declive fiscal

La deuda de EE.UU. rompe otro récord histórico: supera los US$ 40 billones

El Departamento del Tesoro confirmó el hito el 19 de agosto de 2026, impulsado por el gasto en salud, seguridad social y el costo creciente de los intereses.

Foto: Casa Blanca
Foto: Casa Blanca

El Departamento del Tesoro reportó el 19 de agosto de 2026 que la deuda pública de Estados Unidos tocó por primera vez los 40 billones de dólares. La cifra exacta es 40,047 billones: 32,26 billones en manos de inversores y 7,78 billones en cuentas intragubernamentales. Lo que llama la atención no es tanto la magnitud del número como el ritmo al que se llegó.

En enero de 2022, cuando cruzó los 30 billones, pocos anticipaban que en solo cuatro años sumaría otros diez. En marzo de este año ya había superado los 39 billones. Eso significa que el último billón se acumuló en apenas cinco meses. Si se mira más atrás, la deuda total era de 19,4 billones hace diez años.

Se duplicó en esa década y, según el Comité para un Presupuesto Federal Responsable (CRFB), se cuadruplicó en menos de veinte años.

Un nivel que no se veía desde la posguerra

En marzo pasado, la relación deuda-PIB superó el 100% del producto interno bruto nominal. Esa barrera no se cruzaba desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Los registros del Tesoro muestran que el nivel comparable más cercano data de 1946, cuando el gasto militar disparó el endeudamiento.

Esa proporción, la deuda en relación al PIB, es el termómetro que usan los economistas para evaluar el peso real de la carga. Cuando sube demasiado, la pregunta sobre cómo se pagará empieza a rondar en los mercados.

La gran diferencia con aquella época es el contexto. En 1946, el crecimiento posterior al conflicto licuó la deuda en pocos años. Hoy, no hay indicios de que el panorama vaya a mejorar. El gasto no se contrae y los ingresos tampoco repuntan con la fuerza necesaria.

¿Por qué creció tan rápido la deuda estadounidense?

El principal motor del endeudamiento es el déficit fiscal, que ronda los 2 billones de dólares anuales. En términos simples, el Gobierno estadounidense gasta 1,33 dólares por cada dólar que recauda. A ese desequilibrio se suma el costo del financiamiento. Los pagos netos de intereses ya son la segunda partida del presupuesto, detrás de la Seguridad Social, y en los primeros diez meses del año fiscal 2026 superaron el gasto de Medicare. El pago anual de intereses ya supera el billón de dólares.

A todo eso se suman los gastos obligatorios en salud y seguridad social, dos partidas que no paran de crecer porque la población envejece. Cada año consumen un pedazo más grande del pastel presupuestario.

Y encima están los costos heredados: los recortes de impuestos que se fueron acumulando, las guerras de Irak y Afganistán, el colapso financiero del 2008 y el gasto descomunal de la pandemia. Para que se tenga una idea, en julio de 2026 el déficit mensual trepó a 432.000 millones de dólares, la cuarta cifra más alta que haya registrado el país.

El impacto en los mercados de bonos

El aumento de la deuda ya presiona el mercado de bonos del Tesoro. La rentabilidad del bono a 30 años subió a su nivel más alto desde 2007, en un contexto de menor demanda que se extiende desde fines de junio y que se agravó por el volumen creciente de deuda corporativa ligada al gasto en centros de datos de inteligencia artificial. La demanda de inversores extranjeros, que poseen cerca de un tercio de los bonos del Tesoro, también cayó en el último año.

Para contener la suba de rendimientos, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció la duplicación de los programas de recompra de bonos a largo plazo, con operaciones de al menos 4.000 millones de dólares cada una. Esta medida busca estabilizar el mercado, pero no aborda la causa estructural del problema.

Lo que dicen los especialistas

Maya MacGuineas, presidenta del CRFB, describió el fenómeno con una frase que resume el diagnóstico de buena parte de la comunidad económica: “Es asombroso lo predecible que puede llegar a ser el declive fiscal de una potencia mundial”. La observación subraya que el problema no es nuevo ni imprevisto, sino que ha sido advertido durante años sin que se tomaran acciones significativas.

Douglas Holtz-Eakin, expresidente de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO), fue más allá al calificar el desequilibrio presupuestario como “el enemigo interno” y advertir que “no existen medidas concretas” para revertir la tendencia. Su diagnóstico apunta a la parálisis política como uno de los principales obstáculos para implementar un ajuste fiscal.

La economista Jessica Riedl, especialista en presupuesto de la Brookings Institution, coincidió en el fondo del problema: “Se sabe desde hace tiempo que el gobierno de Estados Unidos va por una trayectoria bastante insostenible en materia de déficits”. Riedl enfatiza que la sostenibilidad fiscal no es una cuestión técnica sino política, y que requiere acuerdos que en el actual clima partidario parecen lejanos.

Qué implica para la economía cotidiana

El nivel de endeudamiento no es solo una cifra contable. Una carga de deuda mayor hace que los inversores exijan tasas más altas para financiar al Tesoro a largo plazo, y esas tasas más altas terminan encareciendo hipotecas, préstamos automotrices y créditos comerciales para los propios consumidores estadounidenses. El impacto en las familias ya se está sintiendo: la tasa fija de la hipoteca a 30 años promedió 7,2% en agosto, el nivel más alto desde 2000.

Además, limita el margen de la Reserva Federal para bajar tasas de interés y reduce el espacio fiscal disponible para responder ante una eventual recesión o crisis externa. Estados Unidos no cierra un presupuesto equilibrado desde 1998, y la Seguridad Social proyecta caer en insolvencia hacia 2032 si no se modifica su estructura de financiamiento.

Antes de este último salto, las proyecciones de organismos económicos anticipaban que la deuda superaría los 40 billones de dólares entre agosto y noviembre de 2026. La cifra terminó llegando en el extremo más temprano de esa ventana, lo que confirma que el ritmo de acumulación sigue acelerándose y que, hasta ahora, ninguna de las dos principales fuerzas políticas del país ha implementado un ajuste estructural capaz de revertirlo. La pregunta que queda abierta no es si la deuda seguirá creciendo, sino cuándo y cómo el mercado comenzará a exigir un cambio de rumbo.

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