"COPENHAGUE", EN EL TEATRO STELLA

Un resonar de truenos lejanos

Los primeros en trasmitirnos un fervoroso interés por la pieza fueron Fernando Masllorens y Federico González del Pino, la agencia «F y F», más tarde, en nuestro medio, dos destacadísimos hombres de teatro que mucho admiramos pero cuyos nombres no nos sentimos autorizados a revelar, tuvieron la pieza entre manos, con respeto y aprecio; ahora, al fin pero en el lugar más destacado, Júver Salcedo y Jorge Denevi, son quienes han llevado esta pieza hasta la escena.

Es fácil comprender que poner en escena una obra que trata en buena parte de física atómica, con la teoría de Planck sobre los quanta y la teoría de Einstein de la relatividad, del principio de indeterminación de Heisenberg — que es brillantemente explicado en la escena– y algunas otras como la doctrina sobre complementariedad y giro y de neutrones, protones, electrones y partículas, una obra que cuando deja la física atómica trata de cuestiones éticas y psicológicas que crean una atmósfera de unción y misterio, no puede, en el papel, prohijar grandes esperanzas en la recaudación.

No obstante, recordamos que cuando se estrenó en nuestro medio Wozzek, de Bûchner por Teatro del Pueblo en lo que fue el teatro Victoria, se supuso que no sería vista sino por un núcleo muy reducido de intelectuales, pero fue, en cambio, un éxito de público. Y nadie podría imaginar, en el papel, que Rompiendo códigos, de Whitemore, que trata de temas no menos arduos como las computadoras, estuviera en escena por varias temporadas.

Copenhague, precedida por su éxito resonante en Londres y Broadway puede tener en nuestro medio similares triunfos.

Hay una fascinación en Cophenague. Una de sus causas es la época y el ambiente de la Segunda Guerra Mundial. Quienes vivieron en aquellos tiempos no olvidaron sus principales episodios, el halo de misterio y siniestro prestigio que rodeaba al nacional socialismo, la sensación de omnipotencia que proyectaban los triunfos, tan resonantes como continuos, de las divisiones Panzer, la inesperada caída de Francia, los bombardeos de Londres. Pero la vida corriente continuaba por debajo y por detrás de los movimientos de los ejércitos, predilectos de los titulares de los periódicos y de los noticiarios Movietone. Algo, aunque pequeño, debía haber cambiado en las mentes y en las conductas; y todos los filmes que han intentado describir esta vida común, han encontrado una respuesta atenta del público.

El diario de Ana Frank tuvo más que las estadísticas, La lista de Schindler nos contó acerca de un personaje vivo, con defectos y con ribetes heroicos, pero compartible, al que recordaremos más y mejor que al Rescate de soldado Ryan.

Copenhage va al encuentro de esa necesidad de saber, de esa curiosidad por la vida cotidiana bajo la égida triste de Marte.

En 1941, el físico alemán Werner Heisenberg visita, en la Dinamarca ocupada, a su colega y amigo Niels Bohr. No se conoce el tema de su conversación, que transcurrió a lo largo de una caminata por la ciudad, lejos de los posibles micrófonos ocultos; ni uno ni otro revelaron las palabras que intercambiaron; en 1945 estallaba sobre Hiroshima la primera bomba atómica. Algo ocurrió en los laboratorios durante esos cuatro años y verosímilmente la conversación pudo recaer sobre las posibilidades energéticas de la fisión nuclear y, naturalmente, sobre la responsabilidad de los científicos por el empleo letal de la ciencia.

Pero si Copenhague va hacia la vida que no aparece en la prensa, no está nunca muy lejos. A partir de las pequeñeces de la vida cotidiana pueden gestarse, como a partir del modesto átomo, grandes conmociones.

La conversación de los dos científicos pudo cambiar la historia; pudo ser un episodio intrascendente. Algo tiene del temor y temblor del horror atómico, todavía lejano pero que se anuncia con tambores en la noche; pero todo transcurre en la conversación de tres personas.

Copenhague es una obra de atmósfera y todo transcurre bajo nubarrones; aún las palabras que se dicen estar cargadas de inquietud alerta.

No hay tormentas posibles entre los dos científicos, y los relámpagos que se cruzan entre ellos palidecen ante el panorama que vemos nosotros, cuatro años después, como un siniestro decorado que los protagonistas no advierten, imaginario pero no menos presente.

El autor, Michael Frayn, ha encontrado un gran tema o mejor aún, un gran punto de vista para un gran tema: una mirada oblicua y casual, una luz rasante que ilumina y destaca lo que no es normalmente visible.

No hay concesiones: la obra progresa con economía de medios, con una austeridad de expresión que rehuye frases felices y rasgos de ingenio; se niega a sí misma enhebrando diferentes hipótesis, contradictorias entre sí, sobre lo que pudo haber sido. Hay un solo tema, que el autor ha asido firmemente de comienzo a fin, pero al realizarlo, con tanta consecuencia y tanta probidad, ha logrado diseñar, como sin proponérselo, un amplio espacio para el misterio.

La puesta en escena de Jorge Denevi estuvo de acuerdo con el espíritu de la obra. No hay escenografía; se ven unas sillas; y todos los efectos dramáticos están realzados por la iluminación (Carlos Scavino).

La obra se apoya en la interpretación, donde los tres actores alcanzaron la excelencia. Júver Salcedo (Niels Bohr), fue siempre exacto en los tonos vocales, sobrio y expresivo en los gestos de las manos y el rostro; Humberto de Vargas (Werner Heisenberg) supo encarnar a Heisenberg con la energía y talento que le son habituales y aún le dio un aura de misterio, conflicto y enigma; Mary Da Cuña, que sigue siendo una de nuestras mejores actrices, interpretó a Margrethe, la esposa de Bohr, un personaje aparentemente secundario pero del que fluyen las preguntas y las réplicas más inquietantes, las que Bohr y Heisenberg no quieren o no se atreven a hacer explícitas.

Por su calidad, su sobriedad, su potencia intelectual y su precisa puesta en escena, Copenhague ha sido una de las mejores obras del año. *

 

COPENHAGUE, de Michael Frayn, por Teatro de la Gaviota. Con Júver Salcedo, Mary Da Cuña y Humberto de Vargas. Vestuario de Nelson Mancebo, iluminación de Carlos Scavino, dirección de Jorge Denevi. Estreno del 9 de noviembre, Teatro Stella, sala 2.

 

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje