Prohibido para nostalgicos

Sastres de antaño

Decía una vieja canción que «la pinta es lo de menos», pero los vecinos siempre cuidaron su apariencia. Oficinistas, obreros o galanes haciendo malabarismos con los flacos pesos eran fanáticos de la coquetería. Veremos cómo eran esas cosas de las pilchas allá por la década del 40 en la Vieja Capital. ¡Cómo serían de coquetos si hasta los mamelucos se los hacían a medida! En el antiguo Reducto, por Garibaldi y Colorado, estaba la «Casa Ruben», donde los muchachos que conseguían su primer laburito hacían cola.

Entraban y salían bien rápidamente de los probadores donde les tomaban las medidas para que su mameluco u otra ropa de fajina les quedara pintona. El negocio del buen vestir vendía mucho en aquella ciudad de antaño. Por Rondeau y Uruguay estaba «J. Pablo y Blanco».

Una esquina obligada cuando se trataba de trajear a todos los hombres de la casa. Medidas muy finas que por decenios vistieron a los caballeros e infaltables en el primer traje para el joven que se salía de la vaina por irse a los bailes de Colonia y Andes. Por el añejo Goes, siguiendo esa línea de elegancia, estaba «Goes Palace». Tres pisos en la esquina de Gral. Flores y Domingo Aramburú, donde su propietario el señor Recupido se mezclaba entre los vendedores para mostrar los grandes catálogos de casimires importados. Sobre unas mesitas, en el hall de la entrada, estaban las tradicionales revistas de moda masculina para que los compradores seleccionaran el modelo a lucir. Por la zona del Centro se instalaron muchos sastres que hicieron selectas clientelas, aun cuando en su mayoría fueron de orígenes muy humildes. Como el señor Marteletti en Yaguarón y Colonia.

Captó una clientela de políticos y otros conocidos personajes que renovaban su vestuario en las manos de ese maestro que había llegado desde Santa Lucía para poner su talento al alcance de los montevideanos. Por los barrios populares los famosos sastres judíos traían la elegancia a todos los rincones, golpeando las puertas en su peregrinar de incansables laburantes. Levantaban los pedidos y su secreto era el saber siempre cuándo en tal o cual familia se acercaban celebraciones de bautismos, cumpleaños o casorios. En esos momentos aparecían y nada de preocupaciones por los pagos porque para eso habían impuesto la novedad del pago en cuotas. Esos sastres judíos fueron grandes laburantes y muchos llegaron a instalarse y hasta hacer fama con sus buenos oficios para cortar casimires. Como el conocido Glicksberg que en la Ciudad Vieja tenía dos sastrerías. Trajes y sombreros se vendían a buen precio por las calles Ituzaingó o por Reconquista. Por esa misma calle, en el corazón del Bajo, estaba don Samuel Brickman, que no sólo hacía ropa a medida y la vendía en cuotas sino que instaló la modalidad de la compraventa y el canje de pantalones, chalecos, sacos y hasta los grandotes sobretodos. Otro incansable judío que le dio fuerte a la aguja fue el señor Bruno en su pequeño local de Convención casi Mercedes.

Por Colonia y la llamada calle Piedad, la actual Carlos Roxlo, estaba la sastrería de «Auruci», con clientes muy famosos y hasta míticos, como aquel comisario Pardeiro que con los años cayó acribillado en Bvar. Artigas y Monte Caseros.

Por la Unión, frente a la Plaza de Deportes, nació la elegancia de la «Tienda Mickey», y luego por Lindoro Forteza «La Perla de La Unión», dirigida por el sastre don Américo Decí. Muchos sastres judíos, otros italianos de pura cepa, todos ellos laburantes esforzados que empilcharon bien debute a los vecinos del Montevideo de antaño. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *

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