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Por qué no hay que temer a las vacunas: lo que dice la ciencia y lo que no

La evidencia científica más sólida disponible muestra que los ingredientes de las vacunas son inocuos en las cantidades utilizadas, que no existe relación con trastornos del neurodesarrollo y que el verdadero riesgo para la salud pública es prescindir de la inmunización.

Foto con fines ilustrativos
Foto con fines ilustrativos

Las vacunas evitan entre 3,5 y 5 millones de muertes cada año, según la Organización Mundial de la Salud. A pesar de esta cifra, la desconfianza persiste. No se trata de un fenómeno nuevo: desde que Edward Jenner inmunizó al primer niño contra la viruela en 1796, una parte de la población ha visto las vacunas con recelo.

La diferencia hoy es que disponemos de un volumen de datos sin precedentes para evaluar su seguridad. Miles de estudios y décadas de monitorización han examinado hasta el último detalle. El veredicto de la comunidad científica es inequívoco: el miedo no se sostiene frente a la realidad de los números.

Un nivel de escrutinio que ningún otro medicamento soporta

Ningún fármaco se prueba en tantas personas sanas como una vacuna. Antes de recibir la autorización, cualquier nuevo preparado debe superar tres fases de ensayos clínicos controlados.

La fase I se realiza con decenas de voluntarios; la fase II, con cientos; la fase III recluta a miles o decenas de miles de personas y las compara con un grupo placebo. Solo cuando los beneficios superan con creces los riesgos, agencias como la Agencia Europea de Medicamentos o la FDA estadounidense conceden la licencia.

Pero la vigilancia no termina ahí. Una vez comercializada, la vacuna entra en sistemas de farmacovigilancia como VAERS en Estados Unidos o EudraVigilance en Europa. Estos sistemas recogen notificaciones de cualquier evento médico ocurrido tras la vacunación y permiten detectar señales de alerta incluso cuando la frecuencia es de un caso por millón.

Fue precisamente esta red la que identificó en tiempo récord los rarísimos episodios trombóticos asociados a algunas vacunas contra la COVID-19, lo que demuestra que el sistema funciona y protege a la población con una transparencia desconocida en otros ámbitos médicos.

La relación con el autismo: un fraude que la ciencia enterró hace décadas

En 1998, la revista The Lancet publicó un artículo de Andrew Wakefield que sugería una conexión entre la vacuna triple vírica y el autismo. La publicación fue retractada, Wakefield perdió su licencia médica y la investigación posterior no dejó lugar a dudas.

El metaanálisis de Taylor y colaboradores, que evaluó a más de 1,2 millones de niños, concluyó de forma contundente: “Los resultados de este metaanálisis sugieren que las vacunas no están asociadas con el desarrollo del autismo o del trastorno del espectro autista” (Taylor et al., Vaccine, 2014).

El mayor estudio de cohortes realizado hasta la fecha, liderado por Hviid y publicado en Annals of Internal Medicine en 2019, siguió a más de 650.000 niños daneses. Su conclusión fue igual de rotunda: “El estudio respalda firmemente que la vacunación contra el sarampión, las paperas y la rubéola no aumenta el riesgo de autismo, no desencadena el autismo en niños susceptibles y no está asociada con la agrupación de casos de autismo después de la vacunación”. Millones de datos, cero relación. La ciencia considera este capítulo cerrado de manera definitiva.

Los ingredientes que más temor generan son inocuos en las dosis empleadas

El aluminio se utiliza como adyuvante en algunas vacunas para potenciar la respuesta inmunitaria. La cantidad que recibe un lactante durante todo su calendario vacunal es inferior a la que ingiere en una semana de lactancia materna o de fórmula infantil. Un estudio farmacocinético de Mitkus y colaboradores, publicado en Vaccine en 2011, dejó el dato claro: “La carga corporal de aluminio tras la vacunación es muy pequeña en comparación con la procedente de fuentes alimentarias”. Es decir, la exposición vacunal es insignificante frente a la que nos llega por la alimentación diaria.

El formaldehído aparece en cantidades traza porque se usa para inactivar virus o toxinas. El metabolismo humano produce a diario una cantidad mucho mayor de formaldehído que la contenida en cualquier dosis. Con el timerosal, un conservante que contiene etilmercurio, se aplicó un principio de precaución máximo: pese a que múltiples estudios demostraron que no dañaba el neurodesarrollo, se retiró de casi todas las vacunas infantiles en los años 2000. Hoy, la mayoría de las vacunas pediátricas no llevan timerosal, y las que lo mantienen lo hacen en dosis que el cuerpo elimina sin acumular.

El sistema inmunitario maneja miles de estímulos sin despeinarse

A veces se oye que administrar varias vacunas a un bebé puede “sobrecargar” sus defensas. La inmunología básica dice lo contrario. Un recién nacido está expuesto a una avalancha de antígenos desde el primer minuto de vida: bacterias en el canal del parto, en la piel, en los alimentos. El número de antígenos que contienen todas las vacunas del calendario infantil es una fracción minúscula de ese bombardeo cotidiano.

El pediatra Paul Offit y su equipo calcularon en 2002 la capacidad teórica del sistema inmunitario infantil. Su análisis, publicado en Pediatrics, indicaba que un lactante podría tolerar hasta 10.000 vacunas a la vez sin comprometer su respuesta. Y, en el plano práctico, los ensayos clínicos con vacunas combinadas no han mostrado jamás un debilitamiento del sistema inmune ni un aumento de infecciones.

La conclusión del artículo es transparente: “Se debe tranquilizar a los padres, asegurándoles que el sistema inmunológico del bebé es capaz de responder a múltiples vacunas y que las vacunas no debilitan el sistema inmunológico” (Offit et al., Pediatrics, 2002).

Cuando el miedo se traduce en brotes y muertes evitables

La historia moderna ofrece ejemplos muy gráficos. En los años 70, Japón redujo la vacunación contra la tos ferina del 80 % al 10 % por temores infundados. Los casos se dispararon de 400 a 13.000 y fallecieron 41 niños. Algo parecido ocurrió en varios países europeos tras la difusión del artículo fraudulento de Wakefield: la cobertura de la triple vírica cayó y el sarampión regresó con fuerza, una enfermedad que puede causar neumonía, encefalitis y muerte.

En 2018, Europa registró más de 80.000 casos de sarampión y 72 fallecidos, el peor dato en una década. Todos los expertos coincidieron en que la causa principal eran las bolsas de población sin vacunar. El patrón se repite porque el mecanismo es el mismo: la desinformación rompe la inmunidad colectiva.

Cuando el porcentaje de vacunados baja del umbral necesario, el virus encuentra huéspedes susceptibles y se propaga. Los más afectados son quienes no pueden protegerse por sí mismos: bebés demasiado pequeños, pacientes oncológicos, personas trasplantadas o con inmunodeficiencias. La decisión de no vacunarse, por tanto, no es solo individual; tiene consecuencias directas sobre la salud del vecindario.

La paradoja del éxito: cuanto mejor funciona una vacuna, menos se valora

Las vacunas han borrado de nuestra memoria enfermedades que hace solo dos generaciones llenaban los cementerios. La viruela, la poliomielitis o la difteria ya no forman parte del paisaje cotidiano, y eso hace que el miedo se desplace del patógeno al producto. Es un fenómeno psicológico conocido: cuando el riesgo real desaparece, la percepción del riesgo secundario se magnifica.

La evidencia, sin embargo, no admite interpretaciones. Los efectos secundarios graves de las vacunas son extraordinariamente raros. La anafilaxia, por ejemplo, se presenta en menos de un caso por cada millón de dosis administradas y los centros de vacunación están preparados para revertirla en minutos. La infección natural que se pretende evitar tiene, en todos los casos, una tasa de complicaciones y mortalidad muchísimo más alta.

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