"Kassandra": obra de Sergio Blanco, arte privado en la escena de Saten
El actor debe fingir que es lo que no es: su arte es un arte al borde del precipicio. Algo de sus peligros vio la Iglesia cuando excomulgó a los actores y no prohibió sus obras.
«Kassandra» es una máscara sobre una máscara que está sobre otra máscara. Hay un primer laberinto para extraviar al espectador, y es el idioma, el inglés chapurreado en que está dicha casi toda la obra. Es un inglés deliberadamente erróneo y mal pronunciado: pero así debe ser, para darnos una pista y despistarnos, para que comencemos a entender que nada es lo que parece.
El monólogo trata aparentemente de una prostituta; pronto sabremos que «ella» es la máscara de un travesti que es un contrabandista. Falso travesti, porque luego viene la historia de Casandra, a quien se llama como en la novela de Christa Wolff y en «Kassandra in progress» de «Oi Nois aquí traveiz», «Kassandra». Pero «Kassandra» no es Casandra, la desdichada hija de Príamo que muere como concubina de Agamemnón. Es promiscua hasta copular con Aquiles y Diomedes, diablura imposible para una princesa de la Troya sitiada; y también con su hermano Héctor.
No es la primera vez que el tema del incesto aparece en la obra de Sergio Blanco. El autor propició o sugirió «Agatha» de Marguerite Duras, que interpretaron Roxana Blanco y Claudio Castro, con la dirección de Nelly Goitiño; escribió «Calibre 45″ con la escena de la unión de los hermanos en la muerte. No hay tantas, ni tan eficaces máscaras, porque todas tienen el mismo rostro y dicen lo mismo: un secreto a voces, un secreto de Polichinela.
Este atraer la atención y despistar y dejar más pistas nos invita, al revés de Casandra que adivinaba el futuro, a adivinar el pasado; pero allí no logramos encontrar más que un pecadillo, muy emocionante para quienes lo cometieron y luego, como el rey de Thulé, arrojaron la copa de oro al mar; pero la importancia para el público de esta historia no termina de verse.
Es cierto que hay dos públicos para «Kassandra»: hay un primer público, el más amplio, el único que debería importar, que no está en autos y sólo puede ver una historia muy forzada y contradictoria donde Casandra, que resistió los avances de un dios, es una heroína del marqués de Sade. Son para ese público los chorros de sangre con que se venga Clitemnestra y los juguetes sexuales con los que Roxana Blanco nos muestra la penetración de un ano masculino por un pene de plástico. El segundo público conoce desde siempre toda la historia; y cuando se la vuelven a contar envuelta en una anécdota sin grandeza, se aburre.
Roxana Blanco es una notable actriz. Había mejores formas de mostrar su espléndido talento; pero el Dr. Jekyll no sería el Dr. Jekyll si no quisiera ser Mr. Hyde, y Roxana hizo este año, con Gabriela Iribarren, «De madera de nogal», de Agösto Silveira, una obra para olvidar. A pesar del compromiso, del riesgo y del abismo, «Kassandra» es también para olvidar. Parte del público se queda afuera; la otra parte del público estaba adentro antes de empezar. «Kassandra» no tiene ningún público posible. Es una obra de arte privado, para un número de personas que se cuenta con los dedos de una mano. Es un juguete, como los chiches sexuales que manipula la actriz en la obra.
KASSANDRA, de Sergio Blanco por «Complot, Compañía de Artes Escénicas Contemporáneas» con actuación de Roxana Blanco. Vestuario de Florencia Rivas, dirección de Gabriel Calderón. En Saten, calle Juan Carlos Gómez 1323.
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