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EE.UU. vive su primera huelga general en casi un siglo contra las políticas de Trump

Negocios cerrados, calles vacías, y luego llenas. La inquietante quietud que precedió a un estallido social histórico contra las políticas de Donald Trump.

Foto: The White House
Foto: The White House

Minneapolis amaneció el 23 de enero de 2026 paralizada por un frío que iba más allá del mercurio. Bajo un cielo plomizo y temperaturas que desafiaban los -20°C, el bullicio habitual de la ciudad fue sustituido por el silencio de negocios cerrados y, posteriormente, por el eco coreado de miles de voces. No era una tormenta de nieve lo que había detenido a Minnesota, sino una huelga general histórica, un acto de desobediencia cívica masiva dirigida contra las políticas de inmigración del segundo mandato del presidente Donald J. Trump.

La acción, bautizada por sus organizadores como la “Huelga General de Minnesota de 2026”, representó una convergencia sin precedentes recientes de sindicatos, grupos comunitarios y activistas. Su detonante fue percibido como una escalada federal. Según reportes de agencias como Reuters, la protesta se centró en oponerse al despliegue masivo de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en el estado y a una oleada de redadas y deportaciones aceleradas. Las cifras, aunque variables, apuntaban a una participación de cientos de miles de personas en Minneapolis y St. Paul, con cientos de comercios cerrando en solidaridad o por precaución.

Los manifestantes, enfundados en ropa de abrigo y portando carteles donde se leía “ICE fuera de Minneapolis”, transformaron el gélido paisaje en un escenario de demanda política. Sus exigencias eran concretas: la retirada inmediata de los agentes federales, el cese de las deportaciones masivas y la protección de las comunidades inmigrantes. La cobertura de medios internacionales destacó el carácter pacífico pero firme de las movilizaciones, un contraste deliberado con la narrativa de “ley y orden” esgrimida desde Washington.

Miles enfrentan temperaturas bajo cero en una protesta contra Trump

El trasfondo político inmediato añadía una capa de complejidad constitucional. Varias fuentes citaban una carta de la fiscal general federal, Pam Bondi, que condicionaba la retirada de ICE a que las autoridades de Minnesota entregaran sus archivos de votantes al gobierno federal. Para los organizadores de la huelga y para observadores políticos locales, esto era más que una negociación; era una intromisión inaceptable en la infraestructura electoral estatal, interpretada como un intento de consolidar control. “Es un chantaje político que revela el verdadero objetivo: no la seguridad, sino el poder sobre el proceso democrático”, señaló un analista local en declaraciones recogidas por la prensa regional.

Desde la administración Trump, la respuesta fue de firme defensa de las políticas. En un comunicado, se describieron las medidas como “necesarias para proteger la seguridad nacional y la integridad de nuestras fronteras”. Se negó cualquier motivación política en la solicitud de los archivos, argumentando que era parte de una “auditoría de cumplimiento” rutinaria.

Semiólogos, analistas y filósofos explican los rasgos fascistoides de Trump

Sin embargo, la imagen de cientos de miles de personas desafiando el frío polar para protestar contra estas acciones resonó con fuerza en el debate nacional, reavivando un interrogante filosófico-político incómodo y persistente: ¿hasta qué punto la retórica y las prácticas de esta administración se alinean con lo que los estudiosos denominan “rasgos fascistoides”?

Para abordar esta pregunta, es necesario abandonar el terreno de la consigna y adentrarse en el de la filosofía política comparada. Pensadores como Umberto Eco, en su ensayo seminal “El Fascismo Eterno” (1995), ofrecen una lista de catorce características, no como un decálogo rígido, sino como un conjunto de tendencias. Entre ellas, el nacionalismo exacerbado, la invención de un enemigo interno, el desprecio por los débiles, el culto a la acción por la acción y la manipulación del lenguaje y la verdad.

Varias de estas tendencias encuentran ecos, según analistas críticos, en el discurso y acciones de la administración Trump. El eslogan “America First”, en su versión más extrema, puede derivar hacia un etnocentrismo excluyente. La retórica que constantemente identifica a grupos específicos—inmigrantes indocumentados, en este caso—como una amenaza existencial para la nación, se asemeja a la construcción fascista del “otro” como chivo expiatorio. Hannah Arendt, en “Los orígenes del totalitarismo”, ya alertaba sobre cómo la combinación de racismo y burocracia podía llevar a la privación masiva de derechos.

El culto al líder, otra característica señalada por Eco, encuentra un terreno fértil en la política contemporánea mediática. La figura de Trump genera una lealtad inquebrantable en su base, una dinámica donde la persona a menudo parece trascender las instituciones. Frases como “sólo yo puedo arreglarlo” alimentan una narrativa mesiánica. Desde una perspectiva nietzscheana distorsionada, se presenta como el hombre fuerte que está por encima de las normas convencionales.

Quizás el paralelismo más evidente sea el tratamiento de la verdad. Eco hablaba del “desacuerdo con el enemigo” como un rasgo del fascismo eterno, y del rechazo al pensamiento crítico. La acusación omnipresente de “fake news” hacia medios de comunicación críticos, la creación de narrativas alternativas sobre “invasiones” en la frontera o la persistencia en negar hechos verificados científicamente, reflejan una estrategia de deslegitimación de la realidad compartida. Es la “gran mentira” de la que hablaba el propagandista nazi Joseph Goebbels, adaptada a la era digital y las redes sociales.

Sin embargo, una equiparación total es intelectualmente deshonesta y históricamente inexacta. Como señaló el filósofo Jason Stanley, autor de “Cómo funciona el fascismo”, el peligro no está en una réplica exacta, sino en la normalización de sus herramientas. Estados Unidos conserva, pese a tensiones extremas, instituciones robustas, prensa libre y una sociedad civil vibrante, como lo demuestra la propia huelga de Minnesota. El sistema de frenos y contrapesos ha mostrado, hasta ahora, resistencia.

La huelga del 23 de enero no fue, como algunos exaltados en redes sociales proclamaban, el preludio de una revolución. Tampoco fue, como quisieron minimizarla algunos sectores oficialistas, un mero disturbio local. Fue un síntoma severo de una fiebre que recorre el cuerpo político estadounidense: el conflicto entre una visión nacionalista, centralizadora y de mano dura, y otra pluralista, federalista y basada en la expansión de derechos. El frío de Minnesota no congeló el debate; lo dejó al descubierto, crudo y necesario, para que una nación se mire nuevamente en el espejo de su propia historia y de las advertencias de quienes estudiaron el colapso de otras democracias.

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