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Argentina entre una suba de precios constante, baja en las compras y unas paupérrimas vacaciones de invierno

Argentina en turbulencia: inflación, menor poder adquisitivo y vacaciones de invierno que son una pesadilla para la industria. “No recuerdo una temporada peor”, dijo un hotelero de Mar del Plata.

Devaluación récord y sus efectos: precios disparados, salarios en caída y un mercado interno en crisis
Devaluación récord y sus efectos: precios disparados, salarios en caída y un mercado interno en crisis

En los últimos meses, Argentina enfrenta una compleja situación económica (otra más) marcada por una fuerte devaluación del peso y un aumento sostenido en los precios de los alimentos. El Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (ISEPCI) advierte que en los barrios populares, los precios de los alimentos suben mucho más rápido que lo que refleja el índice oficial del INDEC, pero con una particularidad alarmante: también se registra una fuerte caída en el consumo.

Esto significa que, aunque los precios aumentan, la cantidad de compras disminuye, lo que genera un escenario de volatilidad y tensión en la economía doméstica de las clases menos favorecidas.

Desde fines de julio, el tipo de cambio sufrió un incremento del 4,1% en apenas dos días hábiles, acumulando un alza mensual del 13,8%, el mayor desde la devaluación de fines del 2023. Este movimiento de la moneda impactará en los precios durante agosto, intensificando la presión sobre los consumidores y los comerciantes locales.

La relación entre la devaluación y el aumento en los precios es prácticamente automática, ya que la mayor parte de los insumos y productos terminados dependen en alguna medida de los costos en dólares. Sin embargo, lo que llama la atención en este contexto es que, pese a estos aumentos, la demanda sigue en caída, apuntando a un fenómeno que puede tener consecuencias duraderas en la estructura económica y social del país.

La estrategia del Gobierno de Milei: una recesión inducida para contener la inflación

El Gobierno de Argentina ha adoptado una estrategia que denomina de «recesión inducida» para contener la escalada de los precios y evitar que la inflación se dispare aún más. La medida busca, en esencia, reducir la demanda a través del control del ritmo de crecimiento de los salarios y de la actividad económica en general.

Este plan, que incluye limitar los aumentos salariales por debajo de la inflación, busca frenar el consumo de manera controlada para que no se descontrole la inflación de alimentos y otros bienes básicos.

Un reciente informe del ISEPCI revela que esta estrategia ya tiene efectos claros en los barrios populares, donde los precios de los alimentos aumentan más rápido que en otras áreas, pero la cantidad de compras disminuye notablemente.

En concreto, durante junio, los alimentos en estos barrios aumentaron más del doble de lo que reflejaba la inflación general, con un incremento superior a los dos puntos porcentuales en comparación con los datos oficiales del INDEC. Se anticipa que para julio esta tendencia se mantendrá, reafirmando que los precios están muy por encima de lo que el índice oficial indica.

El padrón de comercios en estos barrios difiere significativamente del que informa el INDEC, ya que en los barrios populares predominan los «comercios de cercanía chinos», mucho más distribuidos que las grandes cadenas de supermercados que el instituto oficial mide. Esto hace que las fluctuaciones de precios en estos comercios sean aún más difíciles de calibrar por las estadísticas oficiales, que no capturan con precisión la realidad local.

La diferencia en los precios de junio, que para el INDEC fue de apenas el 1,1%, en estos barrios podría situarse en torno al 3,4%, evidenciando un subregistro en las mediciones oficiales y reforzando la percepción de que los aumentos en los precios son mucho más elevados de lo que se indica.

Uno de los componentes clave que ha contribuido a este incremento en los precios es la devaluación del peso. En especial, los precios de productos clave como la carne, trigo y maíz experimentaron alzas significativas — del 5% en carne y del 10% en trigo y maíz — lo cual, sumado a las subas en aceites y harinas, alimenta las expectativas de nuevas subas en productos básicos.

Los megaretailers como Mondelez, Unilever, Colgate y Mastellone, ya han presentado listados de aumentos que fluctúan entre el 4 y el 9 por ciento, evidenciando cómo las gigantes multinacionales trasladan los costos al consumidor final.

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La unificación entre inflación y caída del consumo en los barrios vulnerables

La situación se ha vuelto insostenible en los barrios populares donde, a pesar del incremento en los precios, la cantidad de ventas y, por ende, el poder adquisitivo de las familias se reducen dramáticamente. En junio, los precios de los alimentos en estos sectores crecieron un 3,4%, mientras que las ventas disminuyeron un 4%, según datos del ISEPCI. La caída de consumo va acompañada de la subestimación de los niveles de pobreza, ya que la inflación real en estos barrios es mucho mayor que la reflejada oficialmente.

Este fenómeno está estrechamente vinculado a las políticas económicas del tándem Milei – Caputo, quienes aplican una política de ancla salarial y recesión inducida para controlar la inflación, pero que, en realidad, generan efectos contraproducentes en los sectores más vulnerables. La pérdida del poder adquisitivo es profunda: los salarios de bolsillo cayeron un 5,5% en los últimos cuatro meses, situándose un 1,4% por debajo de noviembre de 2023. Además, si se utiliza el ponderador de la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares (ENGHO) 2017-2018, la caída del poder adquisitivo alcanza un alarmante 11,2%.

Este deterioro del salario efectivo no solo refleja la pérdida del poder de compra, sino también un retroceso en los niveles de vida de amplios sectores de la población. La reducción del salario real afecta directamente en la capacidad de las familias para afrontar necesidades básicas, incrementando las tasas de pobreza y vulnerabilidad social.

La política oficial, que busca una estabilización económica a través de la restricción del gasto y la contención salarial, termina en un círculo vicioso donde la economía familiar se ve cada vez más afectada, y la inflación sigue en ascenso pese a los esfuerzos del Estado.

El impacto del recorte del poder adquisitivo en las vacaciones y el turismo interno

Las vacaciones de invierno en Argentina reflejaron claramente el deterioro en la situación económica de las familias. Según un informe de CAME, la estadía promedio en destinos turísticos bajó de 4,1 a 3,9 días, y el gasto diario en turismo se mantuvo en torno a los $89.236, pero ajustados a la inflación, este monto resulta un 4,8% superior al del año pasado.

La cantidad de personas que viajaron por el país fue de 4,3 millones, gastando aproximadamente US$ 1.163 millones. Sin embargo, en comparación con 2023, el número de turistas cayó un 21,5%, y la duración de sus estadías se redujo en un 13,3%.

El principal factor que explica esta merma es la pérdida de poder adquisitivo en los hogares, que limita las opciones de viaje y de disfrute de vacaciones. Además, la menor presencia de turistas internacionales, debido a los tipos de cambio menos favorables y la situación económica general, también influyó en la reducción del movimiento turístico interno.

El clima más frío y lluvioso, asociado a las bajas temperaturas, llevó a que los destinos de playa perdieran atractivo, mientras que destinos de montaña, nieve y turismo rural ganaron en preferencia.

En este contexto, las provincias que tradicionalmente recibían numerosos turistas, como Bariloche, Ushuaia, Mendoza o Salta, experimentaron números inferiores a los del año pasado, reflejando la difícil situación del sector turístico. Aunque el turismo interno movilizó a millones de argentinos, la oferta y la demanda se vieron afectadas por la crisis económica y la pérdida de competitividad cambiaria.

A pesar de ello, algunos efectos positivos, como la dispersión de las vacaciones escolares, ayudaron a distribuir mejor el flujo turístico y evitar una sobrecarga en las rutas nacionales, permitiendo una cierta continuidad en el movimiento durante todo julio.

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