Libros antiguos triturados para alimentar la IA: la investigación que destapó el Proyecto Panamá
Escanear y destruir: el método con el que la IA elimina libros irrecuperables.

El pedido que encendió las alarmas
Todo empezó el 30 de abril, cuando Marçal Font recibió una solicitud que le resultó particular en la Librería Fénix, un local emblemático del comercio de libros antiguos en Badalona, Cataluña. Font, que además de librero es poeta y docente de Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona, ya está curtido en el rubro.
«Hace 20 años que me dedico a ser librero de viejo, o sea, que de compras extrañas he tenido millones, con lo cual ya no me alarmo», le relató a BBC Mundo.
La orden llegaba desde una empresa radicada en Canadá. Enviar libros en catalán al exterior no era novedad para la Fénix —»Mandamos libros hasta Japón, no es algo raro; pero el patrón (de compra) era extraño», aclaró—. Lo que despertó su sospecha fue el ritmo: a comienzos de mayo empezaron a caer pedidos en cascada, con cantidades dispares y costos de envío desmesurados, todo dentro de ventanas de 40 minutos a una hora.
Ante el temor de una posible estafa, decidió indagar y consultó a su amigo Xavier Vinaixa, un apasionado tanto de los libros como de la inteligencia artificial.
«Me llamó y me dijo, oye, me están entrando aquí pedidos con patrones raros, el mismo cliente, con envío al exterior y pagando tres veces gastos de envío», recordó Vinaixa, investigador y director técnico de la empresa tecnológica Sorensen.ai. Su primera hipótesis también fue el fraude, pero al tirar del hilo dieron con libreros de Alemania y Nueva Zelanda que atravesaban exactamente la misma situación.
Una inquietud que cruzó fronteras
Basta buscar en internet los términos «libros antiguos» e «inteligencia artificial» para toparse con casos idénticos. El diario británico The Telegraph, bajo el título «Barbarie cultural: cómo las empresas de IA están destruyendo los libros del mundo», recogió el desconcierto de un anticuario de Haarlem, Países Bajos.
«En el comercio de libros antiguos es muy poco frecuente que la gente quiera comprar más de un libro. Así que, si alguien viene y dice quiero un par de cientos de sus libros resulta muy extraño», contó Pieter de Vries.
En la misma línea, The Guardian citó a una librera de Victoria, Australia, que atendió pedidos de la misma firma que le compró a Font. «Hicieron el pedido, pagaron por adelantado y no pusieron reparos a los gastos de envío», detalló Delfina Manor. Todos estos relatos remiten a una investigación periodística que sacó a la luz lo que hoy se conoce como el «Proyecto Panamá».
Escanear para destruir
En setiembre de 2025, la firma de inteligencia artificial Anthropic aceptó desembolsar US$1.500 millones para cerrar una demanda colectiva de autores que la acusaban de usar sus obras sin autorización para entrenar sus modelos. Cuatro meses más tarde, el Washington Post reveló en exclusiva un documento del expediente judicial donde se detallaba un plan para digitalizar toda la producción escrita de la humanidad.
«El Proyecto Panamá es nuestro esfuerzo para escanear de forma destructiva todos los libros del mundo», decía el texto filtrado, que agregaba: «No queremos que se sepa que estamos trabajando en esto».
El argentino Maximiliano Firtman, docente y autor de libros sobre programación e IA, fue uno de los demandantes. Según explicó a BBC Mundo, el juez resolvió que, si la compañía adquiría el ejemplar, quedaba habilitada a usarlo para entrenar sus sistemas. «Y ahí empezaron a surgir los testimonios de libreros alrededor del mundo que reciben órdenes de libros que nadie tocaba», señaló.
Rodrigo Álvarez, periodista de tecnología del medio argentino Todo Noticias (TN), aclaró que existen dos formas de digitalizar. Una respeta el ejemplar mediante escáneres planos o dispositivos en forma de V que capturan las páginas sin desarmar la encuadernación. La otra es implacable: «El procedimiento destructivo es basicamente un proceso que comienza con el corte del lomo para que las hojas queden sueltas; las páginas ya separadas se introducen en escáneres industriales de alta velocidad», describió. Terminado el proceso, el libro queda inservible y sus restos van al reciclaje. Las empresas optan por este camino por una cuestión de escala, y fue el método que Anthropic empleó en el Proyecto Panamá.
Máquinas hambrientas de texto
Digitalizar preserva la escritura histórica, pero el móvil central parece ser alimentar a la IA. Vinaixa recordó que hablar de inteligencia artificial suele equivaler a hablar de un LLM, un gran modelo de lenguaje que aprende a comprender, resumir y generar texto prediciendo la siguiente palabra.
Firtman lo ilustró con una analogía cotidiana: «Todos usamos el teclado predictivo en nuestros teléfonos. Vos decís hola, estoy llegando… y capaz que te sugiere la palabra tarde». Un LLM es eso mismo, pero elevado a la millonésima potencia.
Primero se nutrió a estos sistemas con Wikipedia, blogs y foros; luego con artículos periodísticos y hasta subtítulos de YouTube. Cuando ese caudal se agotó, llegó el turno de los libros impresos ya digitalizados, después las bibliotecas y ahora los títulos rarísimos que solo habitan en librerías de usados. «Me comentaba de pedidos que le llegaban, por ejemplo, de la historia de los embutidos catalanes», ejemplificó Vinaixa sobre el caso de Font.
Cuando el dato pierde su contexto
La destrucción de ejemplares abrió un debate. Miguel Ángel Ortega, presidente de la asociación española UNILIBER, planteó que hay que distinguir las tiradas masivas de las limitadas: «Como comerciantes que preservamos el patrimonio (…) creemos que el uso final de una obra, de una edición muy limitada, escasa o única, lógicamente, no debería ser la destrucción». Álvarez coincidió y alertó sobre el riesgo de aniquilar ejemplares raros sin verificar cuántos quedan en circulación.
Font, en cambio, se mostró menos sentimental: «No soy nada romántico en ese sentido». Comparó su oficio con el de los veterinarios que terminan sacrificando animales y sostuvo que nadie destruye más libros que un librero de viejo. Si un título cuenta con depósito legal —que garantiza al menos entre 5 y 10 ejemplares conservados—, no le molesta que uno se pierda para volcarlo a un nuevo formato.
Su verdadera inquietud pasa por otro lado: todo lo publicado sin ISBN. «Toda la disidencia política del mundo, la lucha LGTBI, todos los fanzines de rebeldía, la contracultura, todo lo underground se ha hecho sin ISBN», advirtió, y teme que ese acervo desaparezca para las futuras generaciones.
Por eso, tanto él como Álvarez insisten en no confundir digitalización con conservación. «La digitalización de un libro no es lo mismo que conservar un libro; generalmente ese archivo digital suele quedar en una base de datos privada, fuera del alcance de lectores, bibliotecas e investigadores», subrayó el periodista, quien recordó que también se pierden la encuadernación, las anotaciones, las ilustraciones o la procedencia.
En este video el medio Ciudadano News explica cómo funciona el vacío legal aprovechado por las empresas de IA para potenciarse a cualquier costo
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