LIBROS

Cincuenta sonetos

o en vano la cultura ha sido un recurrente blanco de dictaduras

y regímenes totalitarios, que intentaron vanamente asfixiarla para privar al ser humano de su libertad de reflexionar y discernir.

El arte es  sin dudas  uno de los grandes parteros de los procesos de cambio social, porque retrata la realidad aún con sus más agudos contrastes y coadyuva a desarrollar el espíritu crítico.

Los personeros del dogmatismo y el pensamiento único son plenamente conscientes que una conciencia anestesiada es ciertamente más gobernable que un espíritu enriquecido en los fragores del debate dialéctico.

Por ello, los enemigos del disenso suelen inocular en la sociedad el germen patógeno de la indiferencia, con el propósito de fortalecer y consolidar sus estrategias de dominación.

En la dictadura que asoló durante once largos años a nuestro Uruguay, asistimos a una multitudinaria diáspora de artistas e intelectuales, que debieron emigrar a otros lares para no ser perseguidos o encarcelados y así poder seguir plasmando sus pulsiones emocionales aún fuera de fronteras.

En ese período negro de nuestra historia reciente, se practicó la censura previa del todo material impreso, lo que naturalmente también conspiró contra la libertad creativa en el teatro y la música.

La «inquisición» también llegó naturalmente al cine, al prohibirse la exhibición de cientos de valiosos filmes, que recién pudieron ser apreciados por el público uruguayo tras la reapertura democrática.

Sin embargo, es claro que la furia de los mastines se ensañó particularmente con la literatura considerada «subversiva», que fue barrida literalmente de los anaqueles de las librerías y los programas de estudio del sistema educativo.

Sin embargo, los tiempos de plomo no lograron arredrar a los prolíficos artistas compatriotas, que siguieron creando desde la clandestinidad o en el exilio, preservando  aún a la distancia  la identidad de nuestras letras.

Entre los numerosos protagonistas del éxodo ideológico acaecido durante la década del setenta, está nuestro Mario Benedetti, un embajador de la cultura uruguaya por antonomasia.

Aunque parezca insólito, ningún gobierno desde la restauración democrática ha tributado el homenaje que Benedetti sin dudas merece. Felizmente, hace unos meses, la Universidad de la República saldó parte de esa onerosa deuda, otorgando al escritor el título de Doctor Honoris Causa.

Es que el poder jamás perdona el «pecado» del disenso. El autor de «La tregua» ha sido  durante el siglo pasado y lo que ha transcurrido del tercer milenio  una suerte de iconoclasta incorregible.

A los 83 años de edad y con sus cualidades creativas plenamente vigentes, Mario Benedetti sigue siendo una de las plumas más admiradas y respetadas de la literatura castellana.

El poeta vive alternadamente en Montevideo y Madrid, donde su obra es admirada y reeditada recurrentemente, elocuente testimonio de un sólido prestigio que ha ganado el corazón de una tan multitudinaria como cosmopolita legión de lectores.

En «Cincuenta sonetos», que editó el sello «Cal y Canto», el venerable autor uruguayo construye una sólida antología poética, que reúne textos de nueve de los más exitosos libros de su autoría.

Esta cuidada selección, que recorre más de veinte años de la producción del autor, incluye piezas poéticas extractadas de «Cotidianas», «Preguntar al azar», «Yesterday y mañana», «Las soledades de Babel», «El olvido está lleno de memoria», «La vida ese paréntesis», «El mundo que respiro», «Insomnios y duermevelas» y el más reciente «Existir todavía», libro publicado el año pasado.

Asimismo, este volumen incluye algunos poemas aún inéditos, que pronto conocerá el lector uruguayo.

En esta obra, que es sin dudas una fuerte apuesta al género lírico, el autor captura sus inflexiones emocionales en los catorce versos endecasílabos del tradicional soneto, que están distribuidos  como es de rigor  en dos cuartetos y dos tercetos.

Por pertenecer a distintos momentos creativos del dilatado itinerario poético del escritor, no todos los textos ostentan la misma estatura cualitativa. Sin embargo, la impronta de Benedetti más allá de eventuales disensos  es la literatura de compromiso con el sentir de sus lectores y con la lucha por la dignidad.

Para ingresar en materia, en «Soneto del rigor» el autor alude precisamente a la rigidez de las estructuras poéticas, pero también a la naturaleza y la armonía sin rupturas.

Asumiendo la necesidad de reflexionar en voz alta, Mario Benedetti transita los territorios de la emoción, capturando en su escritura los íntimos micromundos de los afectos y el amor, los perversos compartimentos de la injusticia y la intolerancia, la nostalgia, el desarraigo del exilio, la patología de la guerra y la inexorable sentencia de la muerte, entre otros temas.

Mientras «Pobrecito profeta» es un discurso poético por la paz y los credos sin Dios, «Triste 3″ alude a la tristeza de las pérdidas, a lo efímero de la existencia, los principios y los finales.

Por su parte, «Onomástico» se sitúa en los traumáticos territorios de la vejez, al igual que «Gerundios» y «Horóscopo», que dramatizan el vertiginoso fluir del tiempo hacia un previsible desenlace.

Trabajando en la misma materia creativa, «Memorándum» medita acerca de las prioridades de la vida «mientras haya tiempo» y la muerte, fenómeno que está asociado a la incertidumbre.

Mario Benedetti homenajea a Nicolás Guillén, Rafael Alberti y Gabriel Celaya, en quienes representa parte de la gloriosa epopeya de las letras castellanas.

Mientras «Socorro» reconstruye la dolorosa peripecia de los suicidas y los que temen, «de Corazón y corazonada» reactiva la vigencia de las utopías, que «existen todavía».

Las incertidumbres afloran nuevamente en «Uno que otro dilema» y «Recién nacido», donde el discurrir poético captura simultáneamente los territorios del pasado y el presente.

Corroborando toda su sensibilidad, Mario Benedetti le rinde pleitesía a la naturaleza agredida, advirtiendo sobre el instinto autodestructivo del ser humano contemporáneo.

El poeta condensa sus sentimientos hacia la mujer a través de la magia del estructural soneto, en «Muchacha», «Piernas» y otros textos de singular belleza expresiva y trazo conmovedor.

Mario Benedetti transita otros paisajes humanos a menudo traumáticos, como la lacerante evocación del exilio que aflora en «Bahías» y «Distancias» o el desarraigo y la descomposición social de las geografías urbanas que retrata con tanta sensibilidad en su entrañable «El barrio».

«Mendigo» recrea el grotesco rostro de la pobreza, que el poeta asocia a la injusticia social, al desencanto colectivo y hasta al a su juicio recurrente silencio de Dios.

El autor condena «Esta guerra», la que atribuye a los dislates del «amo del mundo cretino borracho de petróleo», en directa alusión al presidente norteamericano George W. Bush, a quien dedica un poema ácidamente crítico que denuncia sus atrocidades sin eufemismos.

Más allá que no existe un tema unificador, en esta selección de sonetos el autor interpela al tiempo y al espacio, a la vida, a la muerte, a la vejez y a la angustia.

Benedetti condena la frivolidad y la hipocresía contemporánea, así como la inmoralidad de la miseria, trasuntando un sentimiento de particular desencanto por un mundo estigmatizado por los contrastes y las desigualdades.

Trabaja, como es habitual, con la arcilla esencial de las emociones humanas, que retrata elocuentemente en los afectos, el amor, el desamor, los encuentros y desencuentros.

Reflexiona en torno a la fi
nitud de los instantes confinados por el tiempo, el raudo tránsito desde la infancia a la adultez, lo efímero de la juventud, la sentencia de la vejez y la muerte.

Situándose en los territorios contemporáneos, fustiga con rigor a la guerra y a los arquitectos de las tragedias colectivas, a los demoledores de utopías y a los sembradores de tristeza y desolación.

Bajo la pluma de Mario Benedetti, la habitual rigidez morfológica del soneto muta en caudalosa libertad expresiva, para reconstruir los rostros de la belleza y lo grotesco, los antagonismos del amor y el odio, la dicotomía entre la opulencia y la miseria, los contumaces fantasmas de la guerra y los miedos ancestrales.

El escritor transita un periplo poético de compromiso con la literatura, pero particularmente con los sentimientos colectivos y el insoslayable imperativo ético de demoler las aparentemente infranqueables murallas del silencio y la indiferencia.

 

(Editorial Cal y Canto)

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