“No tendrás libertad”: la advertencia de Sam Altma, creador de ChatGPT, sobre el futuro de la IA
Un fragmento de un evento en San Francisco circula como si Altman anunciara el fin de la privacidad. El video completo muestra que describía una distopía que dice temer, mientras su empresa avanza en productos de monitoreo constante.

Un fragmento de video circula en redes sociales con una frase atribuida a Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI: que dentro de diez años la humanidad no tendrá libertad, ni capacidad de decisión, ni privacidad, bajo un estado de vigilancia perfecto. La cita es real. El contexto que la acompaña, es más complicado que eso.
Altman pronunció esas palabras durante una conversación pública en el Chase Center de San Francisco, junto al director de Y Combinator, Garry Tan. El fragmento viral corta el inicio de la frase, que era clave para entenderla: el empresario estaba describiendo una distopía que, según sus propias palabras, le genera particular preocupación de cara a la próxima década.
No la presentaba como un plan ni como una predicción que celebrara. En ese mismo evento calificó la idea de disparatada y sostuvo que, si ese escenario llegara a concretarse, el mundo entero estaría en serios problemas.
“Miren, van a tener la cura para el cáncer, van a tener abundancia material, pero no van a tener libertad. No van a tener capacidad de decisión. Será un estado de vigilancia perfecto. No habrá privacidad”, dijo. Y remató: “Van a tener gran comodidad, pero no va a quedar nada en el mundo que valga la pena hacer, nada que realmente importe”.
Sam Altman ha dicho lo mismo varias veces
Ese matiz no lo vuelve inocente. Apenas unos días antes de esa aparición, en otro evento tecnológico llamado Internapalooza, Altman había hablado en primera persona sobre algo muy distinto: no una distopía ajena, sino un producto real que su compañía prevé lanzar en los próximos meses.
Adelantó que en poco tiempo un sistema derivado de ChatGPT podría observar la pantalla del usuario de forma constante, grabar cada reunión y cada llamada, y mantener un registro permanente de la vida de esa persona para ofrecerle asistencia continua.
Ahí la diferencia es central: una cosa es advertir sobre un riesgo hipotético y otra es anunciar, sin ironía ni distancia, una herramienta de monitoreo permanente que su propia empresa está construyendo.
Ese contraste entre el discurso de advertencia y las decisiones concretas de las compañías es, precisamente, el punto que otras voces del sector vienen señalando desde hace tiempo, con argumentos más sostenidos que una frase aislada.
La advertencia de filósofos sobre la IA
El historiador israelí y filósofo Yuval Noah Harari es, probablemente, quien más ha desarrollado esta idea. En su libro Nexus y en numerosas entrevistas, sostiene que la inteligencia artificial no es una herramienta neutral, sino un agente capaz de tomar decisiones por sí mismo, lo que la convierte en un instrumento con potencial totalitario inédito.
Su argumento se apoya en una comparación histórica: ni siquiera Hitler ni Stalin pudieron vigilar a cada uno de sus ciudadanos las veinticuatro horas, porque hacerlo habría requerido cientos de millones de agentes humanos. La inteligencia artificial, explica Harari, elimina esa limitación técnica, porque no necesita agentes: le alcanza con teléfonos, cámaras y reconocimiento facial y de voz ya desplegados en la vida cotidiana.
En una de sus intervenciones más citadas llegó a afirmar que “el único régimen capaz de sobrevivir a la inteligencia artificial es la dictadura”, aunque matizó ese pronóstico pidiendo apostar por las instituciones democráticas en lugar del fatalismo.
El otro nombre que suele aparecer en este debate es el de Geoffrey Hinton, considerado uno de los padres del aprendizaje profundo y premio Nobel de Física en 2024. Hinton renunció a su cargo en Google en 2023 para poder hablar sin restricciones sobre los riesgos de la tecnología que ayudó a crear.
A diferencia de Harari, su preocupación central no pasa tanto por la vigilancia estatal sino por la autonomía de los sistemas y el impacto económico bajo el capitalismo. Hinton ha calculado, según aclaró, “de forma intuitiva y no estrictamente científica”, que existe entre un 10% y un 20% de probabilidad de que la inteligencia artificial termine actuando en contra de la humanidad.
También ha señalado que la automatización, bajo el actual esquema de incentivos comerciales, beneficiará de forma desproporcionada a un grupo reducido de personas mientras empobrece a las mayorías, y cuestionó públicamente que empresas como OpenAI hayan ido relajando sus estándares de seguridad a medida que crecía la presión por generar ganancias.
El denominador común entre estas advertencias no es tanto el miedo a una máquina rebelde, sino la desconfianza hacia el sistema de incentivos que rodea su desarrollo. Tanto Harari como Hinton coinciden en que el problema no es exclusivamente técnico, sino, que la competencia comercial y geopolítica entre empresas y países empuja a desplegar estas tecnologías más rápido de lo que se las puede regular o entender.
Vista con ese marco, la frase de Altman deja de ser una rareza aislada y se convierte en una pieza más de un debate que la propia industria, con matices y contradicciones, viene sosteniendo desde hace años.
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