Rigor del absoluto, del bien y del dogma, en nombre de ningún sentido

«… El plan marcha a la perfección.. Ya está cocinado!… ¿pueblo de rodillas?… y ¡en silencio!… Abran sus nalgas, esperen las nuevas órdenes y entreguen su dinero… ¡Cómo quieran!, ¡Donde quieran!, ¡Cuándo quieran!… No les interesa el porvenir ¿no?… Espere por favor… anoto… ¿Cuánto? ¿Cuánto me ha dicho?… pero no retengo bien las palabras, sepa disculpar…
No hay nada que disculpar, ¡no te preocupes!… ¿En qué te puedo ayudar o qué tema te gustaría que revisemos juntos hoy?… Piedra libre, manada de víctimas… victimarios a la vista (Fragmento de mi novela «¡Cómo quieran!… ¡Dónde quieran!… ¡Cuándo quieran!», 2026).
El rigor de lo absoluto, del bien y del dogma representa la búsqueda humana de verdades inmutables, pero también el peligro de caer en fanatismos que anulan el pensamiento crítico y justifican la violencia. Cuando una idea se eleva a la categoría de verdad incuestionable, se transforma en una estructura rígida que niega la pluralidad y clausura la posibilidad de diálogo.
El dogmatismo excesivo bloquea el progreso del conocimiento y se sostiene mediante la censura o la coacción ideológica, instalando procesos inquisitivos y dictatoriales, en nombre de reglas morales fijas e inamovibles: retroceso atroz en la vida de una humanidad dócil, que no resiste a la imposición del bien absoluto, lo que históricamente ha justificado y justifica grandes masacres y la deshumanización de quién siente y piensa diferente.
En mi libro The Big Relato (2007), he intentado conceptualizar acerca de los avances digitales, no como herramientas neutrales de progreso, sino como complejos dispositivos de dominación y formateo de la identidad. Sostengo que el individuo del milenio dejó de ser un sujeto sometido a controles externos para convertirse en un «auto-explotador».
El usuario confunde la hiperactividad y la autoexigencia digital con una falsa idea de libertad personal… Manifiesto que la mente humana bajo el imperio algorítmico nunca descansa debido al flujo interminable de estímulos y datos. Esto genera un agotamiento crónico que anula la capacidad crítica y de reacción de las personas. Y deviene en proponer el «hartazgo» como una postura filosófica activa y una ruptura digna ante los sistemas opresivos.
Defiendo una «épica del desobediente», hace décadas, como la única respuesta ética viable frente a las estructuras de control tecnocrático, totalitario y dictatorial de gobiernos sociópatas, que permanecen al márgen de la existencia de los pueblos en estado de orfandad y temor, frente a un presente al que se se sienten excluídos… Pueblos sometidos al rigor absoluto de caprichos psicopáticos, imbuidos de una crueldad y sadismo extremos, eliminando etnias, creencias ancestrales, etc., en nombre de Sión, tal como propone Javier Milei, el más sionista de los presidentes del planeta, como se autodefinió este engendro… La humanidad atravesaría por ciclos y por el que transita se presenta bastante impertinente a nuestra condición innata de simplemente ser.
El silencio es un mecanismo que a través de la historia ha demostrado su eficacia para la restricción de libertades civiles. El silencio o el silenciamiento es de gran utilidad para perpetuar el poder, es una fuente de acumulación de riqueza y terreno fértil para la corrupción endémica, en Argentina… Absoluta degradación de una comunidad, como la argentina, que no precisa ya de gobiernos que discriminan, humillan, silencian al diferente, manteniendo un estereotipo de comportamiento vetusto y degradante.
Incluyo en su accionar, la poca estima de los valores humanitarios, los prejuicios colectivos de los grupos gobernantes y su pares, elegidos por un electorado desorientado ante estos funcionarios que se asimilan a la práctica del etnocentrismo, fanatismo por el fraude, la mentira, el odio a la libertad y la verdad, al conocimiento y la solidaridad.
Con profunda preocupación por el silencio de millones y por las declaraciones de los habilitados en medios corporativistas a alentar la discriminación en la diferencia, no dudar en hacer una denuncia a escala global, tan prematura como lúcidamente citados en la primera fase de la Carta de las Naciones Unidas en 1945, una salida inmediata, que podría sentar antecedentes sobre la real situación de sobrevida que millones de ciudadanos sufren en Argentina, un campo de exterminio que soportan los que nada tienen o los que disentimos con un proceso de derrumbe de todo registro ético, de los que no negociamos jamás con delincuentes y criminales.
El mal, en tanto principio dialéctico, es una negación, una deconstrucción de raíz constructiva, ya que posibilita la dialéctica de la transformación contra todo lo que se vuelve rígido y absoluto. No hay por tanto mal en el mal y sí en el rigor del absoluto, del bien, del dogma, de todo lo que vuelve continuo, todo lo que tiende a lo indiferenciado o a la indiferencia. Lo bueno de lo malo se opone pues a lo malo de lo bueno.
Una alteración en la lógica de las transformaciones, que por naturaleza sufrimos o disfrutamos… Esa alteración equivale a una conversión del mal en bien, a una inversión funcional: lo relativo convertido en dogma, la ley en modelo de delito.
Quizás la imagen de Lucifer lo ilustra mejor. Lucifer, la estrella matutina, el lucero del alba, Venus, es esa luz que brilla sobre las demás antes de salir el sol, arropada por la oscuridad pálida de la noche e iluminada por el reflejo del sol escondido. Es una luz equívoca y engañosa, presuntuosa, ya que se siente responsable del mismo amanecer.
Se distingue con vanidad del resto de las estrellas y se siente distinta, haciéndose esclava de una doble ingenuidad, de un falso cálculo. La ingenuidad de sentirse diferente y la ingenuidad de sentirse permanente, al pensar que el alba es obra suya. Tal ficción momentánea representa perfectamente la alteración a la que señalo como demonismo, como estancamiento, como fijación del primer golpe distintivo.Una situación delicada para la génesis cultural.
Este estancamiento genera un tipo de terceridad parcial, incompleta: paleo-mitos escindidos, compuestos de fragmentos absolutistas. Si el dios, el mito, el teorema, el poema o la obra eran absolutos relativos, la conversión del demon relativizador en absoluto, en contramito, en contra obra, será un relativo absoluto.
El gran problema cultural en este milenio, consiste en establecer fórmulas para relativizar lo relativo vuelto absoluto, ejecutar un segundo contragolpe constitutivo. En ese contexto, las «filosofías débiles», el «estilo deconstructivo», el «proyecto dolce», el producto light, la vida soft o la geometría blanda, son meros síntomas de la situación más que ensayos de solución personal.
El demonismo, ese colapso, esa dificultad, en la que afloran toda suerte de resurrecciones dogmáticas, devenidas en la eliminación de los registros éticos, a los que hice mención en editorial pasada, como única salida de la matrix y del estado de degradación del ser.
Si el medioevo nos parece íntimamente ligado a la peste, la tuberculosis aparece ligada al romanticismo, este tiempo está ligado por somatizaciones devenidas de instancias de incertidumbre ante un mundo que no se entiende, asimiladas al cáncer, el sida, el covid y la eutanasia cual tiro de gracia algorítmica. Estos tienen como agentes extraños seres que nadie ha llegado a visualizar claramente y que se han denominado retrovirus, Igual que ellos.
El dogma de lo relativo no ataca directamente, no pone en guardia al anfitrión frente al virus, sino que altera insospechadamente, afecta a su génesis, a su memoria. El anfitrión, incapaz de enfrentarse contra sí mismo, sucumbe por debilidad o malformación… Como las comunidades eliminan toda referencia a la verdad, contra la penetración de la mentira de ninguna verdad, como fuente de toda información del acontecer del mundo.
Una mirada hacia la realidad, inventada o real concreta, me bastaría para ilustrar profusamente cualquier sintomatología para la alteración de los demoníaco en demonismo, cual metáfora de la existencia en era de la post verdad, que derrumba todo intento de liberación.
Nos queda el lenguaje, cuál componente de la historia, pero cuando se desplaza por la confusión en que medios y redes sociales narran el presente sin destino y pérdida de sentido, el vacío de significados provoca una pérdida de la vigencia de lo «real» para, de ese modo, dejar el pensamiento humano librado a una suerte de ser un eterno paria de lo que jamás aconteció.
Y bien, nada sucede a destiempo y el lenguaje es el instrumento que utilizo para describir la realidad obtusa que experimentamos. El lenguaje es la base de la narrativa que podría ser de utilidad para asimilarse a una propuesta plural, profundamente política y antiautoritaria.
Una revolución drástica, sin teorías declaradas, ni ideologías expresadas, se impuso, lo apreciamos ante aberrantes actos consumados, se hizo visible cuándo ya estaba instaurado el nuevo orden mundial globalizado, aplicando una ley de eutanasia novelada… Y respondo a esta realidad que la vida nos regala, con las palabras del revolucionario Juan José Castelli que lanzó en la Revolución de mayo de 1810: «La revolución -escribe Castelli- se hace con actos y se narra con palabras. Con muerte. Y se pierde con ellas… desarmado, me acojo al sueño eterno de la revolución para resistir a lo que no resiste en mí. El sueño eterno de la revolución sostiene mi pluma…» (Prólogo de mi ensayo Final en forma ordenada, Ed. La cifra, 2000)
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