Murió Brigitte Bardot: el ícono sexual que amaba a los animales y odiaba a las personas
Brigitte Bardot dejó un legado complejo: símbolo de libertad sexual en los 60, activista incansable por los animales y figura polémica por sus ideas extremas que calificó la maternidad como “un tumor”.

Brigitte Bardot, la mujer que enseñó al mundo a desear con una mirada y que después le declaró su desprecio, ha muerto. Tenía 91 años. La noticia, anunciada por su fundación con “inmensa tristeza”, cerró el capítulo final de una leyenda que pasó de ser el símbolo máximo de la libertad sexual en los años 50 y 60 a convertirse en una activista misántropa, cuyas polémicas declaraciones de las últimas décadas opacaron, para muchos, su brillo inicial.
La muerte llegó a su hogar en La Madrague, esa misma villa de Saint-Tropez que convirtió en santuario personal y refugio de cientos de animales, tras un periodo de enfermedad y una cirugía menor en octubre. Su partida generó reacciones encontradas, un reflejo perfecto de su vida dividida.
El presidente Emmanuel Macron la calificó como una leyenda que “encarnaba una vida de libertad”, mientras que la ultraderecha francesa, a la que ella apoyó abiertamente, perdió a su “patriota apasionada”.
Del ballet a la bomba sexual más amada y odiada
Nacida en una familia burguesa parisina en 1934, el destino de Brigitte Anne-Marie Bardot parecía ser el ballet, disciplina que estudió con rigor y que le dio ese porte único que luego hipnotizaría en pantalla. Pero un flechazo cinematográfico lo cambió todo.
A los 15 años, ya era modelo de portada de Elle, y a los 18, se casaba con el director Roger Vadim, quien vio en ella algo más que una bella adolescente: vio un terremoto cultural.
El sismo se llamó Y Dios creó la mujer (1956). En la película, dirigida por Vadim, una Bardot de 22 años, descalza y con el pelo al viento, bailaba un mambo apasionado sobre una mesa, escandalizando a una Francia mojigata y cautivando al mundo. Simone de Beauvoir la proclamó “la locomotora de la historia de las mujeres”.
No era solo una actriz; era un símbolo de la liberación femenina en una sociedad de postguerra ansiosa por romper cadenas. Su mezcla de inocencia infantil y sexualidad cruda, su melena despeinada y su desdén por las convenciones la convirtieron en “BB”, un fenómeno global.
Protagonizó cerca de 50 películas, fue la cara de Marianne (el símbolo de la República Francesa), y su vida privada—un torbellino de matrimonios (cuatro en total) y romances altisonantes con figuras como Serge Gainsbourg—fue tan pública y seguida como sus filmes. Sin embargo, esa fama, esa persecución constante por los paparazzis —que incluso irrumpieron en su casa cuando estaba a punto de dar a luz a su único hijo—, le resultó asfixiante . En 1973, en la cima de su carrera, lo dejó todo. “Mi sueño es regresar al anonimato completo. Me siento prisionera de mí misma”, confesaría.
Del sex symbol a la reinvención de una mujer incendiaria
Su segunda acto fue tan radical como el primero. La mujer que había “dado su belleza y su juventud a los hombres” decidió dedicar “su sabiduría y experiencia a los animales” . Fundó la Brigitte Bardot Foundation en 1986 y se convirtió en una militante incansable y a menudo intransigente.
Viajó al Ártico para protestar contra la caza de focas, atacó la tauromaquia, el consumo de carne de caballo y el sacrificio ritual de animales. Usó su fama restante como un megáfono, escribiendo cartas a presidentes y reyes. Para una generación nueva, Bardot ya no era la joven rebelde de Saint-Tropez, sino una mujer mayor de pelo blanco y voz grave, siempre con un perro cerca, predicando una compasión que, irónicamente, no extendía a todos los humanos.
El lado oscuro de Bardot: de la misantropía a la deriva ultraderechista
Aquí es donde el mito se agrieta y la polémica florece. En sus últimas décadas, Bardot expresó un profundo desencanto, llegando a declarar: “Detesto a una gran parte de la especie humana” y que se sentía “mucho más cercana a la naturaleza y a los animales que al hombre” . Este desprecio se canalizó hacia posturas políticas extremas. Apoyó abiertamente al Frente Nacional (hoy Agrupación Nacional), llamando a Marine Le Pen “la Juana de Arco del siglo XXI” .
Fue condenada en cinco ocasiones por incitación al odio racial entre 1997 y 2008, por comentarios vejatorios contra musulmanes e inmigrantes. Criticó el sacrificio halal con la misma vehemencia con la que defendía a las focas, una comparación que muchos encontraron ofensiva.
Incluso al movimiento #MeToo lo tachó de “hipócrita”, diciendo que le parecía “encantador” que le dijeran que tenía “un bonito culito” . Su cuarto y último marido, Bernard d’Ormale, era un exasesor de Jean-Marie Le Pen, lo que consolidó su giro ideológico.
En octubre de 2025, como un epílogo final, Bardot publicó Mon BBcédaire (Mi BBcedario), un libro manuscrito donde, de la A a la Z, dejó su visión del mundo sin filtros . Es un documento puro, sin editar, de su mente nonagenaria. Allí define el erotismo como “juegos amorosos donde todo vale” y al deseo como “una pulsión que puede ir hasta la muerte”.
Pero también descarga su bilis: llama a la Francia actual “aburrida, triste, sumisa, enferma, devastada” y ve a la derecha como el “único remedio urgente para su agonía”. Se lamenta de que Saint-Tropez, su paraíso, se haya convertido en “una ciudad de multimillonarios”.
Sobre la maternidad, un tema siempre doloroso para ella (describió su embarazo como “un tumor” y entregó la custodia de su hijo a su padre), fue implacable: la consideraba “un castigo degradante”.
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