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El etiquetado funciona: niños comen menos comida chatarra y más frutas y verduras

Uruguay fue un adelantado en la región en el etiquetado de alimentos. A pesar del cabildeo empresarial y de voces críticas, la evidencia científica acaba de demostrar que los octógonos de advertencia sí funcionan.

Foto de archivo / LARED21
Foto de archivo / LARED21

Ocho años después de la aprobación de los octógonos negros en Uruguay, una investigación publicada en el Journal of Nutrition Education and Behavior ofrece la primera evidencia cuantitativa sobre su asociación con el consumo infantil. La conclusión central: entre 2018 y 2023 disminuyó la proporción de niños de 6 meses a 4 años que había consumido bebidas azucaradas, galletitas, helados y postres lácteos envasados el día anterior a la encuesta.

Los autores, Gerónimo Brunet, María Rosa Curutchet y Gastón Ares, compararon dos muestras independientes de la Encuesta de Nutrición, Desarrollo Infantil y Salud (ENDIS). La primera, de 2018, relevó a 2.154 niños antes de que rigieran plenamente los rótulos. La segunda, de 2023, incluyó a 2.223 niños con la política ya vigente. Todos residían en localidades de 5.000 habitantes o más.

La pregunta a los responsables fue binaria: si el niño había consumido cada categoría de alimento el día anterior. No se registró cantidad ni frecuencia, una limitación que los propios investigadores subrayan.

El 58% de las personas encuestadas reportó haber cambiado su decisión de compra con los octógonos.

Las caídas más pronunciadas en menores de 2 años

Entre los niños de 6 a 23 meses, la probabilidad de haber consumido tres grupos alcanzados por los octógonos bajó de forma significativa.

Las reducciones absolutas fueron:

  • 14% en sodas, jugos artificiales y aguas saborizadas
  • 15% en alfajores y galletitas
  • 4% en productos de papa procesados (noisettes, papas fritas, croquetas o puré instantáneo)

En la franja de 2 a 4 años (24 a 59 meses), las bajas significativas se concentraron en:

  • Bebidas azucaradas (13%)
  • Helados y golosinas (7%)
  • Postres lácteos envasados (9%).

Los autores describen estos cambios como reducciones relativas de aproximadamente 25% entre los más chicos y de alrededor de 50% entre los mayores en las categorías alcanzadas.

Lo que subió (y solo en el grupo de alimentación complementaria)

El estudio no solo registró retrocesos en ultraprocesados. Entre los menores de 2 años creció el consumo de alimentos sin octógono. Las frutas y verduras amarillas o verdes ricas en vitamina A pasaron del 74% al 82%. La carne o el pescado subieron del 61% al 80%. También aumentaron las papillas y comidas infantiles listas para comer, del 8% al 18%.

Esta mejora, sin embargo, no se replicó en niños de 2 a 4 años, donde no hubo aumentos significativos en el consumo de alimentos saludables. Según los investigadores, esto sugiere que las mejoras estuvieron concentradas principalmente en el período de alimentación complementaria y no se extendieron de manera generalizada a edades posteriores.

Un dato lo confirma: en 2023, el 15% de los niños de 6 a 23 meses aún había tomado sodas, jugos artificiales o aguas saborizadas el día anterior. Entre los de 2 a 4 años, la cifra llegaba al 39%.

Por qué Uruguay es un caso relevante (y distinto a Chile)

Uruguay aprobó los octógonos en 2018 mediante el Decreto Nº 272/018, que incorporó el sistema de advertencias en forma de octógonos negros con la leyenda “Exceso en”. El modelo de perfil de nutrientes fue modificado posteriormente por el Decreto Nº 34/021, que flexibilizó los límites: incrementos del 25% para sodio, 30% para azúcares, 44% para grasas y 50% para grasas saturadas respecto a los valores originales.

A diferencia de Chile, donde en 2016 se implementaron simultáneamente restricciones de marketing y regulaciones sobre venta en escuelas, Uruguay no aplicó otras grandes políticas alimentarias al mismo tiempo. Esto, señalan los autores, “permite analizar las diferencias observadas con menos interferencias”.

Aun así, la investigación advierte: el diseño “no permite atribuir de manera definitiva los efectos observados a la propia política”. No hubo grupo de control, no se siguió a los mismos niños a lo largo del tiempo y la pregunta binaria impide evaluar cambios en la cantidad o frecuencia de consumo.

Tres limitaciones que los investigadores explicitan

En traducción propia del artículo, los autores escriben: “la ausencia de un grupo de control y la dependencia de indicadores transversales limitan la atribución causal”. También señalan que el período analizado incluyó la pandemia de covid-19, que alteró rutinas familiares y provocó una crisis económica, aunque consideran que para 2023 la situación había regresado a niveles similares a los de 2018.

Otra salvedad: el estudio no encontró diferencias estadísticamente significativas en los cambios según el ingreso del hogar. Las variaciones no difirieron de manera marcada entre los distintos niveles socioeconómicos.

Pese a las cautelas, los resultados son coherentes con una tendencia: a los diez días de implementación de los octógonos, el 87% de los consumidores uruguayos conocía la medida, el 77% la había visto en algún producto y el 58% reportó haber cambiado su decisión de compra. Desde 2024, además, está prohibida la venta de alimentos con octógonos en centros educativos.

Lo que el estudio no puede determinar es cuánto se redujo realmente la ingesta de azúcar, sodio o grasas. Los propios autores concluyen que serán necesarios estudios longitudinales, mediciones más detalladas de la dieta y diseños más sólidos para precisar el efecto específico de las advertencias nutricionales. Mientras tanto, la fotografía de 2023 muestra una asociación temporal: después de los octógonos, menos niños uruguayos consumieron ultraprocesados el día anterior. Pero la causalidad sigue siendo una pregunta abierta.

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