El trazo utópico
Hay, por detrás de La nave de los locos de El Bosco que ilustra la carátula de El enviado del fuego, una idea en curso, seguramente en movimiento perpertuo –¿no es acaso eso el ejercicio literaio?– de capturar personajes por fuera de todo sistema posible y necesario.
Personajes de una funda, de un volumen, de peso y forma que los desmarca de cualquier consideración de lógica conservadora.
El propio Mauricio Rosencof, autor de El enviado del fuego, tal vez su más espigado texto escrito a la fecha, se decidió por construir un relato de una sintaxis apretada con un sistema de puntuación muy estricto que puede evocar –en algunos observadores agudos– a los mejores textos del brillante novelista argentino Andrés Rivera, el de La revolución es un sueño eterno y El verdugo en el umbral.
Lo cierto es que su trazo escritural es, por momentos, fascinante.
Un texto si se quiere que trabaja personajes de estirpe cotidiana y a la vez universal, si se piensa en imprescindibles como Chaplin o más cercanamente como Fosforito. Personajes, en el último pliegue de la realidad, que devienen animales utópicos como el propio Mauricio Rosencof.
Los locos son o deben ser liberados, sí, porque son los que le otorgan otra textura a la idea de fantasía, a la noción de creatividad y a la de vivir por fuera de con todo los riesgos que tal decisión supone.
Esa prosa de una economía puntillosa se vuelve, en definitiva, un texto luminoso y doblegador, amplificador de un humanismo (y una poética, pues) poco frecuente en las letras uruguayas. Un gran texto, Mauricio.
El enviado del fuego, Alfaguara 177 páginas. *
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