras en la misa, al término de éstas se realizan varios seguimientos, concluyéndose que las sospechas son infundadas.

Facsímil del Diario de la Noche del 8 de marzo de 1970.
Facsímil del Diario de la Noche del 8 de marzo de 1970.

Al rescate de las palomas

Ajustado el plan en todos sus detalles, se resuelve efectuar el operativo el día domingo 8 de marzo, fecha en que se celebra el Día Internacional de la Mujer. Esta coincidencia es casual. En verdad, la elección de la fecha fue condicionada sobre todo, por el propósito de no dejar pasar más tiempo, ya que se venía hablando de trasladar a las detenidas políticas a otros establecimientos que ofrecieran mayor seguridad.

El rescate se intentará al comienzo de la misa del domingo. Si, por razones que no dejen al descubierto la acción, falla al comienzo, se intentará al final y si fracasa también, pasará a la misa de la tarde. Y de fallar ese domingo quedará para el siguiente (puede fallar por problemas de las compañeras para salir del compartimento en que asisten a misa; problemas que si surgen, serán salvados la semana siguiente).

Participarán de la fuga las compañeras que quieran. A través del enrejado se hace llegar a las detenidas el plan de ejecución, detallado con gráfica claridad, de forma de asegurar un perfecto entendimiento, una cabal interpretación.

Intervendrán 13 compañeros -11 hombres y 2 mujeres-, y 4 vehículos, distribuidos en 4 grupos: Seis -4 hombres y dos mujeres-, en el grupo «Iglesia»; 3 en el grupo de apoyo; 3 en el grupo de vigilancia de la guardia externa; uno, encargado del traslado de las liberadas. Para cada grupo un vehículo.

8 de marzo

A las 6 y 30 de la mañana, la camioneta destinada al transporte de las liberadas, sufre un desperfecto mecánico que descarta su intervención. Se delibera brevemente resolviéndose contratar una ambulancia. Solucionadas las dificultades imprevistas -dos compañeros más para custodiar a los empleados de la ambulancia y ropa para éstos-, se llega a la empresa y se contrata una ambulancia para «trasladar a un enfermo». Dos «familiares del enfermo» acompañan a los tres empleados a cargo de la ambulancia.

En determinado lugar, levantan otro «pariente» más, con «alguna ropa que necesitará el enfermo». Más adelante se «aprieta» a los de la ambulancia. No ofrecen resistencia. Se les hace sacar las túnicas y los sombreros y se les da la «ropa del enfermo»; tres sacos. Descienden y quedan custodiados por dos compañeros. Pasearán un buen rato. Es una linda mañana de sol. A determinada hora se les dejará en libertad. Sin los sacos, desde luego.

De túnica y sombrero, todo un chofer de ambulancia, un compañero conduce aquélla al objetivo. Antes de llegar, debe deshacerse de la camilla. Necesita una herramienta. Se detiene en una estación de servicio y pide una pinza. En pleno «destornillamiento» de la camilla, cuando detrás de la ambulancia estaciona un coche, en espera de lugar para cargar de nafta.

Por un instante, ambos conductores se miran. Curiosidad nomás, pero que sirve para que el compañero conozca al que tiene esperando: comisario Piriz Castagnet, jefe de Información e Inteligencia, departamento de la Jefatura de Policía, especializado en la lucha contra los Tupamaros. Terminada su tarea, el compañero devuelve la pinza y deja el lugar al Comisario jefe…

Hora 9 y 5: el coordinador recorre en coche los distintos lugares en que están apostados los grupos. Todo en orden; una segunda pasada, es la señal de dirigirse al objetivo.

Hora 9 y 10: a pie, desde diferentes lugares y por distintos caminos, en forma escalonada llegan y «entran a misa», tres compañeros y una compañera del grupo operante en la iglesia.

Casi enseguida llega el vehículo y estaciona frente a la iglesia, vereda por medio. Desciende otra compañera y «entra a misa»; el sexto compañero del grupo queda al volante. Simultáneamente, en Nicaragua, a un par de metros de Acevedo Díaz, haciendo cruz con la ochava de la cárcel, estaciona un segundo vehículo con tres compañeros a cuyo cargo está la vigilancia de la guardia externa.

Veinte segundos después estaciona delante del vehículo del grupo «iglesia», la ambulancia y frente a estos dos, junto a la vereda opuesta, el coche de apoyo con tres compañeros.

En la ambulancia hay una cartera con documentos, dinero, lentes de sol, una dirección y un arma para cada «paloma», con el nombre respectivo. Tal precaución para evitar posibles confusiones de los encargados de ubicarlas y, fundamentalmente, para el caso de que las cosas no salgan como se han previsto y alguna o todas deban valerse en la calle por sus propios medios. El rescate está planeado para realizarlo con limpieza, pero se va con la disposición de concretarlo a sangre y fuego si ello es inevitable.

Colocaron placa recordatoria de ex presas políticas en la ex cárcel Cabildo

Con la presencia de autoridades nacionales, departamentales y municipales, se procedió a la…

Un domingo de barrio

En la calle, un ambiente de domingo, de descanso. Aquí, allá, algún vecino mateando. Allí, acá, vecinas haciendo mandados o comentando el último chisme del barrio. ¡Dentro de un rato tendrán tema como para no cocinar! La ambulancia da paso a una mayor curiosidad: ¿quién será el enfermo? – ¿estará grave?…

En la iglesia, los cinco que entraron se ubican estratégicamente de modo que los feligreses queden en medio. Atrás en los bancos, junto a la entrada, una compañera y un compañero encargados de contener a la gente, de impedir que nadie salga cuando comience la fuga.

Adelante, en los bancos próximos al altar, otros dos; el de la derecha, pronto a impedir cualquier intento de cerrar las puertas del fondo de la iglesia, por donde deben entrar las compañeras tras abandonar el compartimiento en que están. El de la izquierda, vigilando la puerta de este lado, para neutralizar a la guardia interna que, de intervenir, lo hará por esa puerta o por la ventana ubicada, alto, en la pared del fondo de la iglesia, atrás del altar y desde la que se domina toda la nave. Esta ventana es vigilada por Martina, ubicada unos metros más atrás, desde donde ve y es vista por las compañeras a las que les hará la señal de salida.

Naturalmente que de intervenir la guardia sólo de uno de esos dos lugares, será enfrentada por los dos.

El comienzo de la misa se retrasa. El cura permanece en el confesionario. Una monja enciende los cirios. Los feligreses rezan. El tiempo parece detenido, pesa, se siente como si fuera algo tangible y tenso. Una eternidad cada segundo, y pasan segundos y segundos, y pasan minutos y minutos, y la misa no comienza.

El cura continúa en el confesionario, y la monja leve como una sombra negra, sigue de cirio en cirio. Y el murmullo de los feligreses se oye sordo, en el tiempo quieto… sin comenzar la misa aún. A las 9 y 20 minutos Martina saca un pañuelo.

A la hora señalada

Es la señal. Rápidas como la luz, las compañeras se deslizan en fila india hacia la puerta de la iglesia y entran.

– ¿Qué pasa, qué pasa ahí?  grita la monja abandonando los cirios.

Siempre corriendo las compañeras semi rodean el altar. La monja intenta tomar a una del brazo. Vano intento. La gente que estaba arrodillada se incorpora. Los compañeros suben a los bancos y explican y piden a gritos tranquilidad; que queden quietos en los lugares en que están, que no se muevan que no pasará nada… (más de lo que está pasando). Aunque no se pensaba hacerlo, esgrimen sus armas para intimidar. Atrás, algunos intentan salir lo que les es impedido.

En tanto, semi rodeado el altar con rapidez rítmica, el tropel de compañeras por el pasillo central de la nave, entre las dos filas de bancos va hacia la salida. La gente permanece quieta, mirando entre sorprendida y temerosa. Algunas feligresas se persignan una y otra vez.

Traspasada la puerta de salida por la primera compañera, una jovencita se escabulle. Se la deja ir, ya no tiene tiempo para nada. En este preciso momento también, los compañeros encargados de hacerlo, «aprietan» al policía de la ronda al llegar a la ochava. Le sacan el arma y lo ponen de cara a la pared, tan grande como inevitable, el susto y el temblor del pobre hombre.

Ya en la calle, las compañeras ven autos y una ambulancia, pero nada de la camioneta a la que, como se les había indicado, debían subir. Un compañero del grupo de apoyo, que ha descendido del coche y está rodilla en tierra en medio de la calzada dominando con una metralleta la esquina de Acevedo Díaz y Miguelete «capta» la confusión de las compañeras y les dice que suban a la ambulancia.

Y suben, por la puerta, por las ventanas. La ambulancia resulta chica por lo que aquello se transforma en una estiba de mujeres. La última en subir tiene dificultades para entrar. Tanta dificultad que sus piernas quedan afuera y al partir la ambulancia asoman por una ventana. Son las 9 y 23. Tras la ambulancia, que pareció «quedarse» bajo tanto peso, marcha el coche de apoyo, luego el de vigilancia de la guardia y por último, el del grupo «iglesia». Cien metros adelante, un compañero mira hacia atrás y ve, como clavada sobre el fondo blanquísimo de la ochava, la estampa gris del policía, aún de cara a la pared, los brazos en alto, las piernas abiertas.

 Iglesia de Nuestra Señora de Luján (conocida como San Expedito). Acevedo Díaz 1923.
Iglesia de Nuestra Señora de Luján (conocida como San Expedito). Acevedo Díaz 1923.

El gran escape

Los vehículos se alejan, haciendo un trayecto zigzagueante, tomando una calle y dejándola en la cuadra próxima. Los trasbordos son varios y se suceden sin más novedad que el trabajo de dar con las carteras de quienes van bajando, sobre todo de las primeras, cuando la «pila» es alta.

Finalizan a las 9 y 29, seis minutos después de la salida de la iglesia. Luego, el abandono de los coches usados, y la liberación de los de la ambulancia. Todo en medio de una alegría distinta a la experimentada en otras acciones. Es que esta acción tenía un sabor especial. En ella estaba el deber revolucionario, pero también el compañerismo y el afecto forjado en tantas horas, en tantas jornadas de un ya largo tiempo de luchas y esperanzas.

Además del contenido emotivo, el ridículo, la burla, el desprestigio que significaba para la dictadura pachequista y la policía, el copamiento de una cárcel, el «birlarlo» limpiamente y en sus propias barbas, a trece peligrosas innombrables, que no fueron más por la sola voluntad, de las pocas que quedaron.

La intensa búsqueda de las fugadas, no da resultado alguno. Y comienza, entre la rabia e histeria del gobierno y fuerzas represivas, la búsqueda de chivos expiatorios. Que el ministro del Interior es culpable, que no, que lo es el de Cultura. O el director general de Institutos Penales. Al principio el ministro del Interior zafa bien del lazo, no así el de Cultura, Dr. García Capurro, fascista confeso, amigo íntimo y admirador de Stroessner, enemigo número uno de la enseñanza y de los estudiantes; cae en las primeras de cambio, y con él el director de Institutos Penales.

Alrededor de dos semanas después, el Senado interpela al ministro del Interior por «la fuga de la cárcel de mujeres». El ministro deslinda su responsabilidad por el hecho en sí, pero no puede hacer lo mismo en lo que respecta a la corrupción en la Jefatura de Policía, y el ministro apaleador de obreros y estudiantes, balbuceando incoherencias, dando un espectáculo lastimoso, renuncia y renuncia también el jefe de Policía.

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