La mesa está servida: la loba que parió el belicismo se encuentra otra vez en celo
Al haberse agotado íntegramente nuestra edición del último miércoles, cuando el diario fijó su posición editorial ante la hecatombe norteamericana, en la pluma de nuestro director, múltiples llamadas de lectores que se quedaron sin diarios nos reclamaron volver a reproducir la posición editorial de LA REPUBLICA que tanta controversia ha causado. Cumplimos hoy el deseo de esos lectores reproduciendo íntegramente la nota editorial de nuestro director. He aquí su texto:
«EEUU no está preparado para recibir los féretros de 10 mil muertos». Han pasado ya 11 años cuando una azorada embajadora norteamericana en Bagdad, April Glaspie, recibía el 25 de julio de 1990 de la propia boca del déspota Saddam Hussein, la siniestra advertencia iraquí que este fatídico 11 de setiembre –día lúgubre para los latinoamericanos que amamos al pueblo chileno– se tornara espantosa realidad.
20 mil civiles indefensos fueron víctimas ayer de un atentado coordinado y suicida de una magnitud jamás conocida en tiempos de paz en la historia de la humanidad.
Quien se dedica a matar a los pueblos en lugar de desafiar a las ideas no merece comprensión de ningún ser nacido de vientre humano.
Quienes en nombre de las ideas han matado siempre las ideas, pero con los hombres adentro, no merecen nuestra compasión.
La iniquidad de la gran bacanal terrorista de este martes negro del siglo XXI, nos enfrenta hoy con una secta de patanes enamorados de la muerte que han asestado un golpe mortal a quienes bregamos por un mundo antiimperialista, engarzado en la justicia, la igualdad y la libertad, lejos de las iniquidades a las que nos han condenado las 500 corporaciones transnacionales dirigidas sin oposición alguna en un mundo unipolar por la potencia más poderosa de todos los tiempos.
«Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos». La frase cruel, inmisericorde, sin mezcla de piedad alguna ante los inocentes que morirían sin saber por qué, no fue dicha por los kamikazes que piloteaban ayer los boeing de la muerte. Tampoco fue lanzada en lengua árabe. Fue dictada en el año 1209 por el representante del Papa católico, en la inclemente Cruzada contra los albigenses. Como se puede apreciar todos los fanatismos son iguales y provienen de la despreciable raíz de la intolerancia. Bien podía haber sido pronunciada por los pilotos suicidas que ayer sabían que la mayoría de los 20 mil asesinados no eran sus enemigos, más bien eran también víctimas de un sistema incurable de iniquidad incapaz de evitar la producción consciente de la infelicidad de los más, en beneficio de los menos.
¿Cómo no condenar la barbarie y la hecatombe de ayer?
¿Pero acaso debemos quedarnos sólo en la condena?
¿No es responsabilidad de todo ser pensante desgarrado por la tragedia, la búsqueda de un escape a esta insania colectiva, a este callejón sin salida, que amenaza a nuestra civilización, a la que nos ha conducido un sistema infame donde 1.800 millones de seres humanos «viven» con menos de un dólar diario, mientras que 2.800 millones de «suertudos» duplican esa cifra y sobreviven con dos dólares por día en tanto que sólo 500 transnacionales controlan más del 50% de la producción de 6.200 millones de terráqueos, en una distribución de la riqueza jamás soñada por ser pensante alguno?
¿Condenar la insania de los comandos suicidas, su crueldad y su garrafal error político, es cosa fácil, unánime y hasta diría perezosa?
Buscar entender lo que nos está pasando y encontrar la ganzúa capaz de horadar el granito que impide el paso de la humanidad hacia la paz que se merece, es algo que requiere valentía y lucidez.
Esta es la tarea heroica de hoy. La gran revolución que nos exige la hora es la construcción de la paz, que nos es tan esquiva.
La gran revolución del siglo XXI será ética o no será.
Edgar Morin, uno de los judíos más lúcidos del siglo XX nos proponía, alejándose del ruido de sus hermanos de sangre, un sendero para salvar a la humanidad: «Civilizar la tierra, civilizar las relaciones del hombre con el hombre y del hombre con la sabiduría y la naturaleza».
¿Cómo poner fin al tiempo del fundamentalismo teocrático de los asesinos sin poner al mismo tiempo fin al tiempo de los asesinatos en masa por hambre diseñados por los fundamentalistas del mercado cuyo único dios y tótem es la ganancia por sobre las necesidades humanas?
Recordamos el pensamiento de un judío humanista como Morin. Recordemos ahora a su hermano árabe, Taieb Baccuche, noble intelectual tunecino, también alejado del ruido de sus hermanos de sangre, presidente del «Instituto Arabe de Derechos del Hombre» y director de la «Revue Arabe des Droites del Homme» cuyas ideas pacifistas resistieron los muros de la cárcel intolerante: «La dictadura del proletariado fue un eslogan; la dictadura del mercado no es un eslogan, es la dictadura de la realidad».
La nueva revolución va por ahí. La nueva insurgencia jurídica y moral pasa por su densidad ética como la que nos plantean el judío Morin y el árabe Baccuche.
Y volvamos a tomar prestado el pensamiento recientemente expresado la semana pasada en Le Monde, que expropiamos de Internet, escrito por el presidente del Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia, por su presidente de Honor, Théo Klein, en forma de carta al premier Ariel Sharon.
La carta es memorable. Dice así en sus partes esenciales: «Yo me dirijo públicamente a usted, jefe del gobierno de Israel porque he llegado a la conclusión de que es preciso decir, alto y fuerte, que la política de réplica de Israel ha alcanzado su punto extremo de absurdidad. No se trata de una política que implica un pensamiento y un objetivo reconocido posible, sino de una «bagarre» trágica donde desgraciadamente todos nuestros valores morales están en trance de ensombrecerse. Sí; esta acción es absurda porque no se hace otra cosa que alimentar la pasión y el odio, porque ella moviliza a la población palestina en torno de aquellos que consideran sus combatientes, mientras que entretiene a la población israelí con la ilusión de una falsa seguridad. ¿Cuándo admitirá usted que son los tanques y los misiles israelíes los que agitan el viento de una revuelta?».
Y culmina Théo Klein citando al profeta Samuel: «No es la fuerza la que hace a un vencedor. Sí; lo reconozco. Mis propósitos no tienen la aparente solidez de una acción militar. Comportan el riesgo de ser incomprendidos, pero toda la historia de la humanidad nos enseña que sólo la inteligencia puede vencer a la violencia».
Klein hace honor a la inteligencia judía con la valentía de esta memorable carta al halcón Sharon.
Sin seguir intentando buscar voces judías y árabes, inteligentes y amantes de la paz que pongan fin al odio y al desencuentro, miremos en nuestra propia cultura.
Es Federico Mayor Zaragoza, ex director general de la Unesco, con quien me honré en trabajar codo a codo en ese nuevo contrato moral de la sociedad que fue «La cultura de paz» que él lideró con gallardía, quien nos señala el camino. Dijo, siendo la figura máxima de la catedral de la cultura mundial: «La decisión de utilizar la fuerza fuera del marco de las Naciones Unidas constituye un precedente de incalculables consecuencias y de particular gravedad. No podemos recomendar y luchar por la democracia a escala nacional para hacer frente a los problemas nacionales y aceptar luego una oligocracia a escala internacional para resolver a su modo los problemas del mundo. Pero una vez más, la espada en vez de la palabra. Y una vez más, la victoria para nadie y la derrota para todos. La primera víctima de toda guerra es la verdad, dice un conocido
proverbio. Nada más cierto en esta decadente cultura bélica en la que todavía nos hallamos inmersos».
Y si no queremos quedarnos en este siglo de barbarie, de purificaciones étnicas, donde todo adversario merece la aniquilación, demos una vuelta por el pasado y recreemos el aleccionador debate entre Sócrates y Calicles. Este –y cualquier similitud con lo que vendrá no es mera coincidencia– defendía ante Sócrates y el Consejo de los 50 magistrados el imperativo de la fuerza con su pensamiento más conocido: «La justicia es el derecho del más fuerte».
Sócrates, ese gran humanista a quien no venció la cicuta, hoy inmortal, lo derrotó ante la asamblea ateniense: «Es preferible sufrir la injusticia que hacerla y, si se ha cometido una injusticia es mejor sufrir el castigo que huir de él».
Si bien Sócrates no dejó nada escrito, mal le pese a don Carlos Menem, en su famosa boutade, su pensamiento bien debería ser leído por el gran sheriff del planeta Tierra, el hoy 43 presidente de los EEUU, quien al enterarse de la masacre dejó a un lado su obligación de estadista, calzó sus pistolas al cinto y espetó ante un mundo perplejo: «Ya salgo de cacería». Por lo menos así lo escuché yo anonadado por las cadenas de televisión norteamericana en la mañana de ayer.
Abría de esta manera la puerta al linchamiento, al viejo estilo de sus antepasados sureños.
Debe saber George Bush que ya no es más el gobernador de Texas.
Que EEUU no puede ser gobernado como lo fue el estado de Texas.
El mundo no es Texas, donde por cada 100 mil adultos casi un millar están en prisión, el doble que el promedio nacional y donde el actual presidente norteamericano firmó como gobernador la tercera parte de todas las ejecuciones, asesinatos legales, de todas las penas de muerte que se han producido en todo el territorio de la Unión.
Hoy la civilización que conocemos está pendiente de la decisión de este señor, elegido por sus conciudadanos en una elección de triunfo dudoso o por escasos sufragios de diferencia con su contendor demócrata.
Con Mister Bush en la Casa Blanca todo puede suceder.
Ya le salieron sus mentores para afilar su oxidada espada.
Bill Richardson, embajador de EEUU en la ONU, afirmó que la respuesta será «devastadora y militar».
Henry Kissinger por su parte reclamó una respuesta «igual a la de Pearl Harbor».
Obviamente Bush no es Ghandi. No tiene el coraje ni la grandeza ética de un Ghandi, que con la sola fuerza moral de su convicción pacífica puso de rodillas al imperio británico.
Tampoco tiene vocación de Luis XVI. Más bien se parece a Luis XIV que si no había razones la única salida era vomitar fuego y mandó a grabar en sus cañones la leyenda ominosa de «última ratio regum».
Entre sus coterráneos se ve en el espejo de Truman aniquilando Hiroshima con varios millones de grados centígrados y cientos de miles de bars de presión atmosférica con sólo una bomba que bautizó con áspero humor negro como «little boy» compuesta por 4 toneladas de uranio 235 y plutonio 239.
O también puede reflejarse en el espejo de Theodore Roosevelt y su política del big stick, entrando a saco en América Latina con su «Manifest Destiny».
El nuevo «Destino Manifiesto» que ahora se apresta a defender pasa por su absurdo «escudo antimisiles» en un mundo unipolar donde el enemigo histórico ya no existe y su costoso escudo no sirve para detener a los pelotones suicidas de seres humanos que se inmolan con la promesa de la vida eterna. Su «Destino Manifiesto» pasa hoy por sabotear los protocolos de Kyoto negándose a reducir los gases tóxicos y el recalentamiento de la Tierra para defender la vida de 217 millones de automóviles y camiones norteamericanos y poder seguir utilizando el 23% de toda la energía comercial del planeta. Su «Destino Manifiesto» es quebrantar los santuarios de Alaska para extraer su preciado oro negro. Su «Destino Manifiesto» es su negativa a combatir los paraísos fiscales con el inconfesable propósito de no impedir que el lavado de dinero termine como producto final «limpio» en EEUU. Y finalmente su «Destino Manifiesto» pasa por un proyecto de ley mundial que impida que las tropas estadounidenses y sus ciudadanos puedan ser juzgados por un Tribunal Penal Internacional previsto en el Tratado de Roma. En el colmo de su arrogancia, Bush chantajea a la ONU con no pagarle los mil millones de dólares que le adeuda si el Tratado Penal Internacional no establece, a texto expreso, la inmunidad e impunidad de las tropas norteamericanas y sus ciudadanos en misiones en el extranjero.
El diario El País de Madrid ya ha informado que esa inadmisible exigencia ha sido calificada como «la ley de invasión de La Haya», sede del Tribunal cuyos límites los norteamericanos procuran recortar.
Han sonado las fanfarrias de la venganza en el comando belicista de la Casa Blanca. Y ya se alimentan con el único afrodisíaco que conocen: el poder sobre los demás.
El mundo se apresta a asistir a las vendettas miserables de unos contra otros.
La loba que parió a la peor época imperial se encuentra otra vez en celo.
Y no les importa si caerán inocentes. La frase de la cruzada cristiana que recordábamos –«matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos»– parece revivir con el espanto.
Aún no se identificó al enemigo que activó la hecatombe y ya están programando la noche de San Bartolomé.
¿Dónde están las huellas dactilares ideológicas de este crimen bárbaro? ¿Esperarán a obtenerlas? ¿Acaso el atentado favorece a los palestinos, principales perjudicados de la represalia? ¿A quién beneficia realmente esta insania?
¿A los halcones o a las palomas?
Elemental mister Watson.
Parece caerle bien a estos halcones el pensamiento de Alejandro Dumas: «No existe desastre que el hombre no pretenda explotar, catástrofe de la que no se logre sacar provecho, ni acontecimiento calamitoso que no tenga sus jugadores al alza y baja».
Pero, cuidado, no sea que el poder afirmado sobre las ruinas de las leyes y los derechos humanos obligue al presidente Bush a gobernar con los despojos morales que queden.
No quiero terminar estas reflexiones consternadas sin coincidir con un hombre, con el que casi todo me separa, pero que en la emergencia, siendo un notorio partidario de la política norteamericana, demostró poseer neuronas de estadista.
Me refiero a nuestro Presidente, don Jorge Batlle Ibáñez.
Ayer no se unió al corifeo punitivo ni a la vindicta pública y en una improvisada conferencia de prensa convocó a los agredidos a que «tengan nervios de acero y no tomen medidas que puedan causar males peores a la humanidad; si los hechos ocurridos en la mañana de hoy (por ayer) han sido extremadamente graves, tanto como ellos o más graves pueden ser las consecuencias que abarcan todas las áreas de la vida de las sociedades».
La historia está fatigada.
Nos toca hoy a todos los que creemos en el humanismo solidario despertarla para construir una civilización justa y pacífica.
Pido permiso para soñar.
Federico Fasano Mertens – Director
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