El Clan Stirling

Un drama de amor, con presagios de tragedia, conmovía a una lánguida comarca de Escocia en las postrimerías del siglo XVIII. La joven y bella Catalina, niña mimada de la famila Erskine, corría peligro de quedar viuda antes de casarse con su pretendiente Alejandro, el menor de los Stirling, quien ya le había robado su corazón y reclamaba el goce de «todo lo demás». La familia Erskine se opuso, al considerar que Alejandro era indigno del rango social de la novia, descendiente por línea bastarda de un lejano Rey de Escocia. «Stirling no es un buen candidato –amonestaron sus parientes a Catalina, delirante porque Alejandro concretara sus deseos–. Que se aleje de tu vida, o nos cobraremos la suya», sentenciaron. La condena a muerte era irrevocable.

Se casaron en secreto y ese mismo día, con algunas libras provistas por el padre de Alejandro, huyeron rumbo a Brasil, a bordo de una goleta donde libaron mieles de la luna durante toda la travesía.

En Rio de Janeiro, el joven Stirling –que tenía estudios de arquitectura y afición por la ebanistería– fue contratado en la construcción del Palacio del Emperador Pedro I en Petrópolis, para supervisar las esculturas en madera.

Rio era entonces una villa insalubre, rodeada de pantanos, donde todo tipo de enfermedades diezmaban a los lugareños. El primer hijo del matrimonio (David) murió de fiebre amarilla. La angustia de Catalina convenció a su esposo de abandonar Brasil en busca de un clima más benigno. Partieron entonces para Buenos Aires.

Apenas llegar, los Stirling encargaron al segundo David, esta vez argentino y resistente, al que seguirían con los años diez hijos más. Alejandro Stirling trabajó como ebanista en el tallado de la puerta de la catedral bonaerense, antes de afincarse finalmente en Uruguay.

Las razones que motivaron a los Stirling a empacar de nuevo y cruzar el río fueron también sanitarias, pero de origen político, conforme a la versión de una de sus hijas, Isabel. Según cuenta la historia, a los escolares que no manifestaban su adhesión al gobernador Juan Manuel de Rosas usando una escarapela punzó –distintiva de su causa– los molían a golpes, en el marco de la terrible guerra civil que enfrentaba a «federales» contra «unitarios». La fatalidad se ensañó nuevamente con el nombre David, el pequeño Stirling argentino de apenas 10 años: una salvaje golpiza policial le causó fractura de caderas, dejándole postrado en cama por muchos meses y el resto de su vida sin poder caminar. La horrorizada madre, una vez más, reclamó emigrar.

Los Stirling se habían hecho muy amigos de los Haedo. Como miembros del patriciado colonial español, los Haedo habían sido agraciados con vastísimas tierras en la Banda Oriental. Estos amigos vendieron 2.000 cuadras de sus tierras a los Stirling. Alejandro obtuvo así la ocasión de practicar la cría de ganado, como sus ancestros lo hicieran antaño en Escocia. En el epicentro de aquel vasto territorio, Alejandro Stirling construyó una mansión que se convertiría en «la estancia madre», una casa de estilo virginiano con notables columnas en la fachada principal. La estancia fue bautizada con el nombre guaraní de «Viraroes».

El resto de la familia –entre los que se encontraba el bisabuelo de nuestro Guillermo ministro y candidato– remontó el río Uruguay hasta alcanzar las costas de los departamentos de Río Negro y Paysandú, para reunirse allí con su padre y ayudarlo en el trabajo rural.

La paz y seguridad que anhelaban los colonos escoceces tampoco imperaban en torno a su nueva residencia, debido a las luchas entre «blancos» y «colorados» que inflamaban el país alrededor de 1850.

Sucedió un día que Alejandro, hijo homónimo del jefe de familia, emprendió una larga cabalgata para inteceptar el paso de su madre. Un grupo «colorado» lo detuvo a medio camino para pedirle informaciones. En ese preciso momento, un grupo «blanco» estaba observando la escena desde lejos, sacando la conclusión de que Alejandro era un espía al servicio del enemigo. Este grupo estaba al mando del mismísimo General Flores en persona. Nunca más se supo de Alejandro, y se presume que fue matado allí mismo. Desde ese momento, todos los Stirling han sido «colorados». Y nunca más volvieron a Escocia.

Los Stirling, entonces, echaron raíces en Uruguay. El viejo Stirling entregó a cada uno de sus hijos, como regalo de bodas, una estancia de 7.000 hectáreas. Estas se llamaron «Rincón de Francia» (en honor al dictador paraguayo), «Santa Isabel», «Rincón Augusto», «El Porvenir». También otras estancias, como «La Torre Alta» y «La Esperanza», agrandaron el dominio familiar por aporte de cónyuges ingresados al clan.

Del tronco original, dos ramas contiguas se cruzaron: Manuel Stirling y Flora Stirling, primos casados entre sí, abuelos de nuestro Guillermo ministro y candidato. Manuel Stirling incursionó en política. Ejerció con destaque la jefatura de Paysandú en el año 1899, con el apoyo y confianza de todos los grupos políticos. Fue electo diputado en 1905 y reelegido posteriormente, figurando como primer suplente del Senado. Fue senador por Río Negro en el período de 1915 a 1919. En 1916 fue vicepresidente del Senado.

Aquellos primos concibieron a don Elbio Manuel Stirling Stirling, quien, casado con doña Ester María Soto, tributaron al Uruguay tres hijos, el menor de los cuales es nuestro conocido escribano Guillermo.

El árbol importado de Escocia presenta, al día de hoy, una frondosa ramificación uruguaya, al punto de que el 26 de abril del año pasado, la asamblea general del clan local reunió a más de 200 personas en el Centro de Protección de Choferes de la Avda. de las Instrucciones. El menú fijo del encuentro familiar, que se prolongó durante todo el día, estuvo compuesto por «chorizos y colitas de cuadril, ensalada de lechuga y tomate, vinos, agua mineral y helados». El «scotch», sin embargo, no estaba prescrito, pero la invitación garantizaba que las aportaciones personales serían muy bien recibidas.

Oriundos del mismo núcleo primario, Escocia ha exportado Stirlings a los cinco continentes. Hoy constituyen un profuso linaje, «el Clan Stirling» –así llamado oficialmente–, que hasta tiene un sitio propio en Internet, del que participan en sus foros varios investigadores aplicados a reconstruir y conectar todo el árbol genealógico, incluido el uso de técnicas de ADN.

Entre los miembros conspicuos del Clan, el de más reciente notoriedad es Glenn Stirling, actual jefe de seguridad del Aeropuerto Internacional de Bagdad, «uno de los blancos terroristas más calientes del mundo» –dice la crónica–. «Ama su trabajo y hasta tuvo la oportunidad de sentarse en el trono de Saddam».

Glenn, de 34 años, logró el puesto luego de encabezar la unidad antiterrorista del aeropuerto de Hong Kong. Convocado por los invasores para examinar la seguridad del aeropuerto de Basora, en el sur de Irak, asumió su cargo actual tras recibir un intenso entrenamiento en los Estados Unidos. Su celebridad como el Stirling más famoso del mundo, empero, hoy se encuentra amenazada por otro miembro del Clan, cuya «orientalidad» Glenn no logra asociar con los chinos a quienes vigilaba en Hong Kong: el escribano Guillermo Stirling Soto, candidato «colorado» a Presidente del Uruguay. *

(*) Periodista

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