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Desmitificando a Irán: Cómo la narrativa occidental demonizó a un país más diverso de lo que crees

Barbas, velos y una bomba nuclear. Esa es la trinidad con la que Occidente reduce a 93 millones de iraníes. Pero la realidad es otra.

La Ciudadela de Karim Khan (Arg-e Karim Khān) es una gran fortaleza histórica del siglo XVIII ubicada en Shiraz
La Ciudadela de Karim Khan (Arg-e Karim Khān) es una gran fortaleza histórica del siglo XVIII ubicada en Shiraz

Irán, en el imaginario colectivo de Occidente, suele caber en un puñado de fotogramas: una mujer de negro, una barba de mulá y una centrifugadora nuclear. Es un cóctel minimalista que vende bien en los telediarios, pero que hace aguas en cuanto uno se asoma a la realidad.

Como dijo el analista estadounidense M. Reza Behnam tras visitar el país, nuestro conocimiento de Irán es «un triunfo del minimalismo geopolítico«. Y vaya que nos gusta ese minimalismo, porque nos ahorra tener que lidiar con matices. Pero los matices importan, y en el caso de Irán, son incómodos para la narrativa oficial. Irán es, desde esa visión, según el analista, «una santísima trinidad de estereotipos: el velo, la barba y la bomba».

Empecemos por lo más básico: no, Irán no es árabe. Suena a perogrullo, pero te sorprendería la cantidad de gente que lo da por hecho. El persa es una lengua indoeuropea, prima hermana del español o del inglés, no del árabe.

Y su diversidad étnica es mucho más rica de lo que los mapas esquemáticos nos muestran. Basta con recorrer el país para toparse con azeríes, kurdos, luros o baluchis. En una misma cuadra puedes oír persa, azeri o árabe, y en el plano religioso, aunque el 90% sea chií, hay comunidades cristianas con siglos de antigüedad, judíos con escaños en el parlamento y templos zoroastrianos que siguen en pie. No es un monolitismo; es un mosaico.

La mujer en la cultura iraní

Pero quizá el mito más dañino y más alejado de la realidad es el de la mujer iraní como una sombra sin voz. Occidente ha construido una narrativa casi paternalista: la salvamos imponiendo sanciones, dicen algunos. Sin embargo, los datos son tozudos. Más del 60% de los estudiantes universitarios en Irán son mujeres. En carreras de ciencias, como ingeniería o medicina, rozan el 70%.

Para que te hagas una idea, esa proporción triplica la de Estados Unidos. La alfabetización femenina ha pasado del 35% en los años 70 a rozar el 100% entre las jóvenes. Claro que hay restricciones y una lucha constante por los derechos civiles, y sería ridículo negar la opresión del régimen en muchos ámbitos.

Pero reducir a la mujer iraní a un chal negro es no solo un error, sino un insulto a su inteligencia y a su resiliencia. El ministro de Patrimonio del país lo planteó con ironía: que los críticos vengan a verlas en las universidades o en los hospitales, a ver si siguen viéndolas como víctimas pasivas. Pero ojo, que tampoco tenga esto como fin ignorar que sí existen diferencias de posición y de poder entre hombres y mujeres en Irán como en otros países de la región (e incluso del mundo occidental).

Otro lugar común es el miedo

Para el turista occidental, Irán suena a peligro, a amenaza. Y sin embargo, pregunta a cualquiera que haya estado allí. Viajeros estadounidenses como Drew Binsky o John Paul Salva coinciden en algo: es uno de los países más seguros y hospitalarios del planeta. No es postureo.

La tradición persa del taarof (esa cortesía exagerada) convierte al viajero en un invitado de Dios. Hay historias de mochileros que no pagan un hotel en todo el viaje porque las familias les abren sus casas. La paradoja es brutal: te venden que te van a secuestrar, y al llegar te encuentras con que te invitan a cenar y te preguntan por tu madre.

Asal Alizadeh es una experta en finanzas, criptomonedas e influencer iraní.
Asal Alizadeh es una experta en finanzas, criptomonedas e influencer iraní.

¿Y el núcleo de la discordia, el famoso programa nuclear?

La narrativa lo pinta como el mal absoluto, el paso previo a la bomba. Pero el OIEA, que no es precisamente una organización proiraní, lleva años diciendo que no ha encontrado pruebas de desviación hacia fines militares. Da igual.

El titular «Irán enriquece uranio» vende más que «Irán cumple con las inspecciones«. El enriquecimiento al 60% no está prohibido por el tratado de no proliferación, y todo está monitorizado. El propio Rafael Grossi ha tenido que reconocer que no encuentran armas. Pero ese detalle, claro, se pierde en el ruido.

Si realmente queremos entender la desconfianza iraní hacia Occidente, no podemos saltarnos el elefante en la habitación: el golpe de estado de 1953. La CIA y el MI6 derrocaron a Mossadegh, un líder democrático, porque osó nacionalizar el petróleo. Eso no es una conspiración, es un hecho documentado.

Para un iraní, esa fecha es el origen de todo. Resistirse a la dominación de EE.UU. no es «terrorismo» ni «beligerancia irracional»; es una cuestión de supervivencia histórica. Durante décadas, les hemos vendido la idea de que la presencia militar estadounidense en el Golfo les daba seguridad, y la realidad es que solo ha traído más misiles y alertas.

Así que, cuando nos cuentan que Irán es una amenaza existencial, habría que preguntarse: ¿para quién? La estrategia de containment y presión máxima no ha hecho más que demostrar que Irán tiene capacidad para desestabilizar toda la región si se le empuja al límite. No es una amenaza; es una reacción a un cerco.

Torre Mitad en Teherán, con el monte Elburz al fondo.
Torre Mitad en Teherán, con el monte Elburz al fondo

Irán es un país de contradicciones, como todos. Tiene un régimen teocrático que aplica leyes draconianas y una sociedad civil que pugna por respirar. Tiene censura, pero también una de las tasas de consumo de redes sociales más altas de Oriente Medio. Demonizarlo no nos acerca a la solución; nos aleja de entender su complejidad.

Mientras sigamos viendo a 93 millones de iraníes como un problema militar en lugar de como una civilización con luces y sombras, estaremos condenados a repetir los errores de 1953. Y esa, queramos o no, es una historia que ya conocemos.

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