La fascinante vida de Isabel Barreto, la almirante que fue la Reina de los Mares del Sur
La fascinante vida de Isabel Barreto, la almirante que fue la Reina de los Mares del Sur.

La única mujer que comandó una expedición naval en la era de los grandes descubrimientos del siglo XVI protagonizó una de las hazañas náuticas más notables de la Corona española: Isabel Barreto, marquesa y adelantada de los Mares del Sur, la primera mujer en ostentar el título de almirante en la historia de la navegación hispánica.
Una travesía sin precedentes con un capitán sin precedentes
La expedición que ella lideró recorrió unas 3.600 leguas marinas —aproximadamente 20.000 kilómetros—, la mayor distancia registrada por naves españolas en ese siglo. Atravesaron íntegramente el Océano Pacífico y se convirtieron en los primeros en cruzarlo por el hemisferio sur; además, dieron con las islas Marquesas, en la Polinesia.
A pesar de esos logros, Barreto sigue siendo una figura poco conocida y cargada de controversia: se la acusa de una crueldad extrema, como una pirata, tanto hacia su propia tripulación como hacia los pueblos nativos de las islas que descubrieron.
Orígenes y matrimonio con un adelantado: El sueño del oro y la partida del Callao
Nacida en 1567, su lugar de nacimiento es incierto —podría ser Pontevedra (España), con traslado a Lima en la infancia, o directamente Lima—. En 1585 contrajo matrimonio en Lima con Álvaro de Mendaña, navegante que 17 años antes había «descubierto» las islas Salomón, territorio mitificado por relatos de tesoros y ligado a la leyenda bíblica de Ofir.
Impulsados por la esperanza de riquezas, Mendaña e Isabel zarparon el 9 de abril de 1595 desde el Callao con cuatro naves para conquistar las Salomón y explorar la mítica Terra Australis Incognita (lo que sería Australia). La flota llevaba a más de 400 personas: 378 hombres y 98 mujeres —estas últimas, habituales en expediciones para poblar futuras ciudades coloniales—. Isabel Barreto integró la aventura con decisión.
La larga búsqueda, el primer hallazgo equivocado, tensión, motines y la pérdida de una nave
Durante tres meses navegaron el Pacífico tratando de alcanzar la latitud anotada por Mendaña en su primer viaje. Con instrumentos de navegación rudimentarios, no daban con las islas y la comida y el agua empezaron a escasear. El 21 de julio de 1595 avistaron tierra, pero no era Salomón: los habitantes hablaban distinto y su fisonomía era otra. Mendaña tomó posesión del lugar y lo bautizó islas Marquesas de Mendoza en honor al virrey del Perú; hoy se las conoce simplemente como Las Marquesas.
La expedición zarpó nuevamente y, en las duras condiciones de higiene y salubridad a bordo, se dispararon las dudas sobre la autoridad de Mendaña. Una de las cuatro naves, la Santa Isabel, desapareció en mitad de la noche sin dejar rastro. En septiembre de 1595, al borde de un motín, avistaron la isla de Santa Cruz: esta vez sí habían llegado al extremo sur del archipiélago de las Salomón, a la isla que hoy se llama Nendö.
Mendaña decidió desembarcar y fundar poblaciones, entre ellas Santa Isabel, en honor a su esposa. Don Álvaro y doña Isabel pasaron a ser marqueses del Sur, aunque sus dominios reales se limitaron a unas pocas cabañas; tampoco hubo ríos de oro. Desde el inicio, la convivencia fue tensa: enfrentamientos con nativos, abusos, disputas internas por las penurias y, finalmente, la llegada de una fiebre, probablemente malaria.
Ascenso y acusaciones de crueldad
En el plazo de un mes murieron 47 personas, incluido Álvaro de Mendaña. Antes de fallecer, Mendaña nombró a su esposa heredera y sucesora como gobernadora y adelantada de la expedición —cargo equiparable al de almirante—, convirtiéndola en la primera mujer en comandar formalmente una empresa naval de la conquista española.
Sobre su modo de mando, el piloto mayor de la expedición, el portugués Pedro Fernández de Quirós, afirmó: «De carácter varonil, autoritaria, indómita y despótica». Quirós sostuvo además que la expedición sobrevivió gracias a él. No obstante, esa versión ha sido puesta en duda: se sugiere que Quirós habría liderado una campaña de desprestigio para arrebatarle el mando e, incluso, que instigó rebeliones y provocó asesinatos de nativos para desestabilizarla.
Reconocimientos y defensores de la audacia de Barreto
Frente al relato negativo, hay quienes defienden a Barreto como una líder firme y necesaria en condiciones extremas. El hispanista Juan Francisco Maura sostiene que «Demostró unas excepcionales dotes de mando y la dureza que se requería para someter a la obediencia a hombres rudos y aventureros» y agrega que «Muy bien sabía doña Isabel que si no provocaba cierto miedo en los marineros y soldados, difícilmente podría mantener esperanzas de llegar viva a puerto. No creo que existiese otra posibilidad teniendo en cuenta la situación límite por la que estaban pasando».
La retirada hacia Filipinas, la dura travesía y un logro histórico con la certeza de un nuevo continente
La situación en Santa Cruz llevó a la flota a zarpar rumbo a las Filipinas —entonces posesión española—. La travesía hasta Manila fue un calvario: fiebres, escorbuto y pérdidas continuas —un segundo barco se perdió y el San Felipe se separó pero alcanzó Mindanao—. El 11 de febrero de 1596 el galeón San Jerónimo llegó a Manila, diez meses después del despegue del Callao; quedaban menos de 100 personas de las más de 400 iniciales, sumadas a otras 40 que sobrevivieron en el San Felipe.
Aun con las pérdidas, la expedición había logrado la mayor distancia navegada por españolas en el siglo XVI —unas 3.600 leguas marinas—, ser los primeros en cruzar el Pacífico por el hemisferio sur y confirmar la existencia de un quinto continente, bautizado entonces como Australia del Espíritu Santo en honor a Felipe III.
Recepción en Manila, nuevo matrimonio y regreso con fortuna
Isabel Barreto fue recibida en Manila como una heroína. Tres meses luego se casó con Fernando de Castro. Aunque nunca regresó a las islas que le dieron el título de marquesa, ella y Castro volvieron al Nuevo Mundo en un peligroso viaje enfrentando grandes tormentas. En Perú hicieron fortuna vendiendo productos orientales comprados en Filipinas, entre ellos sedas chinas.
La primer almirante de la historia murió en 1612, a los 45 años, en Castrovirreyna, una población minera peruana donde su marido ejercía de gobernador. Su testamento revela que alcanzó riqueza: poseía 11 esclavos, numerosas joyas y objetos de valor, y ordenó que el convento de las Clarisas de Lima celebrara 2.000 misas por ella en los seis meses posteriores a su muerte.
Sobre la dificultad de reconstruir su biografía, Maura advierte: «Lo que se sabe sobre ella aún es muy superficial y se basa en el retrato muy negativo que hace de ella el portugués Pedro Fernández de Quirós». Y añade: «Pero estoy seguro de que en diferentes archivos españoles, en Filipinas y en Perú debe haber información sobre ella que todavía no se ha investigado». Maura concluye con su valoración personal: «Yo desde luego la admiro. Es cierto que debía de tener muchísimo carácter, pero fue un personaje formidable».

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