En uno de los aviones estrellados iba el uruguayo Alberto Domínguez
La ciudad de Boston prometía otra cálida mañana de verano. El Logan International Airport, ubicado en el noreste de la principal ciudad del estado de Massachusetts, tenía un típico movimiento de días martes, con turistas y viajeros locales que se entrecruzaban, buscando alguno de los cinco módulos para el embarque a las aeronaves.
Alberto Domínguez era un uruguayo inmerso en esa vorágine de saludos, maletas y pasajes en mano. No era la primera vez que recorría las amplias instalaciones de esa, una de las principales terminales aéreas norteamericanas.
Ya no lo impresionaban el Legal Sea Foods Restaurant ni el Samuel Adams Boston Brewhouse con sus cotizadas ofertas gastronómicas. Tampoco eran ajenas para él la sofisticada plaza de comidas o las tentadoras ofertas del gigantesco shopping.
Esta vez la visita no había sido de placer. Aunque habían quedado atrás los momentos de tensión familiar por una intervención quirúrgica a su cuñada, deseaba volar rápidamente a Los Angeles, para desde allí viajar a su hogar en Sydney, Australia. Domínguez ingresó por la puerta identificada como «Gate C 19″, luego de embarcar sus maletas y recibir la sonrisa de la funcionaria de la aerolínea que chequeó su tarjeta de embarque. El vuelo 175 de United Airlines, una de los cincuenta y tres partidas previstas para ese día, lo esperaba con puntualidad.
El avión despegó en hora, a las 7.58 horas locales. El viento soplaba a 40 kilómetros por hora en dirección noreste. El cielo mostraba leves nubosidades dispersas. Había una visibilidad de 33 kilómetros y una temperatura apenas superior a los 20 grados…
El campeón de velocidad
Camilo Velázquez (67), desde hace años director técnico del equipo ciclista del Club Nacional de Football, recibió con dolor y sorpresa la noticia de la trágica muerte de su amigo Alberto, con quien fue compañero de equipo en varios torneos internacionales.
«Recuerdo en particular varias pruebas internacionales de seis días, en los años en que corríamos juntos», dijo anoche Velázquez a LA REPUBLICA. «Es un tipo de carreras a la americana que todavía se corren en Europa. Alberto corrió conmigo en Buenos Aires y en San Pablo en los años 59 y 60″, recuerda.
Velázquez recupera de entre unas carpetas con viejas fotos y recortes de diarios algunas imágenes de otra época, en las que aparece junto a Domínguez. «Alberto era un muchacho muy alegre, siempre amigo de hacer chistes», rememora emocionado.
«En todas las delegaciones que me tocó viajar con él, nos peleábamos para aprontar el mate. Un día lo hacía Luis Pedro Serra, otras veces él y otras yo. Andábamos bastante juntos aunque siempre corríamos por distintas instituciones.
El por el Unión y yo un tiempo por Nacional y luego por el Maroñas», explica.
Alberto Domínguez había nacido en el Buceo, cerca de Avenida Italia y Comercio. Junto a sus hermanos abrazó desde niño el deporte del pedal. Se inició en el Club Ciclista América, donde comenzó a competir en los años cincuenta. Junto a Walter Salgués compuso un dupla que no tenía rivales.
Después pasaría al Club Unión Ciclista, una institución que hace cuatro años dejó de competir, pero que continúa afincada sobre la Avenida 8 de Octubre, en la Curva de Maroñas. Con su casaquilla fue que logró el título de Campeón Nacional de Velocidad en pista que lo consagraría en el velódromo en 1953.
En 1957, Domínguez integró la cuarteta olímpica uruguaya junto a Alberto Rey, Alberto Velázquez y Rodolfo Rodino. También defendió la celeste en los Juegos Panamericanos de 1959, en Chicago, donde participó en ruta y pista; y compitió en velocidad en los Panamericanos de 1963, en San Pablo.
Un avión, hace cuatro décadas
Cuatro décadas atrás, exactamente el 21 de febrero de 1959, Domínguez subía a otro avión. Embarcó desde la pista del Aeropuerto Internacional de Carrasco, en su natal Montevideo, en un vuelo AB 806 de la empresa Real Aerovías que lo llevaría a la ciudad de San Pablo.
Junto a él viajaban su compañero de equipo Camilo Velázquez y el italiano Giussepe Sunseri. Los tres viajaban a Brasil para enfrentarse en una Prueba Internacional de 6 días, en las que intervendrían representativos de América y Europa.
El hoy técnico tricolor levanta una de las viejas fotos y sonríe al recuperar un recuerdo: «Aquí fue cuando salíamos para competir en San Pablo en el 59.
Faltaba una hora y nosotros dos veníamos ganando la carrera. Los portugueses nos querían comprar.
Se corría en postas. En una de esas, veo que Alberto se cae, lo había agarrado del manubrio el italiano Sunseri. Yo le gritaba que volviera a correr, pero Domínguez salió corriendo por toda la pista al italiano. Lo quería matar. Al final seguimos, pero perdimos una vuelta y salimos segundos. Esa noche el embajador uruguayo nos pidió tranquilidad porque no había quedado bien esa actitud violenta.
Todo venía bien, hasta que me viene a saludar con un beso el mismo Sunseri. Le negué el saludo. Alberto me dice por qué. Le digo porque nos hizo perder. Y me dice: «Ah, entonces, ahora sí lo mato…» y lo volvió a correr y casi lo tira por una ventana… Era muy temperamental», rememora Velázquez.
«La última vez que lo vi fue hace dos años, cuando vino a Montevideo. Creo que se terminó comprando una casita por Solymar, porque a él le gustaba mucho la playa.
Era muy querido, dio muchas manos en Australia a los uruguayos… Esto que le pasó, es una de esas desgracias que no tienen que pasar. Siempre los que no tienen nada que ver son los que pagan las culpas», reflexiona. *
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