Colgaron en el Louvre un cuadro del príncipe Andrew cuando fue arrestado
Algo ocurrió este domingo en el museo más visitado del mundo que nadie esperaba ver: una foto de uno de los amigos íntimos de Jeffrey Epstein siendo arrestado por la policía británica.

Hay algo en la imagen que resulta difícil de ignorar. Un hombre mayor, de traje oscuro, sentado en el asiento trasero de un coche, con la mirada perdida hacia algún punto que la cámara no alcanza a ver. La fotografía fue tomada el 19 de febrero de 2026 por un fotógrafo de Reuters. El hombre es Andrew Mountbatten-Windsor. El mismo día, era su cumpleaños número 66. También era el día en que la policía británica lo detuvo.
Once horas estuvo retenido. Once horas en las que, según las autoridades, fue interrogado por presunta conducta indebida en el ejercicio de un cargo público. Las acusaciones giran en torno a su época como enviado especial de comercio del Reino Unido, cuando supuestamente habría filtrado a Jeffrey Epstein información confidencial: datos sobre un acuerdo entre el Royal Bank of Scotland y Aston Martin, contratos vinculados a la reconstrucción de Afganistán. Al salir de la comisaría fue dejado libre «bajo investigación». Esa tarde, esa fotografía ya circulaba por todo el mundo.
Tres días después, esa misma imagen apareció colgada en una pared del Museo del Louvre de París.
No fue el museo quien la puso ahí. Fueron activistas del grupo «Everyone Hates Elon», una organización que se define como antimillonarios y que en los últimos meses ha protagonizado varias acciones de protesta en espacios públicos de alto perfil. Este domingo 22 de febrero entraron al Louvre como cualquier visitante, se acercaron a una de las paredes y colgaron la fotografía enmarcada. Debajo colocaron una etiqueta con cinco palabras: «He’s Sweating Now – 2026″.
Quince minutos. Eso fue lo que tardó el personal del museo en retirar la imagen. Pero en esos quince minutos alcanzó a ser fotografiada, grabada y distribuida en redes sociales. Para cuando salió del edificio, ya no importaba que no estuviera. El mensaje había viajado solo.
La frase no es casual. «He’s sweating» es una referencia directa a uno de los episodios más recordados del escándalo Epstein. Virginia Giuffre, quien denunció haber sido víctima de abusos sexuales siendo adolescente y señaló al entonces príncipe Andrés como uno de sus agresores, contó que a principios de los años 2000, mientras estaban en un club nocturno, él sudaba abundantemente.
La frase se convirtió en símbolo. Giuffre murió en abril de 2025. Se suicidó. Su hermano y su cuñada usaron esas mismas palabras para reaccionar públicamente al arresto del expríncipe días atrás. Los activistas las retomaron y las colocaron bajo su retrato en el museo más visitado del mundo.
Un portavoz del grupo declaró: «Pensamos que mostraríamos al ex príncipe Andrés cómo el mundo lo recordará colocando esta icónica foto de su arresto en el Louvre. Esperemos que esto sea solo el comienzo. Justicia para todas las supervivientes de Epstein.»
Lo que ocurrió en el Louvre este domingo no es un hecho aislado ni un acto vandálico menor. Es el síntoma de algo más profundo: una rabia acumulada durante años alrededor del caso Epstein, una sensación extendida de que los poderosos han evadido consecuencias mientras las víctimas cargaban con el peso público del escándalo.
Virginia Giuffre llegó a un acuerdo extrajudicial con el expríncipe en 2022. Andrés nunca admitió responsabilidad. Nunca fue procesado penalmente por esos hechos. Y sin embargo, hoy su fotografía cuelga, aunque sea por quince minutos, junto a obras que llevan siglos en esas paredes.
El arresto del 19 de febrero es, según historiadores consultados por distintos medios, la primera vez en casi cuatro siglos que un miembro de alto rango de la familia real británica es detenido por la policía. Eso solo ya es historia. Que esa historia haya llegado enmarcada al Louvre convierte el episodio en algo que excede lo judicial y entra en el territorio de lo simbólico, de lo cultural, de lo que las sociedades eligen recordar y de qué manera.
La fotografía ya fue retirada. El marco, confiscado. Los activistas, identificados por las cámaras del museo, podrían enfrentar consecuencias legales. Pero la imagen, esa imagen de un hombre de traje oscuro mirando hacia ningún lado desde el asiento trasero de un coche, ya no necesita ninguna pared para existir.
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