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No se vive en soledad: el desgaste silencioso de las familias frente a las adicciones

Poner límites no es "sacar al hijo a la calle", sino establecer condiciones claras para el bienestar de todo el hogar; el verdadero desafío está en alinear a toda la familia (padres, abuelos y hermanos) para evitar que el adicto encuentre fisuras donde refugiarse.


Las adicciones no se viven en soledad. Detrás de cada consumo problemático existe una red familiar que también atraviesa el impacto de la situación, muchas veces en silencio y sin herramientas para afrontarlo. Madres, padres, parejas, hijos y hermanos experimentan un desgaste emocional profundo, cargado de culpa, incertidumbre y la angustia de ver a un ser querido perderse en las sustancias.

El consumo problemático, como explica el especialista Antonio Pascale, en el podcast MP Talks, va más allá de la adicción. Se define como aquel patrón repetido de consumo que genera repercusión en áreas fundamentales: la biológica, la académico-laboral, la sociofamiliar o la legal. Este fenómeno es multicausal, involucrando factores neurobiológicos, genéticos, psicosociales y ambientales, lo que exige un abordaje interdisciplinario donde la familia forma parte esencial del tratamiento.

Las primeras señales de alerta suelen manifestarse a través de cambios en las rutinas: nuevos grupos de amistades, alteraciones en hábitos de higiene y alimentación, escapismo del hogar y mentiras frecuentes. Sin embargo, como señala Luis Brando, operador terapéutico, una de las características más complejas de esta enfermedad es la negación. Las personas con consumo problemático suelen ser las últimas en reconocer su condición, lo que coloca a la familia en una posición desafiante.

Cuando se trata de adolescentes, el panorama se vuelve aún más delicado. El cerebro humano continúa su desarrollo hasta los 21 o 22 años, y la adolescencia representa una ventana de vulnerabilidad crítica. El consumo de alcohol, cannabis u otras sustancias durante esta etapa puede generar alteraciones en memoria, aprendizaje, atención y control de impulsos. Aunque muchos de estos efectos pueden ser reversibles al cesar el consumo, la precocidad y frecuencia aumentan significativamente el riesgo de daños permanentes.

Contrario a la creencia popular, no existe evidencia científica que demuestre una teoría de escalada donde el cannabis necesariamente lleve a drogas más duras. La gran mayoría de consumidores de cannabis no progresan a otras sustancias. Sin embargo, esto no minimiza los riesgos: las altas concentraciones actuales de THC pueden desencadenar cuadros psicóticos agudos, trastornos de ansiedad y dependencia psíquica significativa.

El camino hacia la recuperación es complejo y requiere paciencia. Como bien expresa María José Fernández, madre de un joven con consumo problemático, la familia debe aprender a poner límites claros y condiciones de convivencia. Esto no significa «sacar al hijo a la calle», sino establecer condiciones sobre cómo se desea vivir, priorizando el bienestar de todos los miembros del hogar. Los límites también se extienden a otros familiares que, aunque bien intencionados, pueden sabotear el tratamiento al ofrecer vías de escape.

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Uno de los aprendizajes fundamentales es que el cambio debe comenzar en uno mismo. La codependencia —centrar toda la vida en el adicto— debe transformarse en autocuidado. Como señala María José, nada puede cambiar si uno no cambia, y no se puede modificar al otro. La herramienta más poderosa es aprender a vivir, concentrarse en el propio bienestar y no acompañar decisiones con las que no se está de acuerdo.

El trabajo con la familia comienza desde el primer momento, incluso cuando el paciente está en fase de precontemplación o negación. La psicoeducación familiar proporciona herramientas para manejar crisis, establecer límites y actuar ante situaciones difíciles. La alianza terapéutica debe preservarse, siempre informando al paciente sobre las conversaciones con la familia para no romper el vínculo de confianza.

La recaída, aunque no es parte inevitable del proceso, puede ocurrir y debe trabajarse sin dramatismo, identificando los desencadenantes y retomando el camino. La recuperación no es voluntaria ni forzada; surge cuando la persona, enfrentada a sus límites, pide ayuda y comienza un proceso de desnudar sus máscaras para aceptar verdaderamente el cambio.

 

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