Sobre la integración de la Suprema Corte de Justicia
La vacante producida en la Suprema Corte de Justicia con motivo del cese de la doctora Sara Bossio ha puesto otra vez sobre el tapete el viejo tema de la necesidad de acuerdos interpartidarios. El nombramiento de los miembros del máximo órgano del Poder Judicial exige una mayoría especial de la Asamblea General, mayoría con la que el gobierno actual no cuenta.
Por lo menos en el caso de la integración de la Suprema Corte de Justicia la Constitución prevé una salida a la posible impasse: transcurridos noventa días de producida la vacante, si no hay acuerdo político para designar al nuevo miembro, ingresará automáticamente el ministro de Tribunales de Apelaciones con mayor antigüedad en el cargo.
El constituyente también previó cómo salir del atolladero cuando no hay acuerdo para nombrar a los miembros de los directorios de los entes autónomos, pues ha dispuesto que en caso de no obtener la aprobación de la venia solicitada, el Poder Ejecutivo podrá volver a presentar la solicitud al cabo de sesenta días, y la venia se otorgará por mayoría simple. Para desdicha del sistema institucional, el constituyente no previó la posibilidad de que no hubiera acuerdo para integrar los organismos de contralor, con lo cual tanto la Corte Electoral como el Tribunal de Cuentas de la República mantienen la composición surgida de las elecciones de 1994.
Desde luego que todo acuerdo implica concesiones recíprocas de ambas partes en litigio; para llegar a un entendimiento, para alcanzar una salida, es preciso que cada uno ceda en algo, renuncie a ciertas pretensiones y acepte propuestas del otro; es inevitable que así sea en todos los órdenes de la vida, y en política que para muchos es el arte de lo posible–aun más. Desde que asumió el gobierno actual, desde estas páginas hemos expuesto reiteradamente la necesidad de concretar acuerdos entre oficialismo y oposición. Entendíamos y seguimos entendiendo–que la mayoría con que cuenta el partido de gobierno en ambas cámaras legislativas no es lo suficientemente amplia como para prescindir de los partidos del llano. No se trata de la repartija de cargos oficializada en el «tres y dos» que consagraba la Constitución anterior, pero sí de la necesidad de que oficialismo y oposición se pongan de acuerdo sobre ciertos puntos básicos, políticas de Estado, metas comunes a todos los uruguayos que permitirían un accionar de gobierno más fluido.
La integración de los partidos minoritarios en la conducción de los entes y empresas estatales no sólo es importante para la función de contralor que debe ejercer la oposición, sino sobre todo, para que los representantes de ésta aporten ideas y propuestas con el fin de mejorar la gestión. Es muy lamentable que se hayan frustrado los intentos de acuerdo que en los meses previos a la asunción del doctor Vázquez y en los primeros días de su gestión parecieron concretarse.
Probablemente la inflexibilidad sea atribuible a unos y otros, pero la actitud del Partido Nacional apareció como más caprichosa y rígida que la del Frente Amplio a la hora de llegar a un acuerdo para la integración de los entes. Y esa rigidez, esa intransigencia ha vuelto a mostrarse en otras oportunidades posteriores en las que, lejos de mostrarse flexible y dispuesto, el nacionalismo ha doblado la apuesta encaprichándose puerilmente y cerrando las puertas a toda posibilidad de acuerdo. Precisamente en estos momentos en que se trata de integrar la Suprema Corte de Justicia, la propuesta del doctor Larrañaga de trocar la aquiescencia de su partido para designar al nuevo ministro por la derogación del IRPF resulta, como lo ha expresado el presidente Vázquez, absolutamente improcedente; no es una propuesta de recibo pues implica un toma y daca deleznable y mezquino.
Ante esta realidad, lo más deseable sería tal vez que oficialismo y oposición acordaran designar al magistrado más antiguo, pues ello no significaría otra cosa que adelantar lo que ocurrirá dentro de tres meses, y de ese modo el máximo órgano del Poder Judicial no quedaría desintegrado por ese lapso tan extenso.
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